Relato: Nada que perder

Como ya hemos anunciado por distintas redes sociales, Encuentros, la continuación de la trilogía “Cuentos de la luna llena”, ha visto retrasada su salida debido a la huelga que la Editorial Everest traspasa desde hace un mes y medio. Para compensar a nuestros lectores hemos querido hacer algo especial para llenar estos días sin la novela: durante los meses que tarde en salir Encuentros vamos a estar haciendo relatos referentes a la trilogía. En ocasiones serán escenas que los lectores ya conocen narradas desde otro punto de vista diferente al que se trata en la novela, otras veces serán escenas del pasado de los personajes. Los lectores podéis sugerir, sin limitaciones, todo lo que os gustaría ver o leer, tanto por comentarios o por redes sociales usando el hashtag #RelatoCuentista. Nosotras elegiremos de entre todas las propuestas las que veamos más interesantes o factibles.

(Atención, a partir de aquí puede haber spoilers: si no has leído Alianzas, te recomendamos que no sigas leyendo)

En esta ocasión traemos el capítulo que transcurre entre las páginas 215 y 226 de Alianzas, narrado originalmente por Eirene de Nryan, contado en esta ocasión por Seaben de Lothaire. ¿Qué se le pasaba por la cabeza al joven príncipe ante la perspectiva de una noche de bodas con una novia imprevista? Lo descubrimos en el siguiente relato.

Lo podéis descargar en pdf aquí o leerlo desde la entrada del blog. ¡Donde os sea más cómodo! Lo que sí nos gustaría es que nos comentéis qué os ha parecido, bien aquí o bien por redes sociales. ¡Nos puede la curiosidad!

Pero no os hacemos esperar más: ¡Adelante texto!

Nada que perder

Seaben

El banquete se está alargando demasiado.

Ante mí hay un plato lleno de comida fría y una copa vacía que nadie se ha molestado en rellenar. Observo el mundo al otro lado de la mesa: los vestidos de mil colores de las damas y la música, que se me antoja tan lejana; los hombres vestidos de colores oscuros; los sirvientes trayendo y llevándose las bandejas llenas de manjares. Todos han dejado hace un buen rato de felicitarme, aunque algunos ojos siguen sobre mí de vez en cuando. Quizá se pregunten dónde está mi esposa. Quizá se pregunten por qué no estoy con ella. Yo ya no me molesto en sonreír, aunque siento las mejillas doloridas. Lanzo una mirada a la silla de la reina, preguntándome cuándo se considerará adecuado que el novio se retire, pero ella está demasiado ocupada hablando con un joven noble que parece dispuesto a empezar a besarle los pies en cualquier momento. Aparto la vista, algo incómodo.

Alguien se deja caer a mi lado, en la silla de Eirene. Un suspiro de seda y terciopelo me hace girarme. Lyra suelta en ese momento el brazo de una criada, que aprovecha para escanciarme más vino. Le asiento, en señal de gratitud, y me llevo la copa a los labios. Quizá todo me parecería un poco más ameno si estuviera ebrio.

O si estuviera mejor acompañado.

—¿Dónde está tu ruborosa novia? —me susurra la hermana de Lowell, una vez escucha los pasos de la sirvienta alejándose. Se apoya en uno de los reposabrazos y se inclina hacia mí, con una sonrisa en los labios y los ojos sin vida vueltos hacia el frente. Tiene el cabello dorado trenzado y recogido, con flores azules, a juego con su propio vestido, adornándolo—. ¿No debería estar con su recién adquirido esposo?

No me molesto en sonreír por ella, sino por quien nos pueda estar mirando. Lo que menos necesito es un puñado de nobles creando chismorreos, aunque el castillo esté desierto de ellos el resto del año. Todo el mundo sabe que los cuentos tienden a extenderse mejor que el fuego, y la chispa siempre termina en llamas.

—Eirene estaba agotada y ha decidido retirarse pronto.

La veo llevarse una mano a los labios. Su rostro es ilegible, pero los dedos le tiemblan apenas. Me aparto un poco: no va a tocarme si puedo evitarlo.

—Y también nerviosa, claro. Una doncella en su noche de bodas…

Me tenso. Por enésima vez en toda la jornada, tengo ganas de levantarme de mi asiento y salir corriendo.

—¿Es esto un intento de darme tu enhorabuena por la boda, Lyra?

—No creo haberte felicitado en ningún momento. —No, por supuesto que no. Arruga el ceño, levemente, y de pronto es más ella, con el veneno en su voz—. Tu madre está furiosa. Me ha pedido que te diga que mañana te mandará llamar. Tenéis mucho de lo que hablar.

