Creando entre dos

Young Adult: combatiendo prejuicios

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Me ha dicho Iria que debería escribir un artículo sobre New Adult, esas novelas que tan de moda están pero parece que nadie sabe definir. Ese era mi objetivo inicial. Y prometo hacerlo. En el futuro. Pero me he dado cuenta de que para tener un concepto de lo que es el New Adult (y poder desestimar unos cuantos prejuicios), primero hay que tener una buena base de lo que es el Young Adult. Hay demasiadas concepciones erróneas sobre este tipo de literatura, y todo parte de que, por lo general, no se sabe ni de dónde viene ni los problemas monumentales que existen para definir y limitar un tipo de literatura que, sin embargo, se consume fervientemente.

Mi misión de hoy es hablaros del Young Adult e intentar arrojar un poco de luz aunque, probablemente, os deje con aún más dudas al final del artículo. Porque, al fin y al cabo, cuanto más ahondas en un tema, más profundo ves que es. (Hasta que al final te quedas sin aire y mueres de forma agónica en la oscuridad… metafóricamente, claro.)

Empecemos por el principio: dicen que al principio no había nada, pero está claro que siempre ha debido haber algo, porque sino todo lo demás no se habría creado.

Uy. Perdón. Quizá no tan al principio. Conformémonos con el principio de la literatura juvenil. Aunque me gustaría usar el término en inglés, porque tiene unas implicaciones que el español no ha sabido adaptar del todo y porque, al fin y al cabo, yo me siento más cómoda con él (espero que no os importe, llamémoslo deformación profesional): Young Adult (YA para los amigos).

Aclarado esto…

¿Cuál es el origen de la YAL (Young Adult literature)?

Bien, esa es una pregunta que los estudiosos llevan haciéndose años. Para algunos, se remonta al siglo XIX. Por ahí dicen que fue una novela australiana de 1897 titulada Teens (Carpenter & Pritchard 1999, p. 518); hay otros que insisten en que Alcott (la escritora de Mujercitas, para que os pongáis en situación) y Horatio Alger (… que lamentándolo mucho sé tanto de él como vosotros, pero que escribió lo suficiente como para tener su propia página de obras en Wikipedia) fueron los primeros que escribían explícitamente para gente que no eran ni niños ni adultos (Nilsen & Donelson 2009: 42).

Personalmente, si me preguntáis, asociar este tipo de literatura al siglo XIX es, cuanto menos… problemático. Básicamente, porque en esa época no se había oído hablar del “joven adulto”. En esos tiempos, o eras niño o eras adulto, no había más. Muy pocos podían permitirse disfrutar de una juventud “ociosa”, como pasa hoy en día en muchos países… y “adolescencia” era un término extraño. Porque os contaré un secreto: la adolescencia es una concepción cultural. Hablemos con propiedad: todos tenemos que pasar por la pubertad (hormonas, pelo en sitios extraños, blablablá). La adolescencia, sin embargo, se aplica solo en ciertas sociedades. Por lo general, cuanto más avanzada está una cultura, más hincapié se hace en que existe una etapa entre la infancia y la adultez.

Hasta Simba tenía que pasar de niño a adulto, pero por si lo dudáis, no, los leones no tienen la idea de adolescencia.

Y me diréis: “Eso está muy bien, pero aún no sabemos de dónde viene la YAL. Si no fue cosa de los victorianos, ¿de quién fue?”

Sin adolescencia no puede haber cultura dedicada a semejante público. Así que tenemos que irnos al siglo XX. Antes de la Segunda Guerra Mundial, empezaron a aparecer algunos libros que iban enfocados hacia pre-adultos pero que no se consideraban infantiles (¿conocéis a Nancy Drew?), pero el verdadero boom vino después, cuando la situación política se “estabilizó” y la gente volvió a su vida tras la guerra. El hecho de que se mejorara la sanidad y la alimentación y con ello creciera la esperanza de vida dio pie a que los jóvenes no tuvieran que ponerse a edades tan tempranas a trabajar. Y sí, estoy hablando solamente del mundo occidental, porque en otros lugares no tuvieron esas facilidades: todo este desarrollo literario ocurrió en Estados Unidos.

