Relato: Tardes de antaño

¡Buenas, cuentistas!

Llevábamos bastante tiempo sin publicar un relato por motivos de tiempo, pero no podíamos seguir posponiéndolo. Así pues, no me enrollaré y os dejo paso a la escena de esta semana, que viene narrado desde la perspectiva de Drake. Como sabéis, el hashtag #RelatoCuentista es el que utilizamos en redes sociales para que comentéis y propongáis ideas para estas pequeñas narraciones.
Como siempre, ¡gracias por leer!

(Atención, a partir de aquí puede haber spoilers: si no has leído Alianzas, te recomendamos que no sigas leyendo)

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo era la vida de Drake antes de la llegada del Tirano a Astrea, y antes de que secuestraran a su hermana? ¿Os habéis preguntado por la relación que tenía con Inair antes de que ella fuera hechizada? Pues si así es, aquí os dejamos la historia de una tarde en Astrea, en el puente que conduce al castillo real…

Tardes de antaño

Drake

—Así, aquí.

Inair está sentada en mi regazo, tomándote torpemente entre sus manos. Trato de indicarle por enésima vez dónde colocar sus dedos, pero tú te quejas, desafinada. Al parecer, consideras que una cosa es permitir que esté cerca y, otra muy distinta, hablar con ella como lo haces conmigo. Sacudo la cabeza. Ambos nos damos por vencidos, aunque ella no se aparta de mi regazo. Con mala cara, se apoya en mi pecho y me permite dedicarte toda mi atención, hasta que las cuerdas vuelven a cantar su melodía con tu verdadera voz, sin desajustes.

—¿Quién te enseñó? —me pregunta, curiosa, sin apartar la vista de ti.

—Madre sabe un poco, y también tuve varios maestros. Aunque, a decir verdad, me esforcé muchas horas en ser autodidacta.

Mi hermana alza la cabeza. Nuestros ojos se encuentran: los suyos, tan grandes, tan oscuros, están llenos de admiración.

—¡Es muy difícil! —se lamenta.

—Para mí es como respirar.

No es mentira. Tocarte se ha convertido en algo que hago sin pensar. A veces, cuando estoy concentrado en otra cosa, me encuentro a mí mismo pulsando el aire como si pudiese convocar la música aun en la distancia.

Mi hermana pasa uno de sus dedos por tu mástil, en una caricia pensativa.

—Nunca me has dicho cómo se llama.

Titubeo. Nadie me lo ha preguntado jamás.

—Pues… lo cierto es que no lo sé.

Inair escapa de mi regazo y se queda sentada a nuestro lado, con las piernas colgando de la amplia baranda de piedra. La veo quitarse los zapatos, aunque el lago queda mucho más abajo. Se pone a observar su reflejo en el agua. El reflejo del mundo, que parece contenido en este lugar: el cielo, el castillo con sus altas torres, las suaves colinas de terciopelo verde, las casitas de juguete en la lejana orilla… A veces le cuento la historia del reino que hay bajo las aguas, ese que es igual al nuestro, con un castillo idéntico y personas que podrían hacerse pasar por nosotros en este mundo si consiguen atraernos hacia el suyo. Se lo digo para que no camine de noche sola por el puente y, sobre todo, por los lugares por los que podría caerse. Aunque es mentira, y aunque una parte de ella sabe que con la caída del sol no aparecerían manos que se aferrasen a sus tobillos y trataran de arrastrarla a las profundidades, al final ha acabado observando el agua con reverencia, con esa seriedad tan impropia de una niña pequeña. Ya ni siquiera se subía a la baranda de piedra para caminar por ella, a menos que la cogiese de la mano y prometiese no soltarla.

—Debería tener un nombre —me dice, de pronto, cuando pensé que el tema ya estaba olvidado—. Las espadas de los grandes héroes y reyes guerreros tienen nombre. Y ya que ella es lo más parecido que tienes a un arma…

—¿Cómo que “lo más parecido”? —pregunto, fingidamente molesto—. ¡Es un arma! Una hecha para romper corazones y hacer soñar incluso a las personas con los pies bien pegados al suelo.

Inair ríe y apoya la cabeza en mi hombro. Miramos al lado en direcciones opuestas, como si fuéramos guardias controlando el avistamiento de enemigos. O simplemente como si nuestros caminos estuvieran a punto de separarse.

—Entonces, ¿le buscarás un nombre?