—¿No me va a dar un respiro? Es el día de mi boda.

—Por eso ha dicho mañana. Y yo que tú iría buscando las palabras adecuadas para enfriar su ira.

Me doy cuenta de que ni siquiera trata de escudarse tras la fingida inocencia y cortesía. Se gira en la silla, para encararme, aunque no pueda verme.

—Estás loco si piensas que no va a haber consecuencias.

—Eso suena a amenaza.

—No te amenazo: te advierto. Al contrario de lo que puedas creer, estoy de tu lado.

—Solo cuando mi madre te lo ordena, ¿verdad? —Me levanto. Ya he oído bastante—. Con tu permiso, Lyra, mi esposa me espera. Y es nuestra noche de bodas, como bien has tenido a recordarme: no debo hacerla esperar.

La muchacha no se da por vencida. Su mano me coge de la manga y yo palidezco, pero hay al menos una capa de tela que evita el contacto entre nuestras pieles. Trato de desasirme, pero ni ella me suelta ni yo quiero dejarnos en evidencia delante de toda la sala.

—Se la podemos devolver a sus tíos. Nadie dudará de que has sido un caballero y no la has tocado. —Y si no fuera imposible, diría que hay desesperación en su petición.

—Suéltame, Lyra.

Ella aprieta los ya pálidos labios.

—Aún podemos arreglar esto, Seaben.

Me mira o, al menos, sus ojos ciegos me buscan. Es extraño. Es como si de verdad pudiera atravesarme. Como si pudiese, en su mente, distinguir mi silueta incluso faltándole el sentido de la vista. Cojo aire, algo turbado. No sé si habla de este matrimonio al que me han llevado las circunstancias o de otro compromiso, mucho más antiguo, que hace ya tiempo que se rompió.

Si suplica por eso último, sabe que no tiene solución. Nuestra relación terminó hace mucho.

—Aún puedo olvidarme de esta conversación si me sueltas ahora —repongo, con firmeza.

Esta vez no opone resistencia. Abre la mano, y yo me separo un paso tan rápido como puedo.

—Te cansarás pronto de ella —murmura, volviéndose hacia el frente, orgullosa, como si reinase sobre el gran salón—. Este no es su lugar, como no era el de su prima. No entiende cómo funcionan las cosas aquí.

No me paro a contradecirla. Ni siquiera me despido. Me doy la vuelta y me alejo de la mesa con pasos rápidos, aunque no logre salir de la agobiante estancia como quiero. Algunos invitados me paran para presentar sus respetos y felicitaciones una vez más. Hay incluso quien me palmea el hombro y me sonríe de una forma obscena que me hace pensar en Lowell. No lo he visto desde que Eirene se marchó, y sospecho que sus planes para esta noche son llorar el fin de mi soltería bajo las faldas de alguna muchacha y emborracharse hasta perder el sentido. No lo volveré a ver hasta mañana después del almuerzo.

Cuando al fin consigo empezar a subir las escaleras, suspiro. Estoy agotado del día, de las sorpresas y las tensiones. En este momento, nada me haría más feliz que acostarme en la cama y dormir. Solo. Pero ella estará allí cuando llegue, y… ¿y qué? No creo que espere que llevemos esto más allá. No creo que se ofrezca a mí. Se dedicará a mirarme sin saber qué hacer, un poco perdida. Lo hablaremos. Eso si no está dormida. Me paso la mano por el pelo. Nunca he… dormido con una mujer. No de esta manera, al menos. Incluso con Lyra, no me quedaba en su cama. Me iba de puntillas en cuanto cerraba los ojos y volvía a mi cuarto, quizá porque me sentía… vulnerable, permitiéndome relajarme de esa manera en su presencia.

Compartir cama con alguien, incluso vestidos, me parece algo tan… íntimo.

Sonrío para mis adentros, llamándome estúpido, y sacudo la cabeza. Qué tontería. Con Eirene, cada uno ocupará un lado del colchón, simplemente. Ella tendrá sus sueños; yo, mis pesadillas.

Llego a la puerta de mi cuarto. El pasillo en penumbra está vacío. Por debajo de la madera se cuela una línea de luz. La chimenea estará encendida, y puede que algunas velas, si ella no se ha ido aún a dormir. Dudo. ¿Se supone que tengo que llamar? Alzo la mano. «Es tu cuarto», me recuerda una irritante voz dentro de mi cabeza.

Todavía titubeo un instante, pero finalmente abro y entro, sin pensarlo demasiado. Suspiro y cierro tras de mí. Alzo la vista y nuestros ojos se encuentran. Ni siquiera convoco el ánimo para sonreír. Con ella no hace falta que sea cortés, supongo. Con ella no tengo que seguir fingiendo. Estamos solos. Estamos, de la forma más extraña, juntos en lo que quiera que hayamos creado sin querer.

