Relato de San Valentín: Ante la tormenta

Este relato está protagonizado por dos personajes de la novela Ladrones de libertad. Se recomienda no leerlo si no se ha leído la novela previamente.

Las protagonistas son Zahara y Erea. Transcurre muchos años antes de la acción de la novela. Zahara ha llegado hace no mucho a Sirsha, pero Erea ya se ha fijado en ella…

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Las niñas chillan con deleite cuando extiendo mis brazos e intento atraparlas. Algunas corren y fingen tener miedo, aunque se están partiendo de risa. Otras se giran para encararme, espadas de madera en ristre.

—¡Arriad las velas, huyamos! —dice una.

—¡A por el monstruo! ¡No os dejéis amedrentar! —exclama otra.

A una tercera la agarro por la cintura y la alzo con facilidad, pequeña y delgada como es. Entre gritos de fingida agonía mezclados con carcajadas, yo le beso la cara y le hago cosquillas, advirtiéndola de que me la llevaré a las profundidades y haré mi guiso favorito con ella.

—¡Piedad! —ruega con la boca pequeña, mientras intenta tragarse su diversión, con más bien poco éxito.

—¡Suéltala, monstruo!

La punta de una espada se me clava ligeramente en la barriga y yo suelto a mi rehén solo para llevarme las manos a la supuesta herida de muerte, haciendo gorgoritos como si fueran quejidos. Me desplomo sobre la arena con un poco de teatro y oigo que todas gritan, eufóricas, anunciando que han vencido al kraken. Que esta noche habrá calamares. Casi dejo mi actuación por la ocurrencia, pero ahogo la carcajada. En su lugar, me quedo tirada, sintiendo la arena bajo mi cuerpo, el olor del mar y su sonido a lo lejos, los pasos gráciles de las chiquillas a mi alrededor. Me pinchan con sus deditos en las mejillas y en los brazos, como para asegurarse de que realmente no me voy a mover.

A lo lejos se escucha la campana que las llama a cenar al refugio y yo aprovecho el momento para abrir los ojos y rugir, como si fuera un monstruo real. Ellas dan respingos o vuelven a chillar.

—¡Atended a la llamada u os convertiré en mi comida de mañana! —les advierto.

Y ellas, riendo y gritando pero siempre obedientes —si bien un poco traviesas a veces—, echan a correr dadas de la mano y chillando con sus agudas voces que las costas de Sirsha no están a salvo. Incluso cuando Sirsha es el lugar más seguro que nunca conocerán.

—Así que, aparte de pirata, en tu tiempo libre eres un monstruo marino.

Me giro, sorprendida, al escuchar una voz que no esperaba. Tiene un fuerte acento de Rydia, para mi sorpresa, y no es un tono que haya escuchado a menudo. Todavía ni siquiera puedo decir que sea familiar. Pero su rostro, por supuesto, sí que lo es. La última incorporación a la tripulación es una belleza de piel morena y pelo que supongo cortado por un cuchillo. Sus ojos verdes parecen completamente fuera de lugar contra la oscuridad de sus pestañas, casi irreales.

Hay algo de sueño en su presencia, algo de fantasía, y no voy a fingir que no me he fijado antes en ella. Me paso los dedos por el pelo lleno de arena, y sonrío.

—A veces también hago de dragón —digo, con un sutil aleteo. A ella se le van los ojos a mis alas, por supuesto—. Y en alguna ocasión, contra mi voluntad, de príncipe o princesa. Pueden ser muy insistentes.

La muchacha me mira de arriba abajo. No parece saber muy bien cómo encararme. Finalmente, tras un titubeo, me tiende la mano, para ayudarme a levantar. Yo la miro un instante, en silencio, dudando. Zahara. Se llama Zahara. Lo recuerdo por la forma en la que su nombre me parece llamar a una tormenta. Suena a oasis en el desierto, pero también a vientos inesperados y a oleaje que te arrastra lejos de la costa.

A mí siempre me ha encantado la emoción de navegar cuando el mar está picado. La sensación del estómago subiendo hasta el corazón. La paz de espíritu que deja saber que solo puedes prestarle atención a una cosa y tus problemas personales han dejado de tener sentido.

Quizá por eso cojo su mano, cálida, suave, aunque levantarme sería tan fácil como mover mis alas. Las uso, de hecho, para ayudarme a ponerme en pie cuando ella tira de mí. Un impulso innecesario, en realidad, que me lleva un paso más cerca de ella. Sus dedos se quedan entre los míos mientras nos medimos con la mirada. Se ve que es una chica de buena cuna. Lo sé porque su palma, cuando la acaricio, es tierna, delicada. También lo es su rostro, algo afilado, de pómulos altos. Sus pestañas parecen aún más largas de cerca. Y sus labios… Me humedezco los míos.

—Diandra te estaba buscando —me dice, de pronto.

Sé que se ha dado cuenta de por dónde iban mis pensamientos porque se separa, y yo la dejo escapar, aun si me gustaría simplemente echarme un poco más adelante y probar a qué sabe el huracán que promete en su mirada. Sonrío, en su lugar, y doy otro paso atrás. A la capitana no le gusta esperar. Siempre dice que ya ha esperado lo suficiente en su vida.

—Gracias. Quizás otro día puedas venir y… jugar conmigo y con las niñas. Te dejaremos ser la hechicera, si quieres. Es un gran honor que no le permitimos a mucha gente.

Zahara parpadea, claramente sin esperárselo, mientras yo sigo caminando sin darle la espalda, un paso de cada vez. Mis alas se mueven con suavidad, de tal forma que apenas sí toco el suelo. No me gustaría hacer el ridículo ante una chica que me ha gustado y caerme de culo.

Hablo desde la experiencia en el pasado.

—Quizá —dice al fin.

—O podrías venir a jugar solo conmigo. En ese caso, te dejaré ser lo que quieras.

Sutil. Tal y como a mí me gusta. Aparto la mirada y le hago un gesto con la mano, antes de girarme y apurar el paso. Si responde, el rugir de la sangre en mis oídos me impide oírlo.

Mejor no hacer esperar a Diandra, me repito. Echo a correr.

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