Entre otras cosas, estos jóvenes querían leer. Solo que no encontraban textos con los que sentirse identificados. Textos que respondiesen a sus inquietudes. Los libros infantiles o para lectores más jóvenes no atraían a los chicos y chicas de 16 años. Así que buscaban en la sección de adultos. De allí sacaron libros como El guardián entre el centeno, El señor de las moscas o, incluso más tarde, Matar a un ruiseñor. Y es que he visto por ahí millones de veces que estos libros son juveniles. Pero no es así. Estos libros no fueron escritos pensando en adolescentes ni, ya que estamos, publicados para ellos. Estos libros fueron abrazados por los jóvenes, sí, pero eso no los convierte automáticamente en YAL. Más bien, en lo que los convirtió fue en lo que la Asociación Americana de Bibliotecarios (ALA) reconoció como novels for young adults, que no significa que estuvieran destinadas específicamente a los jóvenes, sino que eran adecuadas y tenían mucho éxito entre el público lector juvenil.

No puedo deciros cuál fue la primera novela YA de ficción. No puedo, y no porque no quiera, sino porque es imposible conseguir que dos expertos se pongan de acuerdo. Muchos la sitúan antes incluso de la Segunda Guerra Mundial (los mismos que dicen que hay que buscar antecedentes en el siglo XIX); y los hay que se quejan de que nadie “puede sugerir seriamente que la YAL fuera una categoría propia antes de la Segunda Guerra Mundial” (Hunt 1995:5). Sí, yo también me imagino a los académicos tirándose de los pelos. Sí, hay ataques como ese en muchos libros, y os sorprendería lo divertidas que hacen mis lecturas.

Un día cualquiera entre académicos

Volviendo al tema, por tanto, no puedo daros un título concreto. Pero os puedo decir que la YAL comenzó de forma muy diferente a lo que conocemos… o quizá no tanto. Se tendía al romance, a la historia de la chica que intentaba conseguir una cita para el baile de graduación (no muy lejano de algunas novelas de ahora, donde todo lo que importa es conseguir al capitán del equipo de fútbol americano). Aunque no había sexo, claro. Lo máximo que podías encontrar era un casto beso de los de mariposas en el estómago y una prosa bastante desfasada. La mayoría de esos libros han llegado a nuestros días como objeto de culto: dudo mucho que los jóvenes adultos de hoy en día buscasen estos textos y los disfrutasen.

La cosa después evolucionó, por supuesto. A medida que pasaban las décadas, los autores y los lectores por igual querían más “chicha”. Siempre desde una perspectiva “moral”, se empezó a hablar de sexo (de que no debía haberlo antes del matrimonio), drogas e incluso de homosexualidad (aunque las novelas acababan siempre con muertos, porque para muchos autores era algo antinatural). Me alegra deciros que las cosas cambiaron (un poco) con los años. Algunos escritores consideraron que quizá los jóvenes tenían la capacidad de decidir qué querían hacer, y crearon historias en las que no se posicionaban. Los hubo que dejaron de demonizar la sexualidad (lo cual no sentó muy bien a padres y educadores), y se atrevieron con temas nuevos, peliagudos y, a veces, un poco telenovelescos.

Eso todo está muy bien pero… ¿Qué o quién es eso de young adult? ¿Soy yo un young adult?

Ah, el escurridizo young adult (joven adulto). Cuando empecé a investigar sobre el asunto, yo, ignorante de mí, creí que sería fácil de definir. De 12 para arriba, me decía. Ahora veo atrás y sonrío a esa inocente, ilusa Selene.

Por supuesto, el término “young adult”, como el de “adolescente”, es una construcción cultural. Algo que la sociedad se ha inventado para… uh, bueno, no sé exactamente para qué, pero ahí está (tengo diferentes teorías conspiratorias, pero no es el momento ni el lugar).

Sí, si eres adolescente eres un young adult.

No, ser young adult no implica que seas adolescente.

El término es fluido, y podemos asignarle una franja de edad, sí queréis, pero dentro de 5, 6, 10 años, esa franja habrá cambiado. Dice Michael Cart (uno de los más puestos en esto de la YAL) que el young adult es cualquier individuo entre 10 y 25 años (Cart 2008), pero he visto la franja ampliarse incluso hasta los 30, en estudios más actuales. Estos cambios se deben a que cada vez nos independizamos más tarde, por lo general (en parte por la situación económica actual). En otros sitios, por supuesto, dan otras opiniones. He visto la franja moverse para incluir solo a adolescentes (12-19) y otras edades completamente aleatorias: 14-19, 15-17, 13–19, 12–25 (Yampbell 2005: 350). Creo que algunos teóricos sacan numeritos de un sombrero y deciden así a quiénes se refiere la etiqueta. Lo mismo con las editoriales, porque cada una tiene su propia política.