Y lo más extraño de todo es que no siento el desasosiego que sentía cuando pensaba en Fay ocupando el resto de mis días.

—¿Cansado? —me pregunta, como todo saludo. Me sonríe, y no sé si es un gesto de ánimo o porque realmente lo siente. Supongo que lo primero.

Me adentro en el dormitorio y me quito la capa. No me doy cuenta de lo mucho que ha estado pesándome sobre los hombros hasta que lo dejo sobre el respaldo de uno de los sillones.

—Solo mentalmente —digo, aunque lo cierto es que lo único que quiero hacer es hundirme en el colchón.

Eirene me sigue con la vista. Está sentada en el alféizar, vestida de blanco inmaculado. El vestido de novia ha desaparecido, sustituido por un camisón que me permite intuir la sombra de sus piernas. La blanca piel de su escote está al descubierto, en contraste con su rostro y sus manos, algo más morenos. No puedo decir que no me hubiera preguntado antes sobre el color de su piel bajo la ropa, mientras cazábamos. Y Lowell, con sus comentarios, no ayudaba a que pudiera pasarla por alto. No, al menos, cuando se comía a la prima de mi prometida con los ojos, justo delante de mí.

—Respira, príncipe —me anima ella, haciendo un gesto alrededor. A la habitación. Nuestra habitación. Intento concentrarme en que esa era mi cama hasta esta mañana, aunque intentando pasar por alto que han cambiado las sábanas y las mantas—. Estamos solos; ya somos libres, dentro de nuestras posibilidades. —Con su suspiro me deja claro que está tan agotada como yo—. Al menos podemos dejar de fingir.

—¿Podemos? —me pregunto, sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que ya es demasiado tarde. ¿De verdad quiere verme sin la máscara? ¿De verdad va a desnudar sus secretos ante mí? Cojo aire y me obligo a dejar de recorrerla con la vista por encima del camisón, aprovechando que tiene los ojos cerrados.

Me siento en la cama y me concentro en desanudarme los cordones de las botas. Es una tarea sencilla, pero yo pongo toda mi atención en ella.

—Desde luego yo no te voy a pedir que me llames «querida» ni una sola vez más.

—Parecía gustarte.

—Oh, sí. Estaba encantada. A ti también parecía gustarte cómo te cogía de la mano.

Se me escapa una sonrisa. En realidad, aunque lo diga de broma… no era tan desagradable. Sus dedos no son tan suaves como los de su prima, pero son mucho más cálidos. Y se aferraba a mí con fuerza. Como si temiera caer. Como si temiera cometer un error que nos delatara.

Me deshago de mis botas con un último tirón.

—Sin duda. —Me paso la punta de la lengua por los labios y no puedo evitar fijarme de nuevo en ella. No es tan malo mirarla cuando tiene los ojos abiertos. Al menos, no me siento como si fuese un acto ilícito—. Un bonito camisón —añado.

Ella baja la vista a su propio cuerpo, como si no se hubiese dado cuenta de lo que llevaba puesto.

—Sylvana me ha obligado a ponérmelo —dice, y yo casi tengo ganas de agradecérselo. No del todo. Es bonito, y revelador, pero no estoy seguro de si encaja en su cuerpo como debería una prenda tan delicada. Porque ella no es frágil. No es una mujer de vestidos bonitos ni grandes adornos. Una parte de mí cree que le quedaría mejor lo natural. La desnudez.

Bien, quizá sí que he bebido demasiado en la cena

—Sostiene que es una «noche especial», aunque ella sabe las circunstancias mejor que nadie —continúa.

—¿Era el que iba a llevar tu prima? —Me resulta más fácil imaginarme a Fay en él, aunque sé que ella sí hubiera fingido estar dormida cuando yo hubiera entrado en el cuarto. Así, probablemente, todos los días de nuestra vida.

—Sí, le ha hecho algunos arreglos y… —Hace una pausa—. No puedo creer que, en esta situación, nos pongamos a hablar de mi camisón, Seaben.

Es más sencillo así. Mientras nos concentremos en un detalle tan insignificante no tendremos que enfrentarnos a cosas más complicadas. Aun así, algo en su expresión me hace gracia. Trato de ocultar la sonrisa, para no molestarla.

—Disculpa. ¿Se supone que debería decir otra cosa?

