Relato de San Valentín: En tus cabellos

Este relato está protagonizado por dos personajes de la novela Ladrones de libertad, Kay y Nadim. Transcurre un tiempo después del final del libro, por lo que no es conveniente leerlo si no se ha leído toda la novela. Contiene spoilers. Hemos avisado. Naveguen con cuidado.

Sirena

—¿Qué haces?

Con un respingo, giro la cabeza y encuentro su rostro cercano al mío. No lo he oído entrar. Mis ojos siguen los suyos, clavados sobre el pergamino que descansa en la mesa, la pluma entre mis dedos. Hacía mucho que no escribía y, de alguna forma, volver a coger soltura en mi caligrafía me ha costado algún que otro intento. Es sorprendente lo mucho que nos puede costar hacer algo cuando dejamos pasar el tiempo. Como si nos oxidáramos. Me pregunto si la espera también nos hace eso. Si quedarnos quietos, dejar que el destino decida por nosotros, también nos deja romos, embotados. Supongo que así es.

—He pensado… en escribir de vuelta a Ivy. Ha sido muy amable enviándome esa carta.

Él no dice nada. Ni siquiera me deja saber lo que piensa. Su rostro se entierra a medias entre mis cabellos. Sus labios rozan ese punto bajo mi oreja que consigue estremecerme. En realidad, siempre que me toca, después de muchas horas, consigue esa misma reacción.

—¿Le estás contando lo apasionante que es la vida de mercader? Cuidado, si cuentas nuestros secretos toda la realeza de Marabilia dejará sus tronos para unirse a los Sueños.

Rio bajito y suelto mi pluma. Nuestros ojos se encuentran cuando me giro a medias en la silla. En la calle el sol se ha ocultado, pero la habitación está suavemente alumbrada por la luz blanca de la esfera que descansa sobre la mesa. En el piso de abajo el jaleo de la taberna resultaría abrumador en comparación con el silencio de los pasillos del castillo de Dahes, si aún viviese allí. Si no estuviese acostumbrada al alboroto que pueden llegar a montar los ocho hombres con los que vivo. Y la capitana, que no es mucho más silenciosa cuando se une a sus canciones y a sus risas.

—Le estoy diciendo que debería ir al puerto y meterse en la primera nave que vea —me burlo—. Que allí encontrará nuevos y valiosos aliados.

Nadim alza las cejas, el fantasma de una sonrisa apaeciendo en las comisuras de sus labios.

—Parece un gran consejo.

Finjo titubear.

—En realidad, es un terrible consejo que me ganará la enemistad de todo un reino.

—¿Ah?

—Cabe la posibilidad de que después no se quiera separar de ellos.

Mis dedos, enredados en la tela de su camisa, tiran de él para que se agache. No encuentro resistencia, sino que viene de buena gana al encuentro de mis labios. Un suspiro se me escapa y nos besamos largamente, perdiendo el hilo de la conversación. Mis manos trepan por su cuerpo y se enganchan tras su cuello. Enredo los dedos entre sus cabellos, suaves, oscuros como las sombras que acechan en la habitación.

—Estabas escribiendo —me recuerda, con pocas ganas, cuando emergemos para respirar.

—Seguro que no le importa esperar un día más.

Él ni siquiera hace un esfuerzo por intentar convencerme de lo contrario. Con un beso acalla mi risa, que burbujea sin control cuando me toma en brazos para llevarme a la cama.

***

Nadim juega con uno de mis tirabuzones, enroscándolo alrededor de sus largos dedos. Yo descanso la mejilla contra su pecho, todavía alerta pero con los ojos cerrados. Su piel cálida parece latir contra mi oído, suavemente. Escucho su respiración en un vaivén que me recuerda a las olas, a la imparable marea. Guardo silencio, dibujando sobre su estómago letras y símbolos. Mi nombre. El suyo. Dos palabras que no solemos decir en voz alta, quizá por miedo a lo que signifiquen. A lo que nos puedan llevar.

Si se da cuenta, no lo menciona.

—¿Vas a dejar que te crezca mucho más?