—No. —Poso mis labios sobre tu mástil y observo el horizonte más allá del desierto puente. Algunos niños juegan en el prado: puedo oír sus risas y distinguir sus ropas blancas y azules contra el verde de la hierba—. No necesitamos nombres para comunicarnos. Y, de todas formas, ¿quién soy yo para imponerle un nombre? No es como nosotros. Es simplemente ella y, para mí, la única.

Durante un buen rato, mi hermana no habla.

—Te lo… regaló tu padre, ¿verdad? —pregunta al fin, después de que pensara que se ha quedado dormida. En su voz hay cautela, como si temiese enfurecerme.

Me tenso. Ese es un tema que raramente se menciona. Por lo que a los habitantes del castillo respecta, yo bien podría haber nacido un buen día entre las coles, sin que nadie me hubiera concebido. Trago salida y la miro, y de pronto soy consciente de lo mucho que ha crecido desde que nuestros padres se casaron. Lleva el pelo largo trenzado y sujeto sobre su cabeza, y un vestido que no la favorece demasiado. Ya empieza a demostrar verdadero interés por la magia y los estudios, e incluso por las tareas de su padre que se relacionan con el reino. Supongo que es la condena de todas las princesas y los príncipes herederos: se les obliga a crecer demasiado rápido, a aceptar responsabilidad y dejar de ser niños antes de lo esperado. Todos dejan en ellos sus expectativas de futuro, esperando con ansias ese momento en el que se conviertan en adultos. En el caso de Inair, aguardan a que termine sus estudios en la Torre, a que la vistan de seda y terciopelo y tenga las fuerzas necesarias para soportar el peso de una corona sobre la cabeza.

Ojalá ese instante no llegara nunca. Ojalá pudiese ser para siempre mi hermana pequeña.

—¿Qué sabes tú de eso?

Inair duda y se vuelve, claramente avergonzada.

—Pregunté. —Baja los ojos—. Me di cuenta de que siempre llamas a papá por su nombre. —Una pausa. Se coloca bien el dobladillo del vestido, como si quisiera estar impecable—. No… No nos odias, ¿verdad? Por no ser tu familia de verdad.

Me sorprenden sus palabras. Sí, es cierto que a lord Iadail lo llamo por su nombre, y que nunca me muestro demasiado afectuoso por él, pero lo hago simplemente porque no estoy dispuesto a que nuestra relación se convierta en una actuación incómoda a todas horas. Guardar las distancias me parece mostrarle respeto, pero eso no significa que, si tengo un problema, no pueda contar con él. Además, hace a mi madre inmensamente feliz, aunque no compartamos la misma sangre. Puede que su sobrino, Adair, nunca vaya a dejar de ser insoportable, y es probable que nuestros caracteres choquen eternamente, pero, en el fondo, sé que es un buen chico. Y su hermana, Moira, es simplemente encantadora. Tiene suficiente carácter como para interponerse entre su hermano y yo cuando es necesario, pero a la vez puede ser dulce y paciente. Y luego está Inair, por supuesto, sin la que ya no me puedo imaginar mi día a día.

—No seas tonta… ¿Por qué iba a odiaros? —Me inclino y le beso la cabeza—. Es solo que… a veces… No sé. Pienso en él. ¿No te pasa con tu madre?

Ella se frota una mejilla. Se ha ruborizado un poco.

—No la recuerdo —me confiesa. Ese es otro tema del que no se habla en las habitaciones de palacio, tal vez con la intención de no despertar viejos fantasmas—. Pero supongo que sí… Supongo que… a veces echamos de menos a gente. A gente que no recordamos, o que todavía no hemos conocido…

Entorno los ojos, sorprendido.

—¿A quién echas de menos que aún no hayas conocido?

Inair ni siquiera me mira, y yo no sé en qué está pensando. Sacude la cabeza y el momento de que me responda se pierde. Pillándome completamente por sorpresa, se abraza a mí y se hace un hueco bajo mi brazo, buscando mi calor. Yo le rodeo los hombros. El sol ha desaparecido tras blancas nubes mientras hablamos, y una brisa fría ha empezado a soplar. Hace un poco de frío.

—¿Quieres que vayamos a casa?

Ella niega, la vista sobre tus cuerdas.

—Si tocas algo bonito que conozca, cantaré para ti.

No podría resistirme a ese ofrecimiento por nada del mundo.

Pronto, vuestras voces se pierden en la tarde como estrellas buscando el camino de vuelta al firmamento.

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3 comentarios en “Relato: Tardes de antaño

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