—Se supone que deberíamos irnos a dormir —repone, con convicción. Se levanta, en medio de un susurro de seda, y se acerca. Parece que se estremece, pese a la chimenea encendida—. Ha sido un día largo y probablemente mañana lo será aún más. Mab no quedará callada después de esto: tendremos que enfrentarnos a ella, y yo preferiría que fuera con la mente despejada.

No respondo. No le digo nada de mi encuentro con Lyra, y tampoco de su advertencia con respecto a mi madre. No tiene por qué saberlo. De hecho, me propongo no volver a pensar en ello, por el bien de mi salud mental. Por eso le hago un ademán hacia la cama, para que ocupe su lado del lecho. Estoy agotado, pero no me siento cómodo durmiéndome antes que ella. Me gustaría retirarme a mi refugio en la biblioteca, pero supongo que no estará bien visto que un recién casado prefiera la compañía de los libros y el ajedrez a la de su joven esposa. Y aunque podría preguntarle si quiere venir conmigo, eso podría ser aún peor: puedo escuchar las burlas de Lowell sobre que lo de que “tumbar a la reina” no tiene nada que ver con un juego de mesa.

—Tú también deberías dormir —insiste, aún de pie—. No creo que estés tan… entero como pareces. —Hay una pausa. El colchón se hunde a mi lado cuando ocupa un lugar junto a mí. Me sorprende con ese gesto. Su cercanía, de hecho, me turba inexplicablemente. Quizá mi caballero tenga razón y haya estado… demasiado tiempo sin una mujer—. ¿No estás preocupado?

Niego y estoy seguro de que ella sabe que no voy a decir la verdad cuando hablo:

—Estoy bien.

—Mentiroso…

—Estoy bien —repito, con algo más de convicción. Si no me convenzo a mí mismo, no la convenceré a ella—. ¿Y tú? ¿No estás preocupada?

—Sí, no soy yo la que lo niega —responde tras coger aire. Al menos uno de los dos es sincero con el otro—. No sé dónde está mi prima; de la noche a la mañana estoy casada; de alguna manera estoy ligada a Lothaire ahora; Mab debe de despreciarme tanto o más que a mi madre en su día; cualquier movimiento en falso puede suponer el caos en Veridian y Nryan. —Trago saliva, porque ese un resumen bastante crudo de la situación. Me miro los pies—. Claro que estoy preocupada. Pero desde luego no he sido yo quien ha traicionado abiertamente a su madre, ni la persona a la que han cambiado de novia en cuestión de horas.

Siento deseos de sonreír, aunque me contengo. Ese último punto, en realidad, ha mejorado respecto a mi situación anterior. Pero, por supuesto, no puedo decirlo en voz alta. No puedo confesarle que ella me parece más interesante que su prima. Que, de hecho, estaba empezando a maldecir el momento en el que nos prometieron. Al menos Eirene está aquí, sentada a mi lado, hablándome con sinceridad. ¿Qué hubiera ocurrido si su lugar lo ocupara Fay? Tal vez estaría subiéndole el camisón hasta la cintura y cumpliendo con mi deber con eficiencia.

Bueno, quizá no haya tanta diferencia. No creo que… vaya a haber algún tipo de cariño entre nosotros, aunque Eirene me abra su corazón.

—La situación no es muy diferente para mí —concluyo, tras encogerme de hombros. Desearía que lo fuera.

Eirene se me queda mirando con dureza. Parece pensar algo, pero lo único que dice, tras unos segundos es:

—Ya veo.

La veo moverse, y sé que se va a acostar y dormir. Una parte de mí se resiste ante la idea de quedarme solo en vela esta noche.

—Lo que quiero decir, Eirene, es que lo quiera o no he acabado casándome con una mujer que me tratará con indiferencia el resto de mi vida.

Ella entorna los ojos, confundida. ¿Molesta?

—No creo que te haya tratado con indiferencia hasta ahora, ¿no crees? —Ojalá fuera de forma diferente. Tal vez así no estaría pensando las cosas que pienso. Tal vez así no pensaría en… necesitarla. En que puede ser una buena compañera con la que contar—. No soy como mi prima. Ni me disgustas como a ella. Nos has ayudado, aunque no tendrías que haberlo hecho.

—Pero no hay posibilidades de que este matrimonio se convierta en poco más que una responsabilidad.

—Al menos podremos ir de caza y jugar al ajedrez, cuando tengamos que estar juntos.

Menudo consuelo. Por mucho que me gusten las dos cosas, normalmente ya tengo a Lowell para eso. Aunque Eirene sea mejor cazadora. Y una rival mucho más digna. Incluso nos… divertimos. Nos jugamos secretos, preguntas y respuestas. Y, sin esperarlo, durante los pasados días hemos estado abriendo nuestro corazón al otro.

