Relato: Mi propio camino

¡Hola un día más, cuentistas! Hoy os traemos un nuevo #RelatoCuentista, que os recordamos que son pequeños relatos relacionados con el mundo y personajes de “Cuentos de la luna llena” que vosotros mismos, los lectores, podéis sugerir para que nosotras los realicemos. Ya podéis empezar a sugerir relatos para dentro de dos semanas, que será la periocidad con la que subiremos relato; recordad que lo podéis hacer en los comentarios o por redes sociales con el hashtag #RelatoCuentista.

De esta manera, cada semana tendréis al menos una entrada en esta web: una semana relacionada con Sueños de piedra (nuestra nueva novela, cuyo primer personaje os presentamos el otro día aquí) y otra semana un relato de “Cuentos de la luna llena”. Si no queréis perderos nada os recomendamos que os suscribáis a la web, y así los avisos de cada nueva entrada os llegarán directamente a vuestro e-mail 🙂

Como siempre, si no has leído Alianzas, te recomendamos que no sigas leyendo, porque habrá spoilers. 

El relato de esta semana viene sugerido por Lektureka, que nos propuso meternos en la mente de Fay la noche en que huye, dado que esa escena nunca se llega a ver: solo sabemos que Fay se marcha por medio de la carta que deja tras de sí, pero nunca sabemos cómo fue ese momento para ella. Hasta hoy. Así pues, aquí lo tenéis:

Mi propio camino

Fay

Finjo que duermo cuando Eirene entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí. Me llama, pero no me muevo. Mantengo los ojos cerrados y me esfuerzo por fingir una respiración profunda y sosegada, aunque siento que mi corazón, que late demasiado rápido y demasiado fuerte, podría informar hasta a mis padres, en Veridian, de lo despierta que en realidad estoy.

Por suerte, Eirene no lo escucha. Siento sus pasos ligeros sobre la habitación y el susurro de la ropa cuando se la quita para cambiarse. Me pregunto de dónde vendrá, a estas horas. Ya es tarde. Me pregunto si deberíamos tener una última conversación, de hecho. ¿Me entendería, si le explicase lo que pretendo hacer? ¿Me abriría ella misma las puertas del castillo y buscaría para mí el caballo más veloz? Ella siempre me ha cuidado. Siempre ha sabido defenderme y velar por mí y por mi futuro. Me defendió ante mis padres cuando la boda se anunció. Les advirtió de que no estaba preparada.

Pero se ha rendido. Se ha rendido conmigo y con esta situación. ¿No lleva demostrándomelo todos estos días, animándome a la boda, incluso dejándome sola para ir con ese trovador? ¿No me lo dijo el otro día, incluso? “Ya no puedo protegerte”.

No. Ella no lo entenderá. Ella no me ayudará.

Estoy sola.

Aprieto los párpados con un poco más de fuerza y me giro en la cama, para darle la espalda a la figura a la que siento demasiado cerca y al mismo tiempo demasiado lejos. Ojalá tuviera más valor para enfrentarla. Ojalá tuviese más valor para plantar cara a lo que debería hacer. Ojalá no estuviera tan asustada.

Los pasos suenan de nuevo, moviéndose hacia mí. El colchón pronto se hunde a mi lado y unos dedos suaves pasean por mis cabellos antes de que un beso se pose en mi cabeza. Siento ganas de llorar, pero me las trago. Este va a ser el último beso de mi prima que reciba en… ¿cuánto tiempo? ¿Lo entenderá, cuando mañana por la mañana no me encuentre a su lado? ¿Lo entenderá, cuando se dé cuenta de que me he marchado para no volver? ¿Me buscará, respetando mi decisión?

—Ojalá las cosas no tuvieran que ser así, Fay.

Por un momento creo que Eirene sabe que estoy despierta, pero no lo hace. Habla muy bajito, en un susurro que me cuesta descifrar. Aunque se me trunca la respiración, intento sosegarla y acompasarla al ritmo real y tranquilo de un durmiente. Intento seguir fingiendo.

—Ojalá pudiésemos seguir siendo niñas para siempre. Las dos. Con nuestros juegos y nuestras aventuras que nunca iban más allá del jardín. Ojalá pudiera salvarte también en esta ocasión, como entonces…

Ojalá fuese así. Ojalá fuese verdad. Ojalá nada de esto estuviese pasando. Ojalá no estuviésemos a horas de alejarnos para siempre, haga lo que haga. Si me marcho, distancia. Si me quedo, distancia… y condena, y soledad, y desprecio, y la vida que otros quieran que viva.

Pienso en demostrar que estoy despierta. Pienso en explicárselo de viva voz. Pienso que quizá, después de todo, pueda entenderlo.

—Todo va a salir bien —continúa, sin embargo—. Incluso cuando ninguno de los dos lo penséis ahora… Todo saldrá bien. Solo tenéis… que daros una oportunidad. Solo tenéis… que aprender a vivir con ello. Todos tendremos que aprender a vivir con lo que nos toca ahora…

Eirene suspira, como si sus propias palabras le pesasen. Quizá no las quiera decir de verdad, pero se sienta obligada a ellas. Sea como sea… sé que no puedo despertar para ella. Sé que no me dejará marchar. Sé que me volverá a insistir en que ahora ya nada puede hacerse. Sé que me volverá a decir que ahora todos tenemos responsabilidades que cumplir.

Pero ella nunca ha querido ser reina, aunque vaya a serlo. Yo siempre he cumplido con mi deber, y ahora no deseo seguir haciéndolo. Solo hemos invertido los papeles. Tengo derecho. Tengo derecho a una vida. Tengo derecho a la libertad. Tengo derecho a ser feliz.