Si juntamos los papelitos y la guerra entre académicos, podrían quedar unos interesantes Juegos del Hambre.

Ahora en serio: las divisiones que se hacen dentro del YA, están directamente relacionadas con las necesidades psicológicas y emocionales del ser humano durante su desarrollo. Aunque la adolescencia sea un período relativamente corto de la vida humana, los cambios psicológicos y físicos son enormes. Al estudiar el desarrollo mental de los jóvenes antes de alcanzar la madurez, la Academia Americana de Psicología Infantil y Adolescente dividió este proceso en diferentes etapas a las que corresponden tipos de necesidades lectoras diferentes. Estas etapas son: la adolescencia temprana (12-14 años), la media (14-16), y la tardía (17-19). No podemos esperar, por tanto, homogeneidad ni en los títulos ni en los contenidos de los libros, de igual manera que no podemos esperar que una chica de 12 años sienta lo mismo con su lectura que a un chico de 19 (Jones & Waddle 2002: 100-3).

Por supuesto, no significa que no puedan disfrutar igual con ese texto, igual que alguien de 40 años no debería sentirse excluido de este tipo de lectura. Que hablemos de YAL no significa que si coges un libro de esta categoría con 35 te vayan a salir pústulas en las manos y te mueras al cabo de 24 horas. Aún no conozco a nadie que se haya muerto por leer (a menos que las páginas estuvieran envenenadas, y entonces no se moriría por leer, sino por sujetar el libro). No acotéis vuestros horizontes. Hay a adolescentes que no les gustan las novelas YA (o que no leen, directamente). Eso está bien. Quizá sintáis que no es vuestro tipo de literatura. Eso también está bien. A mí no me gustan los libros sobre la historia del escarabajo pelotero. Eso no significa que me cierre en banda y asevere que “yo no leo eso porque es estúpido/infantil/para entomólogos”. El mercado se renueva cada cierto tiempo, y quizá dentro de dos años, o tres, encontréis esa historia que os fascine de verdad. O no.

Pero la gente dice…

Oh, sí. La gente dice muchas cosas. Familia, amigos, libreros, bibliotecarios… Pero, ¿sabéis qué? La gente también está muy desinformada. Me animé a preguntar por Twitter qué prejuicios había escuchado o leído la gente sobre el YA y me llegaron respuestas de todo tipo. Pues bien, yo voy a romper una lanza a favor de la literatura juvenil, porque aunque tiene muchos defensores, también abundan los detractores…

La literatura juvenil es infantil/ para niños

Esta es una equivocación lógica. Lo puedo entender. Al fin y al cabo, la sección de libros infantiles está justo al lado. ¿Sabéis que las tiendas de libros estadounidenses decidieron que si querían vender más tenían que cambiar de sitio el YA, porque los adolescentes se sentían incómodos al lado de los libros para niños? (Yampbell 2005: 352-3). Personalmente creo que el haber visto estas dos categorías tan pegadas ha ido plantando una idea de que son lo mismo. Pero no lo son.

Hay mucho Gastón por ahí suelto.

Hemos hablado de las diferentes etapas del desarrollo cognitivo y emocional del adolescente. Menospreciar el valor de la literatura juvenil es menospreciar la importancia de su desarrollo tanto educativo como psicológico. Llamar “infantil” al YA es dar por sentado que el tono, los temas y la técnica literaria son iguales en ambos casos. Y no es así. Al decir una cosa así no solo se infantiliza al adolescente, sino que se está despreciando el trabajo de los autores.

Por cierto, yo leo literatura etiquetada como “infantil” y a mucha honra. Así que dejad de usarlo como un insulto. Hay escritores e ilustradores de este tipo de novelas con un arte que ya quisiéramos muchos.

Lo que pasa cuando se menosprecia a alguien por leer literatura infantil o juvenil.

¡Pero esas novelas son inmaduras!

A veces me cuestiono si un texto puede ser inmaduro de por sí. Una narrativa que necesita maduración es, para mí, la que aún no está lista para leer. En todo caso quizá deberíamos plantearnos si la inmadura no será la mente que la interpreta.