Tengamos —puntualizo, no obstante—. Ese es el problema, Eirene. No quiero sentime obligado a pasar tiempo contigo.

Ni que ella lo pase conmigo, si no se siente a gusto. ¿Qué haremos cada noche? ¿Atrincherarnos en nuestro lado de la cama y darnos la espalda? ¿Despertar como desconocidos hasta que haya pasado un tiempo y podamos dormir en habitaciones separadas? ¿Qué pasará cuando no tengamos hijos y todo el mundo empiece a murmurar? Eso, por supuesto, si ella no se va a Nryan primero.

—No tenemos por qué sentirnos obligados a nada —murmura—. Podemos ser buenos amigos, mientras los dos estemos aquí.

Quiero reírme, pero ni siquiera eso me sale. En cambio, se hace el silencio. Un silencio terrible, de pesadilla, de monstruo que se oculta debajo de la cama. “Buenos amigos” nunca me pareció una peor descripción para un matrimonio en el que nos pedirán herederos.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Eirene?

Ella sabe que no tiene muchas más opciones que escucharme. Asiente.

—¿Nunca has querido tener una familia?

Una como la que yo nunca tuve, quizá, aunque eso no lo digo. Un hijo con su padre y su madre. Uno que conociera a los dos y los quisiese, y no sintiera miedo de hacer las preguntas equivocadas. Una hija que no muriera demasiado pronto y pudiese convertirse en reina. Una esposa fuerte y decidida para sentarnos juntos en el salón del trono. Un lugar, unos brazos, a los que poder llamar “hogar”.

—No —es toda su respuesta, casi con dureza—. Mi familia es Nryan. Mi pueblo es todo por lo que debo preocuparme.

No le digo lo triste que eso suena. ¿Y ella? ¿No importa? ¿Va a dedicarse a su pueblo? ¿A desvivirse por él? Yo, que he estado en el frente por más tiempo del que quiero recordar, sé lo que es eso. Pero esperaba que al final del camino habría… No sé. Una recompensa, quizá. Pero no lo menciono.

De pronto nos veo tan diferentes que solo puedo pensar en que tal vez hayamos cometido el mayor error de nuestras vidas.

—Hemos hecho lo correcto, ¿verdad?

—Quiero pensar que sí.

Nos miramos. Aunque hemos callado, no apartamos la vista del otro. En nuestro gesto se esconde un mundo. La certeza de que todo va a estar bien. De que nos apoyaremos el uno en el otro. Pese a nuestras diferencias. Pese a que apenas nos conocemos. Al menos, me digo, la conozco mejor de lo que conocía a Fay. Al menos, Eirene no va a huir de mí.

No sé por qué lo hago. No sé si intento poner a prueba nuestro vínculo o simplemente deseo dejarme llevar. Sea como sea, mi mano se mueve y encuentra la suya. Me inclino. Mis ojos vuelan a sus labios un segundo antes de saborearlos.

No es un beso de verdad. No es intenso ni correspondido. Es una caricia, el deseo de probar algo prohibido. Su boca está entreabierta y el aire se le escapa en un jadeo. Bajo mi palma, sus dedos permanecen quietos pero cálidos. Es un instante pendido en el tiempo, mejor que el vino de la cena. Pese a que ya la besé al terminar la ceremonia, ahora no apremia el deber de crear una farsa. Ahora, por primera vez, lo hago porque… deseo hacerlo. Por curiosidad, tal vez. Por ver si podríamos convertir esto en algo más.

No sé cuánto dura, pero supongo que apenas un par de segundos. El tiempo que ella necesita para reaccionar. El tiempo en el que tarda en girar la cara. Mis labios se deslizan hasta su arrebolada mejilla, que pruebo antes de que yo también me separe. Su mano, retorciéndose como un animalillo asustado, sale de debajo de la mía.

Se me hace un nudo en el estómago cargado de un silencio tenso.

—«No tenemos por qué obligarnos a nada» —me recuerda ella, en un susurro tembloroso—. Menos todavía a esto, Seaben. ¿Por qué vamos a hacer algo que no queremos hacer?

—Quizá yo sí quiera.

Lo digo sin pensar, pero me doy cuenta de que es verdad. De que… quiero saber lo que ocurriría. ¿Funcionaría? ¿Sería agradable? ¿Nos haría felices? Tal vez nos uniría. O, por el contrario, tal vez lo arruinaría todo. Pero ¿no merece la pena intentarlo? ¿Arriesgarlo todo? Es mejor que quedarnos de brazos cruzados, sin hacer nada, esperando… ¿a qué?

Pero Eirene no parece pensar lo mismo. La princesa palidece y se separa, ofuscada.