Tengo derecho a huir esta vez.

Mi prima no dice nada más. Siento sus brazos rodeándome desde atrás y yo me trago las lágrimas, moviéndome contra la almohada para esconder algo más la cara. Voy a echarla tanto de menos que incluso cuando está abrazándome empieza a dolerme el corazón. Agotada, no tarda en quedarse dormida, y solo entonces yo me permito abrir los ojos.

Con cuidado, me giro. El rostro de Eirene está cercano, cubierto de sombras, relajado. Casi tengo miedo de que ella también esté fingiendo, como he estado haciéndolo yo, y abra los ojos en cualquier momento para decirme que sabe lo que me propongo, y que no me lo va a permitir. Ella siempre ha sabido conocerme, siempre ha estado prácticamente en mi cabeza sin estarlo. Yo, sin embargo, he necesitado de los poderes de otra persona para descubrir todo lo que ocultaba. Todo lo que lleva tiempo callando o todo lo que nunca dijo. Y ahora no puedo evitar pensar en lo que no sabré, a partir de hoy…

Cojo aire. Me convenzco de que esto es solo temporal. Cuando alcance Veridian, contactaré con Ailbhe, y él me conseguirá un sitio donde resguardarme hasta que pase la tormenta. Pasará poco tiempo hasta que volvamos a vernos o vuelva a saber de ella. Mi hermano la mantendrá informada y yo también le haré llegar noticias mías y la apoyaré en su subida al trono. Quizá, incluso, pueda ir con ella a Nryan en algún momento…

Eso es. Todo va a estar bien. No es como si no fuésemos a volver a vernos nunca más.

Con cuidado, me levanto y tapo con las sábanas a Eirene, que se acomoda pero no despierta. He dejado todo preparado: apenas una bolsa con pertenencias que me puedan servir y el vestido más cómodo que he podido encontrar, con el que me visto con dificultad: nunca he tenido que hacer esto sola, siempre me han ayudado Sylvana y mi prima, por eso me siento torpe. Por eso, y porque no dejo de temblar. Lanzo un vistazo inquieto por encima de mi hombro. Tengo miedo, pero no sé si de que mi prima vaya a despertar o de mí misma. De lo que estoy a punto de hacer. De lo que esto puede significar.

Mis ojos vuelan a la ventana. Nunca he estado sola ahí fuera, tampoco. Eirene y Ailbhe siempre me han acompañado. Nunca he tenido que valerme por mí misma, y me doy cuenta de que no sé si sabré hacerlo. Me obligo a respirar. Solo será un viaje. Un viaje a caballo. Un paseo. Nada más.

El aullido de un lobo resuena a lo lejos. Siento que me mareo.

Pienso en quedarme. Pienso en abandonar esta estúpida idea de huir y mantenerme en el lugar que me corresponde. Eirene dice que lord Seaben no es tan malo. Quizá sea verdad. Quizá solo merezca una oportunidad. Quizá…

No. No es lo que quiero.

¿Qué me espera aquí? Miro alrededor. Es otro castillo, como Veridian, pero aquí a nadie le importo. Incluso si lord Seaben quisiera hacer esto lo más fácil para todos, jamás nos querremos. Estaremos solo… soportando días y días de intentos de no odiarnos. Le veré ir a la guerra y no me importará si no vuelve. Su madre pondrá sus ojos rojos en cada paso que dé, y en mi país. Aquí solo soy una ficha en ese ajedrez al que el príncipe le gusta tanto jugar. Aquí solo soy una moneda de cambio. Aquí no soy… nadie.

Aquí nunca tendré una vida que pueda considerar mía.

Por eso me cubro con mi capa blanca, intentando achacar el temblor de mis dedos al frío de la noche, aunque sé que no tiene nada que ver. Por eso intento convencerme de que esto es lo correcto. Mi error ha sido no hacer nada hasta este momento… ¿verdad?

No tengo más tiempo para pensar. Con cuidado, saco de un cajón la carta que ya he preparado, y la dejo sobre el escritorio, a la vista. Será lo único que quede de mí, y de lo que he hecho.

Después… me giro. Eirene sigue durmiendo. Las ganas de llorar trepan de nuevo por mi cuerpo y someten mi visión, que se enturbia. Me acerco. Un paso, luego otro, que se acallan sobre la alfombra. No despierta. Me gustaría recordarla así, sumida en un sueño tranquilo, encogida sobre sí misma, pensando que todo va a estar bien. Quiero creer que así será. Todo saldrá bien para ella, en su país, y para mí, en el mío. Mis padres tendrán que entrar en razón. Ailbhe lo conseguirá. Les dirá que no estoy preparada, que estaba asustada, y si mis padres me quieren lo entenderán al fin. Todo va a salir bien. Para todos.

Tomo aire y me inclino. Como ella ha hecho siempre, esta vez soy yo la que deja un beso en su frente, para regar los sueños que se esconden tras la piel en ese instante. Ojalá pudiera alcanzarlos y decirle por medio de fantasías que pronto volveremos a vernos. Que siento todo esto. Que me gustaría habérselo contado.

A mi beso se une una lágrima cargada de pavor.

Es lo último. No digo nada por miedo a despertarla. No vuelvo a mirarla por miedo a que eso me arrebate mi decisión.

Escondo mi rostro bajo la capucha.

Los pasos que me alejan del cuarto de mi prima son los primeros de mi propio camino.

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Si os ha gustado y queréis guardarlo, podéis descargar el relato en PDF aquí

¡Hasta la próxima entrada, cuentistas! ❤

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Un comentario en “Relato: Mi propio camino

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