Jaulas de seda, Marabilia, Reinos de cristal, Relatos, Títeres de la magia

Relato: Posos de té

¡Hola una semana más, marabilienses!

Quedan exactamente 11 días para la publicación oficial de Reinos de Cristal y, como cada jueves hasta entonces, os traemos una lectura. Después de volver a Marabilia de la mano de Ivy, Arthmael y Kay, esta vez le toca el turno a Hazan, que nos llevará a la Torre de Nigromancia que tan bien conoce. Avisamos que el texto contiene spoilers tanto de Títeres de la magia como del epílogo de Jaulas de seda, por lo que debéis leerlo bajo vuestra propia responsabilidad.

Este será el último de la serie de relatos, porque la semana que viene pondremos a vuestra disposición los primeros capítulos de la novela, por si alguien quiere ir abriendo boca…

Además, os recordamos que tenemos abierto un concurso en redes sociales con el que podéis ganar un ejemplar de Reinos de cristal. Podéis leer las bases en nuestro Twitter. También aceptaremos participaciones por Instagram.

Y por si fuera poco, aprovechamos para informaros de que este domingo 6 de octubre a las 12.30h. estaremos en Vitoria (Palacio de Villa Suso) y participaremos en una mesa redonda sobre diversidad afectivo-sexual en literatura juvenil como parte del festival Gazte@Book#Gasteiz, organizado por el Ayuntamiento. Os animamos a que le echéis un vistazo a su programación, porque tienen actividades durante todo el fin de semana.

¡Ahora sí, feliz fin regreso a la Torre!

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Hazan

A veces, cuando no hay mucho trabajo (o cuando pueden prescindir de nosotros un rato), nos reunimos tras la puerta de estrellas y nos sentamos alrededor de la pequeña mesa donde se solía sentar la Maestra Anthea. En realidad no es la misma mesa, porque ella se llevó la suya cuando se mudó a la Torre de Hechicería de Idyll, donde, hasta donde yo sé, vive feliz con el hombre del que sus responsabilidades la apartaron durante dos décadas. Ella, como nosotros ahora, siempre se acomodaba al lado de esta misma ventana y bebía su té a sorbos, esperando llegar al final para ver qué era lo que le deparaba el futuro escrito en las hojas de infusión del fondo de su taza. Nosotros, por supuesto, no prestamos atención a esa última parte, aunque a veces, por diversión, le pido a Clarence que mire en los restos de mi bebida. Su respuesta, invariablemente, es que ve un beso en mi destino, y después se inclina sobre mí y se encarga de que la predicción se cumpla.

Hoy, al otro lado de la mesa, Clarence solamente tiene ojos para la carta que ha recibido, escrita con la caligrafía alta y puntiaguda de Logen.

—A veces pienso que todavía no lo ha superado.

Me vuelvo hacia Ariadne. Tiene los ojos puestos en el cristal, en los grupos de alumnos que pasean por el jardín, donde la nieve se ha convertido en barro y todavía hace frío. Aun así, ellos parecen disfrutar del día igualmente, abrigados con sus capas y sus chales y bufandas.

—¿Superado? —Clarence parece tan confuso como yo.

—Es obvio que le sigues gustando.

El director enrojece y se revuelve en su asiento. Cuando me mira, yo aparto la vista y trato de centrar toda mi atención en una muesca en la madera de la mesa y en el té entre mis manos. Logen y Clarence tuvieron una relación hace mucho tiempo, cuando todavía eran estudiantes en esta misma Torre, pero cuando se graduaron sus caminos se separaron. Sé que todavía se escriben, que todavía se quieren y que guardan una estrecha amistad. Y Logen siempre me pareció… encantador. Era un chico interesante y trabajador. Comprendo que él y Clarence hicieran tan buenas migas, cuando tenían tanto en común.

—No es cierto —farfulla tras un instante que necesita para recomponerse. Su apuro es evidente—. Solamente queremos seguir en contacto.

—Por supuesto.

—Al contrario que contigo, que a veces desearía perderte de vista.

—¿Por qué? —La sonrisa de Ariadne es tan retorcida como ella—. ¿Te pone nervioso lo que digo, Clarence?

Él gruñe y le enseña los dientes y, por un instante, creo que realmente va a intentar morderle una mano. Su amistad es así: ella lo saca de quicio, él trata de devolverle la pulla y falla. Al final, Ariadne siempre acaba saliéndose con la suya, como si ese fuese el verdadero objetivo tras todas sus acciones. Pero lo cierto es, aunque no lo admita en voz alta y se haga la dura de cara al mundo, que quiere a Clarence por encima de todas las cosas, igual que quiere a esta Torre y a todos sus habitantes y haría cualquier cosa por ellos.

Supongo que incluso por mí.

—¿Qué dice Logen? —pregunto, tras dejar mi taza en su plato, al ver que él parece a punto de responder algo que solamente alargará su humillación y una pelea que no es tal—. ¿Le va todo bien?

El director parece sorprendido de escucharme preguntar, pero asiente.

—Ha vuelto a Granth. Dice que le hubiera gustado quedarse con Fausto en Dione, pero su puesto está junto a la familia real, los reyes y la heredera.