Cuando alguien me dice que el YA es inmaduro, me pongo a pensar en un artículo que leí hace poco sobre Los juegos del hambre, donde se hablaba de la crítica que hace Collins hacia la sociedad capitalista y la comodificación de los cuerpos adolescentes. Cuando me dicen que el YA es inmaduro pienso en las representaciones maravillosas que se hace de la amistad, el compañerismo y la cooperación. Pienso en las decenas de académicos que se dedican al análisis de textos, en inglés o en sus propios idiomas. Pienso en cómo se acercan a temas peliagudos, cómo algunas novelas hablan de la sexualidad abiertamente, cómo intentan educar a las próximas generaciones (y a las que no lo son tanto) en valores indispensables. Pienso, sin poder evitarlo, en el hecho de que, para ser inmaduro, los lectores de menos de 17 años suponían en 2012 solamente un 16% del total de compradores de YA en Estados Unidos, el resto eran mayores de 18 (Whitford & Vineyard 2013). Y, de paso, me recuerdo que en el instituto a mí me daban YA para leer, porque tenía mensajes importantes sobre la multiculturalidad y la inmigración. Hay novelas que incluso nos acercan más a la historia que cualquiera de las asignaturas que puedan impartirse.

Cuando alguien me dice que el YA es inmaduro, claro, yo le sonrío y pienso que o ha leído muy poco o el inmaduro es él. Y, obviamente, me alejo rápido y sin mirar atrás.

Vale, está bien, entiendo que por “maduro” esa persona está refiriéndose a la literatura adulta. Bueno, en realidad no lo entiendo, pero voy a suponer que está implícito de alguna retorcida de manera en la que no se acepta que no existen textos penosos en esa área. Pero lo cierto es que los límites entre la literatura juvenil y adulta son bastante difusos, y es relativamente sencillo que se pase de una a otra. Os pongo un ejemplo: La ladrona de libros es un libro originalmente publicado como ficción histórica para adultos. En Australia, el país del autor, se eligió así. En cambio, cuando llegó a Estados Unidos, el distribuidor decidió cambiar la etiqueta. De la noche a la mañana, Liesel se convirtió en la protagonista de un YA. Muchos se han quejado de este hecho (el prejuicio de “soy adulto, no tengo por qué pasar vergüenza yendo a comprar a la sección de YA”), pero como la voz narrativa usa un vocabulario asequible y la protagonista es una chica de 12 años, es suficiente para lanzársela a los jóvenes.

Por cierto, en ningún momento se ha dicho que en YA los protagonistas tengan que ser adolescentes. Esa es una generalización que hace tanto daño como cualquier prejuicio.

Todo eso está muy bien, pero no compararás los temas que trata con los de la literatura adulta…

No, es cierto. En YA no se toca el género erótico, por razones obvias (que no el tema sexual, no es lo mismo: eso sí lo hace). Por lo demás, os reto a que me digáis un solo tema que se eluda en la literatura juvenil. Os puedo asegurar que están todos: desde la maternidad a la muerte. Desde las drogas a la música. También se tratan todos los géneros: misterio, terror, romance, fantasía, ciencia ficción… Y atentos, porque en literatura aquí también hablo de videojuegos, televisión, cine…

Otro apunte importante: el YA no es un género. Es una etiqueta. Un tipo de literatura. Por supuesto, una audiencia. Un género sería el realismo, la ficción histórica, la fantasía, etc.

Pero su calidad literaria es deficiente

Hay de todo. No voy a decir que es oro todo lo que reluce, pero eso tampoco sucede en la literatura adulta. Y ojo con mencionarme la calidad literaria de libros como Cincuenta Sombras, porque la tenemos.

Cuando alguien dice que “50 sombras de Grey” es un libro estupendo.

Se publica de todo, en todas partes. Las editoriales son negocios y necesitan vender. A veces arriesgan y sacan cosas que rompen con lo anterior, a veces simplemente explotan modas, por cansino y deplorable que eso nos parezca. Es así. Y aunque en un mundo ideal nadie se aprovecharía de la larga sombra de éxitos como Harry Potter o Crepúsculo para sacar beneficios, os doy la bienvenida al capitalismo.

Aun así, en el YA también se innova, y creo que hay obras para todos los gustos: diferentes narradores, perspectivas, voces, tonos. No he oído a nadie quejarse de la calidad de las novelas de Pratchett o Gaiman cuando escriben para adultos: ¿por qué iba a ser distinto en obras como Me vestiré de medianoche o El libro del cementerio? El uso de la metaficción de Lemony Snicket (Daniel Handler) en sus novelas es simplemente exquisito, y la construcción del mundo de Philip Pullman en La Materia Oscura todavía me da cosas en las que pensar. Por cierto, si todavía tenéis dudas sobre que los temas que se tratan en el YA son profundos, os recomiendo que le echéis un vistazo a Luces del norte y a su abierta crítica hacia ciertas instituciones.