—No vas a hacer nada.

No. No lo voy a hacer. Ladeo la cabeza y le dedico una sonrisa socarrona. No le pondría la mano encima sin su permiso, pero es divertido verla nerviosa, con las manos sobre el regazo en una actitud casi protectora con su cuerpo. Ambos sabemos quién soy. Ambos sabemos de qué soy y no soy capaz.

—Pareces muy segura. —Solo que no es así.

—Lo estoy.

Le hago un ademán. Estoy seguro de que tiene palabras de sobra para expresarse, y yo tengo ganas de escucharlas. De hecho, tengo toda la noche.

—Si te conozco al menos un poco, no harás tal cosa. Es… demasiado fácil. Demasiado… aburrido. No creo que realmente quieras, ¿verdad? —En eso se equivoca, pero no seré yo quien la corrija—. Sería solo una obligación más, un mal necesario… Ni tú ni yo lo pasaríamos bien. Seguro que no lo… disfrutarías. Sin duda sería decepcionante que te dejaras llevar por lo que se impone… A ti y a mí nos gusta jugar, Seaben. Reclamar un premio conseguido sin pelear resulta sin duda una maniobra de… perdedores.

Frunzo el ceño. ¿Por dónde empezar a corregirla?

Quiero volver a besarla. Quiero desnudarla. Quiero hacerla ruborizar de nuevo. Quiero que jadee mi nombre.

La haría disfrutar. Haría que quisiera más.

Pero quizá ella tenga razón. Sería demasiado fácil. Sería demasiado… extraño. Algo entre dos desconocidos. Algo que Lowell probablemente disfrutaría. Pero yo no soy Lowell. Yo quiero a una mujer que me ame. Una mujer que quiera desnudarme tanto como yo a ella, de ropa y de piel. De las murallas que protegen mi corazón.

—¿Quieres jugar?

Traga saliva.

—No quería decir eso…

—No —la interrumpo, alzando una mano—. Está bien… Juguemos, Eirene.

No sé si puede ver mi sonrisa cuando me inclino hacia ella, pero por lo quieta que se queda cuando mis dedos tocan la espalda de su camisón, juraría que no puede ver nada más allá de lo que tiene enfrente. Siento su escalofrío bajo mi tacto frío. Se tensa. Las cintas que cierran su fina prenda se deslizan como la seda bajo mi palma.

—Mantén las manos lejos, Seaben —me advierte, casi atragantándose con las palabras.

Nuestros rostros quedan tan juntos que, por un instante, me planteo besarla de nuevo. Trata de separarse, pero la sujeto contra mí.

—¿Tienes miedo de perder?

Nuestras bocas casi se rozan. Un cosquilleo se extiende por mis labios. Mis dedos se deslizan por su camisón. La cinta se desabrocha con suavidad, con un suspiro de satisfacción, y yo no puedo evitar pensar que las han atado para que pasase exactamente eso. Su manga se desliza un poco de su hombro, y yo miro interesado la piel que queda al descubierto. Me pregunto cuántas cintas más necesitaría para que la tela cayese hasta su cintura por su propio peso.

Eirene enrojece.

—No veo ningún juego aquí, Seaben. —Su mano está sobre mi pecho, y me quema, y me pregunto qué pasaría al sentirla descender por mi estómago. La aprieta contra mi piel, tratando de separarme—. Solo veo a un príncipe aprovechándose de su pobre y recién adquirida esposa. Así que si no quieres que te deje sin descendencia, mía o de cualquier otra, para el resto de tu vida, apártate-ahora-mismo.

Trato de no pensar en lo irónico de su discurso. Me inclino hasta su oído, para su sorpresa. No sabe nada.

—Si quisiera aprovecharme, Eirene, ya lo habría hecho.

Y dicho lo cual, accedo a separarme. Enderezo la espalda, dejando que el aire corra entre nosotros, y ella, roja como la grana, trata de arreglarse el camisón que amenaza con deslizarse de sus hombros al más mínimo movimiento. Parece contrariada, cuando echa una mano hacia atrás. Yo, por mi parte, le muestro el trofeo que le he arrebatado: una cinta blanca destella a la luz de las velas entre mis dedos. Es suave y fina, y casi puedo sentir la calidez de su piel al acariciarla.

—¿Buscas esto? —pregunto.

Ella se sorprende. Es solo un instante, antes de que gruña y se lance hacia mí. Reconozco que no esperaba tal reacción, y siento la tentación de echarme a reír. Alzo el brazo y mantengo el puño cerrado lejos de su alcance.

—Dámela. Este juego no tiene gracia.