—Será como el de una princesa de cuento —digo, sabiendo perfectamente de qué está hablando—. Pasaré el día peinándomelo en proa y dejando que los delfines vengan a trenzármelo y a plantar coral y anémonas entre los rizos.

No necesito verlo para saber que sonríe con escarnio.

—¿Antes o después de que las sirenas te coronen como reina?

Le doy un suave pellizco.

—Las sirenas no se fijarán en eso para hacerme su reina, sino en mi inteligencia y en mi crueldad contra sus enemigos.

Nadim deja escapar una carcajada.

—Sobre todo en tu crueldad.

Me acomodo sobre el colchón y alzo la vista. Un mechón me cae sobre un ojo y yo me apresuro a meterlo tras la oreja. Lo cierto es que todavía se me hace extraño mirarme al espejo y ver los rizos por debajo de mis hombros, espesos y, debido al sol y la sal, un poco enmarañados.

—Sé que no es práctico dejarme el pelo largo. —Tiro con suavidad de un mechón, que recupera su forma en cuanto lo suelto—. Pero nunca había podido hacerlo y…

—No tienes que darme explicaciones, Kay —me corta. Lo hace con suavidad, con una mirada que es todo comprensión y que hace que me derrita contra él. Que me atraviesa. En realidad soy consciente de lo que está pensando. De las palabras que no dice pero que sé que están ahí porque… me conoce. Al menos casi tan bien como yo a él.

«No tienes que dar explicaciones. Ni a mí ni a nadie. Ni siquiera a ti».

Enrojezco un poco y me apresuro a apoyar la frente contra su hombro. Mis labios rozan su corazón.

—¿Crees que soy…?

—¿Preciosa? —me vuelve a interrumpir, antes de que pueda usar mi propia lengua para insultarme—. Sí, ya sea con el pelo largo o corto.

Su mano en mi mejilla. Yo intento tragarme el rubor, hacerlo desaparecer de mi cara.

Tengo poco éxito.

—Iba a decir “simple”, pero lo tuyo suena mejor, claro.

Nadim sacude la cabeza y, con algo de reticencia, cedo a su gesto y levanto la cara.

—Si quieres dejarte el pelo largo no tienes que buscar una excusa. —Alza una ceja—. No te va a quedar tan bien como a mí, pero ¿quién puede presumir de eso?

Dejo los ojos en blanco, pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa.

—Por supuesto.

Su expresión burlona desaparece cuando me besa, pero el gesto solo dura un momento. Cuando se separa, lo hace para incorporarse, llevándome con él. Para mi sorpresa, se sienta detrás de mí e introduce los dedos entre los mechones enredados, empezando a trenzarlos. No me asombra especialmente que sepa hacer algo así: lo he visto atar nudos y arreglar redes y cuerdas. No es lo mismo, por supuesto, pero lo hace con tanta delicadeza que apenas me da tirones. Yo me mantengo inmóvil, estremeciéndome cada vez que sus dedos me rozan la nuca o la espalda, disfrutando de un momento extraño pero definitivamente cómodo. El silencio ha caído incluso en la taberna, por lo avanzada que está la noche, y parece que seamos las dos únicas personas que permanecen despiertas en toda Marabilia.

Cuando se da por satisfecho, tras un par de intentos fallidos, ata mis cabellos y me pone la trenza sobre el hombro, solo para besarme entre los omoplatos. Contengo un suspiro y, cuando se aparta, me giro para verlo. Si el mío está recogido ahora, su pelo cae suelto sobre sus hombros, enmarcando su rostro. La cinta de cuero que normalmente los mantiene en el sitio parece ahora quemar contra mi piel.

Por alguna tonta razón, el gesto me parece algo más íntimo de lo que es.

—Así los delfines no se enredarán entre tus cabellos cuando salgas a nadar, sirena.

Se me escapa una risa ahogada. A veces simplemente me olvido de toda la dicha que supone que esté a mi lado. De lo rápido que logra que me lata el corazón. De lo fácil que me resulta sonreír cuando estoy con él.

A veces simplemente espero y él viene para recordarme que seguimos vivos.

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