¿Y aporta algo, eso que lees?

Leer siempre aporta algo. Cualquier lectura (por eso me debato siempre al dar una opinión de un bestseller entre el pobre ejemplo que ofrecen algunos libros pero lo genial que es que tengan tantos lectores) ofrece una serie de beneficios. Si leéis ejercitáis vuestro cerebro. Si leéis, tendréis menos faltas de ortografía. Leer en otros idiomas ayuda muchísimo en el aprendizaje de una lengua. Leer favorece al desarrollo mental durante la adolescencia, y estoy segura de que ayuda a muchas personas a seguir creciendo emocional e intelectualmente durante la edad adulta. Leer entretiene, te da tema de conversación, te sirve incluso para conocer nueva gente con gustos parecidos.

¿De verdad necesitamos más?

Leer YA no debería ser más diferente que leer una novela dirigida a los niños o a los adultos. En el momento en el que los estereotipos desaparezcan no debería serlo, al menos.

Hablas como si al YA le quedaran muchos años… Seguro que es pasajero

Decían los expertos, allá al principio de los 90, que el YA desaparecería (Cart 1996: 161). Después de la década de los 70, conocida como la edad de oro de este tipo de literatura, hubo un descenso bastante grave en las ventas. Los jóvenes no se sentían atraídos hacia unas novelas que se repetían hasta la saciedad y con las que no se identificaban. Y entonces pasaron dos cosas: se abrió la posibilidad del mercado internacional gracias a los avances tecnológicos (entre ellos internet) y salieron libros que atrajeron sin remedio a grandes y pequeños. Sí, fue la época, entre otros, de Harry Potter.

Hoy en día el YA está sano y dando mucha guerra. De hecho, a día de hoy este tipo de libros son los que salvan muchas editoriales. No, no puedo saber cuánto durará. Como fenómeno y construcción cultural, caminamos sobre la cuerda floja al intentar averiguar hacia dónde se dirige. Tal vez la etiqueta sea sustituida por otra para darle salud y desaparezca tal y como la conocemos. O quizá se quede con nosotros muchos, muchos años más.

Disculpad que no sea más precisa. Tengo la bola de cristal en el taller.

Pero no puedes negar que el YA está lleno de tópicos. ¡Es muy repetitivo!

Como hemos dicho ya, un libro que funciona se copiará cien mil veces. En ese sentido, no se puede evitar que se haga repetitivo: si lo que están de moda son las distopías… bueno, se seguirá el mismo esquema que ha triunfado. Si son las criaturas mágicas, hay un número finito de posibilidades que usar.

Pero pongamos que no estáis refiriéndoos a los tópicos que acompañan a un género o subgénero literario, sino más bien a cosas como: “el personaje principal es huérfano”, “hay un triángulo amoroso” o incluso el famoso y debatido “he sido elegido por una profecía y no sabía mi potencial; hoy voy a desayunar tortitas y salvar al mundo”. Este es un prejuicio muy extendido, y tiene parte de verdad. Pero es un fenómeno común a todo tipo de literatura.

Hasta a Hermione está harta del recurso del elegido.

En 1926, Vladimir Propp publicaba su (famosa) obra Morfología del cuento, en la que establecía las 31 funciones que había sacado de estudiar los cuentos de hadas. Así, resumiendo mal y pronto, estas 31 funciones marcaban la estructura de los cuentos clásicos: eran puntos que él vio en los cuentos de hadas rusos pero que luego se descubrió que se podían aplicar universalmente, creando decenas de posibilidades (ojo, que las 31 funciones no se usaban todas a la vez: iban por turnos). Algunos las encontrarían repetitivas, por supuesto. Es inevitable.

La idea es que el autor tenga los suficientes recursos para darle la vuelta al tópico. Lo perfecto sería que nos sorprendieran con algo nuevo cada vez. Pero no es así. Hoy en día hay que ser muy bueno para sorprender al lector, porque cada vez hay menos posibilidades de hacerlo: se ha leído y visto demasiado, y el concepto de “originalidad” se pondrá en duda con cada nuevo giro argumental. Pensad que las ideas de Shakespeare, en muchos casos, no eran inéditas: Romeo y Julieta, Hamlet, Timón de Atenas… Todas son obras que beben de fuentes anteriores, y hablamos de finales del siglo XVI e inicios del XVII… así que imaginaos ahora.

¿Hay tópicos y clichés en la literatura juvenil? Bueno, lo raro sería, con todo lo que llevamos a nuestras espaldas, que no los hubiera.