—¿Es cierto que casó él a la reina y al príncipe? —inquiere Ari, incluso si hace como si no le importase. Vuelve a estar atenta a lo que ocurre en los jardines.

—¿Quieres los detalles? —se burla Clarence.

—No todos los días hay una boda real.

Ambos nos la quedamos mirando porque esa, al fin y al cabo, no es una respuesta propia de Ariadne. Lo que yo esperaba era que dijera que a ella no le interesan esas cosas. O que simplemente cambiara de tema. Pero ahora, mientras la observamos, ella frunce el ceño y alza la barbilla, toda orgullo e indignación.

—¿Qué pasa? ¿No pueden gustarme las bodas?

Abro la boca, pero no llego a dejar escapar ningún sonido, en parte porque no sé qué decir y en parte porque sus ojos me están retando a que le dé una excusa para convertirme en algún animal pequeño y desagradable.

—No hay muchas cosas que respete en este mundo —dice—. Pero siempre he respetado la magia, y la ceremonia que une a un matrimonio es una de las más sagradas. —Hace una pausa, como si nos instara a llevarle la contraria, pero ninguno de los dos se atreve—. Es algo único, como lo es el amor verdadero.

Ese último apunte lo hace con un leve rubor en las mejillas que casi me tira de la silla. De todos los adjetivos con los que podría describir a Ariadne nunca se me habría ocurrido que «romántica» fuese uno de ellos.

—Eso es…

—Y por eso opino que no puede dejarse en manos de cualquiera —me interrumpe—. Así que espero que seáis conscientes de que no aceptaré que otra persona que no sea yo os case.

Hay un silencio que sigue a sus palabras. Un silencio lleno de asombro y, en mi caso, incomprensión. Dura lo mismo que ella tarda en terminar su té de un par de tragos y mirar de uno al otro: a mí primero, que boqueo como un pez fuera del agua, sin saber que decir; a Clarence acto seguido, que está tan rojo que parece que haya estado conteniendo el aliento por una eternidad.

—¡A-Ariadne! —tartamudea, ofendido, no sé muy bien por qué—. Eso no…

—Os casaréis en algún momento, ¿no? El director de la Torre de Nigromancia debería dar ejemplo y llevar a cabo el vínculo mágico más importante.

—E-Eso no… —repite él, dejando la frase en el aire una vez más.

Los ojos de Clarence se topan con los míos. No es algo que hayamos hablado. Nos hemos acomodado en nuestra pacífica rutina. Nos contentamos con ver el aura del otro cuando estamos solos. No necesitamos nada más para saber que es amor verdadero, y aunque no pudiéramos llegar a ver otro plano, probablemente sabríamos que lo que sentimos es completamente real de todas formas. Nunca me he plantado que hiciera falta más vínculo que el de nuestras manos unidas para enfrentar lo que venga. Pero ahora que Ari lo ha mencionado…

Me encojo en mi silla, que es todo lo que puedo hacer para no ceder al impulso que me grita que salga corriendo.

La nigromante se levanta de la mesa con una sonrisa capaz de endulzar la bebida más amarga.

—Acabo de recordar que tengo algo que hacer. Disfrutad del resto de la merienda.

Y se va. Realmente pasa por nuestro lado con un susurro de su vestido y una canción en los labios, especialmente pagada de sí misma. No se vuelve ni una sola vez, aunque Clarence tiene la vista fija en su espalda, y cierra la puerta con tanto cuidado como si hubiera dejado atrás a un bebé que tiene miedo de despertar.

—Eso ha sido… —balbucea el director tras un rápido vistazo a mi expresión y, a continuación, bajar la cabeza. Después, como si le pareciese una gran idea, toma dos pastas y se las mete en la boca a la vez, para tener una excusa que lo permita mantenerse callado.

Se hace otro silencio, todavía más avergonzado, todavía más tenso. Y después, como una burbuja que explota, me echo a reír. No puedo evitarlo. No cuando Clarence está sentado enfrente concentrado en masticar pero completamente rojo. No cuando Ariadne nos ha dejado a solas con esta situación tan extraña, que es obviamente una de sus travesuras. No cuando no hay razones para no ser otra cosa más que felices.

—¿Hazan? —pregunta, inseguro, mi novio.

Pero yo solamente sacudo la cabeza. Aprieto los labios para detener la carcajada y le tiendo mi taza de té, donde solamente quedan los posos. Él la toma, algo confundido, y la estudia. Parece tardar un poco en comprender qué estoy haciendo pero, cuando lo hace, acaba por sonreírme con un brillo cómplice en la mirada. Así es como se da cuenta de lo que intento hacer. Así es como recuerda esa broma que se queda siempre únicamente entre los dos.

Con cuidado, deja el recipiente boca abajo sobre el plato de cerámica y se inclina sobre la mesa para besarme.

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2 comentarios en “Relato: Posos de té”

  1. Hola.
    Creo que me puede explotar la cabeza intentando asimilar que estos dos ya llevarán 8 años juntos, no pueden haber crecido tanto. Así me sirve de entrenamiento para el libro.
    También diré que siempre es un placer leer a Ariadne meterse con Clarence, me da la vida.
    Hasta pronto y gracias.

    Le gusta a 1 persona

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