—Pues a mí me parece de lo más entretenido. Quizá debería quedármela.

—¿Qué clase de fetichista eres tú?

Me sorprendería de que supiera una palabra así si no fuera porque estoy embelesado por su aspecto de fierecilla. Su rubor se extiende por la piel de su cuello hasta sus orejas. Sus ojos brillan. Me enseña los dientes apretados. Una manga le cae del hombro. La otra se la sujeta con una mano.

Cuando me quiero dar cuenta se ha arrodillado en la cama y trata de llegar a la cinta. Me la escondo en la espalda y trato de alejarla con mi brazo libre, aunque con precaución. Me pregunto si morderá.

—Si sigues así se te soltará el camisón por completo. —Le advierto, aunque no encuentro un motivo por el cual me moleste realmente—. ¿Es eso lo que quieres?

Me vuelve a gruñir, por lo bajo. Abre la boca para decir algo. Imagino que insultarme.

—Juguemos con ella —sugiero, interrumpiéndola antes de que destape el baúl de su pintoresco vocabulario.

Su enfado no se esfuma del todo pero, al menos, consigo llamar su atención. Como imaginaba, la curiosidad es un defecto demasiado común. Incluso entre los elfos.

—¿A qué te refieres? —pregunta, no sin cierta nota de desconfianza en la voz.

Contengo una sonrisa.

—Una apuesta. Una manera… de hacerlo más interesante, como sueles decir.

Mi esposa se remueve. Titubea. Desconfía. Accede.

—¿Cuál es el juego?

Me relamo.

—Esto es lo que te propongo, Eirene: a partir de mañana, y durante tres días, llevaré la cinta conmigo a todos lados, siempre. Si tú logras… recuperarla serás la vencedora de nuestra pequeña competición. Nada demasiado complicado para alguien tan aguerrido como tú, ¿no crees?

Por supuesto, llamar a su orgullo es tan fácil como hacerlo con el mío. Supongo que no somos iguales, pero nos parecemos más de lo esperado. Sé de qué pie cojeo. Sé de mis defectos. La miro con fijeza imperturbable y ella me devuelve la mirada.

—¿Qué gana cada uno?

Me tapo la sonrisa con la mano. La cinta me cuelga aún entre los dedos.

—Tú ganarás libertad, dentro de lo razonable: tenemos que aparentar ser un matrimonio bien avenido, al fin y al cabo. Pero podrás tener tu propio cuarto, con tu propia cama, si es lo que quieres, y podrás entrar y salir de palacio cuando se te antoje. —Sé que tengo toda su atención ahora, porque se tensa, aunque frunce los labios suavemente—. No me importará a dónde vas o de dónde vienes y me ocuparé de que nadie te censure por ello. Es más: yo mismo te ayudaré a marcharte a Nryan cuando quieras.

Si este no es un trato ventajoso para ella, no sé qué lo sería. Realmente no tiene nada que perder.

—¿Y si pierdo?

—Te convertirás en mi esposa. Con todas sus implicaciones. —El mismo cuarto. La misma cama.

Titubea. Claro que titubea. Se lo piensa, y ve todo lo que puede ganar. Durante un segundo, también es capaz de darse cuenta lo que puede perder. Decido incitarla un poco más. Un último empujón:

—¿Asustada, Eirene?

Su orgullo parece cubrirla por completo.

—No tengo miedo. No de ti. Ni de tu tonto juego. Acepto la apuesta.

Extiende sus dedos. Yo sonrío de medio lado. Aunque sé que quiere que le estreche la mano, yo la tomo con cuidado y me llevo el dorso a la boca. Mis labios se posan sobre su piel mientras todavía la mantengo en el punto de mira. Se ruboriza, como esperaba, y se aparta en cuanto le doy la oportunidad.

—Trato hecho —me dice, justo antes de escapar a un refugio de mantas sobre el colchón. Se tumba y me da la espalda. Yo me echo a reír, sin poder contenerme. Al menos, mi nueva esposa me dará muchas horas de entretenimiento.

Yo también me meto en la cama, en cuanto me pongo la camisa de dormir. Me acuesto a su lado y le doy la espalda, aunque no llego a dormirme. La siento demasiado cerca. Se remueve.

—Buenas noches, lobo.

Juraría que, cuando miro por encima del hombro, ella aparta la vista y finge no haberse girado. Casi siento una… punzada de ternura, más allá de la simple diversión.

—Buenas noches, cervatillo —susurro.

No volvemos a hablar. Su respiración se vuelve profunda antes de que lo haga la mía.

No tenemos nada que perder, porque no tenemos nada.