(Ah, y que sepáis que lo del huérfano es un recurso por el cual la muerte de los padres libera al niño para que pueda vivir aventuras por su cuenta. Normalmente va asociado a la ciencia ficción y la fantasía, o simplemente cuando no interesa desarrollar ese vínculo paternofilial. Lo que Iria resumiría en: “como sobra, me lo cargo”. [Nota de Iria: ¿Veis como en realidad mi manera de pensar es muy lógica?])

Al final, el YA se resume a la fantasía…

Dejemos esto claro: la fantasía es un género. Hay YA de corte fantástico. También hay fantasía para niños y para adultos. No toda la fantasía es YA y no todo el YA es fantasía. Y, definitivamente, no tiene un vínculo más especial que con cualquier otro género. Muchos estudiosos han visto que hay una relación indirecta entre la fantasía y este tipo de literatura por el hecho de que ambas han sido menospreciadas por ciertos sectores del público crítico y lector. Sus textos han sido víctimas injustas de prejuicios parecidos, pero no entraré en detalles (otro día os hablaré de eso, si queréis), porque esto se me escaparía de las manos.

De todas formas, las primeras novelas YA no eran fantásticas. En general, todas tenían corte realista (con temas más o menos romantizados) y, de hecho, antes de los años 80 o 90 hay una clara predilección por parte de los académicos en estudiar la novela contemporánea por encima de cualquier otro género. No existe ninguna razón lógica para emparejar a la fantasía y la YAL y, de hecho, hay muchos educadores que consideran el género fantástico como peligroso para los adolescentes, debido a que sus conductas no deben ser imitadas y, sobre todo, a que lo ven como poco más que escapismo sin valor real (un prejuicio fácilmente desmontable).

Al final, queridos lectores, todo se reduce a una cosa: la YAL es un tipo de literatura principalmente comercializada para jóvenes adultos, pero ampliamente mediada por adultos: ellos escriben, ellos editan y, sí, ellos prohíben y censuran. Los textos se cambian, se traducen, se malinterpretan. Algunos de los hombres y mujeres “al mando” infravaloran al lector, pensando que no llegarán al mensaje más profundo, que no deben permitir que vean ciertos temas, que no se le puede dar una visión cruda de la realidad. Y mientras tanto, a sus espaldas, promueven una cultura de consumo, donde nos bombardean noche y día con mensajes relacionados con nuestro aspecto, nuestra sexualidad e incluso las ideologías que deberíamos seguir. Es irónico y triste. Por supuesto, no hay que pensar que todos son así. Hay autores que alzan la voz, que hablan de lo que quieren hablar, en términos profundos, en términos más o menos universales.

Y esas obras con las que somos capaz de identificarnos, las inteligentes, las que despiertan algo en nosotros, las que sentimos que encienden esa chispa en nuestra cabeza, son las que cuentan.

Sentíos orgullosos de lo que leáis, sea lo que sea: YA, romántica adulta, fantasía, cuentos de hadas o, sí, la historia del escarabajo pelotero. Porque si leéis algo significa que os hace sentir. Y, ¿sabéis qué? Eso nadie os lo puede quitar, ni con todos los prejuicios del mundo.

Referencias

CARPENTER, Humphrey; PRICHARD, Mari. The Oxford Companion to Children’s Literature. Oxford: Oxford University Press, 1999.

CART, Michael. From Romance to Realism: 50 Years of Growth and Change in Young Adult Literature. New York: Harper Collins, 1996.

CART, Michael. “The Value of Young Adult Literature”. < http://www.ala.org/yalsa/guidelines/whitepapers/yalit>. Acceso el 11 de julio de 2015.

HUNT, Caroline. “Young Adult Literature Evades the Theorists.” Children’s Literature Association Quarterly, 21: 1, 1996, pp. 4-11

JONES, Patrick; WADDLE, Linda (eds.) New Directions for Library Service to Young Adults. Chicago: American Library Association, 2002.

NILSEN, Alleen Pace; DONELSON, Kenneth L. Literature for Today’s Young Adults. Eight edition. New York: Pearson, 2009.

WHITFORD, Emma; VINEYARD, Jennifer Vineyard. “The Five: The Young Adult Bubble” <http://nymag.com/arts/books/features/young-adult-novels-2013-10/index3.html> Acceso el 11 de julio de 2015.

YAMPBELL, Car. “Judging a Book by Its Cover: Publishing Trends in Young Adult Literature.” The Lion and the Unicorn, 29: 3, 2005, pp. 348-372.

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