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12 comentarios en “Relato: Nada que perder

  1. ¡Me encanto!; estoy hiperventilando y con mi modo fangirl activado.
    Me encanta Seaben y shippeo Eiben, los quiero juntos <3<3<3, más putos de vista de Seaben plsss, se los ruego:(, gracias por esto, ya sabía yo que había tensión sexual por parte de Seaben…. no superare esto.
    Me cae mal Lyra:|
    #Alianzas #Seaben #Eiben #Sex #Love #Game

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  2. ¡Perfecto! Como mínimo tan bueno como el original.

    Personalmente, casi cualquier otra escena desde el punto de vista de otro personaje me gustaría, pero me pica especialmente la curiosidad por saber (spoiler alert) que se pasa por la cabeza de Fay cuando decide huír y deja tras de sí la nota… o explorar la relación entre Lyra y Seaben… o quizás algún capítulo narrado por un personaje que no tenga ningún capítulo propio, como es el caso de Mab, Lyra o Inair.

    ¡Un saludo!

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  3. ¡Muero de AMOR! (momento Fangirl Total MODE ON)

    Al principio de la novela me encantaba Drake, la forma de sus capítulos hablándole a su laúd, lo misterioso que resultaba o lo dulce y bueno que parecía ser… y con Seaben me pasaba lo contrario… esperaba que de un momento a otro se viera algo malo de él, una traición, algo que lo desperfeccionara…. pero NO!

    Seaben se convierte en pura e incorruptible perfección: es idealista, noble, bueno, valiente… su único problema es el empanazo que tiene, ya que toda su vida ha estado rodeado de mierda (aunque el tufillo le llegaba y algo veía rarillo) y nunca se dio cuenta de que vivía en el estercolero. Seaben, amor de mis entrañas ¡¡tanto ajedrez y estrategia y te la meten por todos lados!!

    Bueno, espero más Seaben, cualquier parte de la historia narrada por él… no sé en que punto se convirtió en mi favorito favoritisimo, pero lo es. Así que leería cualquier pasaje de Seaben batallando en la guerra (ya que eché de menos un poco de sangre, muerte y destrucción de la buena… yo sé que él es capaz de eso y mucho más), cualquier escena de las que tenga con Eirene pero desde su punto de vista, algún momento ficticio donde los sueños de las seguidoras de “Eiben” se hagan realidad, etc

    Anécdota mientras leía:
    En más de una escena de la novela he pensado ¿por qué demonios a Eirene no se le caen las bragas al suelo de forma estrepitosa e inevitable? ¡¡¡Es que le cuesta a la muchacha ehh!!! Y eso que Seaben tiene DETALLAZOS como para regalarle no una, sino mil noches locas de pasión irrefrenable. 😄

    Bueno, dejo aquí mi momento fangirl ya, que se me va la pinza.
    A veces os twitteo y eso, porque he estado leyéndome estos días vuestra novela y la he vivido (literalmente he sufrido alegría, felicidad, preocupación, frustración, traición, quitamiento de bragas, etc); pero que sepáis que se me ha roto el corazón cuando he descubierto que queda tanto tiempo para poder leer la segunda entrega. De verdad, corazoncito encogido.

    De nuevo os digo que no me importa si tiene 1000 o 5000 páginas, las disfrutaría todas y las quiero todas para mí.

    En esta semana tengo pesado reseñar vuestro libro con todo el amor y el cariño de mi alma, a ver si consigo transmitir mi emoción a los seguidores de nuestro blog y el canal de youtube… porque no sé como la gente de este mundo puede vivir sin un Seaben en su vida.

    Un besito y mucha suerte con la publicación de Encuentros.
    Amarië

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  4. Pingback: Encuentro con autores: Iria G. Parente | La senda literaria

  5. Hola! Acabo de leerme todos los relatos (he ido en el sentido contrario), y me encantan, pero lo hacen sobre todo por lo genial que escribís, parece que vuestra prosa sea una pluma delicada que se desliza sola mientras lees (no sé si eso ha tenido sentido). Sin duda alguna de lo mejor que he leído en literatura española. Una pena que pasado ya un año encuentros aún no esté a la venta (por lo menos no lo he visto por ningún lado). ¿tenéis alguna noticia a cerca de él?
    Muchas gracias y nunca dejéis de escribir para nosotros! 🙂

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    • ¡Hola!

      Efectivamente, Encuentros iba a ver la luz en 2015, pero por problemas de la editorial, la publicación se canceló. Durante los últimos meses, hemos estado luchando por recuperar los derechos. Esperamos poder daros noticias pronto 😉

      Muchas gracias por leer y por tus amables palabras.
      ¡Un abrazo!

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