Marabilia, Reinos de cristal, Relatos

Relato: Nieve en palacio

¡Feliz Navidad, marabilienses! Esperamos de todo corazón que estéis pasando unos días muy felices en compañía de las personas que más queréis. Nosotras estamos terminando de escribir La venganza del unicornio pero teníamos ganas de volver a Marabilia por estas fechas, así que os queremos hacer un regalo especial: un breve relato extra con personajes de Reinos de cristal. 

¡Esperamos que lo disfrutéis!

¡Cuidado! ESTE RELATO CONTIENE SPOILERS DEL FINAL DE LA SAGA MARABILIA, POR LO QUE, SI NO HABÉIS TERMINADO REINOS DE CRISTAL, NO SIGÁIS LEYENDO. 

Nota: La acción de este relato sucede varios años más tarde del final del libro, pero antes del epílogo.

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Nieve en palacio

Loyda la vio empezar a caer desde la ventana de su cuarto. El cielo había amanecido nublado, pero a medida que pasaban las horas se había tornado todavía más oscuro. Sabía que hacía frío, lo notaba cada vez que se acercaba a las ventanas y las corrientes de aire parecían colarse en el cuarto por entre el marco y el cristal. En comparación, junto a la chimenea, donde sus damas de compañía se habían sentado a leer, el ambiente era mucho más agradable. Ella había estado allí, con ellas, a ratos hablando y a ratos en silencio, si bien su mente estaba bastante lejos: estaba aguardando, impaciente, a que sucediera aquel pequeño milagro que había estado esperando desde el solsticio.

Cuando comprobó que los primeros copos estaban comenzando a desprenderse del cielo, como pedacitos de nube blanca, no pudo evitar saltar de su asiento. Sus piernas se movieron sin su permiso y la llevaron hasta el arcón a los pies de su cama, de donde cogió su capa más abrigada. No le importaron las protestas a sus espaldas. Se puso el chal azul y plateado que Brydon le había regalado por su cumpleaños y embutió las manos en los guantes con tanta prisa que tuvieron que advertirle que se los había puesto al revés. El pelo se lo dejó suelto, confiando en que eso sería suficiente para mantenerle calientes las orejas.

La puerta cerrada se encargó de ahogar sus voces en cuanto salió al pasillo. Y la carrera se encargó del resto.

El castillo estaba en silencio. Parecía adormilado, como si la nieve cayendo alrededor fuera parte del hechizo de un cuento: A lo mejor lo era. A lo mejor todos se quedaban durmiendo hasta la primavera. Si fuera así, sabía que iría a vivir aventuras. Los dejaría a todos, marchándose de puntillas, y se haría un nombre y luego volvería, como si nada hubiera pasado. Nadie sabría que era la princesa, como nadie había sabido que su padre era el príncipe o el rey cuando recorrió Marabilia con su madre.

Se haría un nombre. Se convertiría en la digna hija de Lynne y Arthmael de Silfos.

Daría la talla.

Pero el castillo no estaba cayendo bajo ningún hechizo, quizá porque los muros eran muy gruesos. Se encontró a su tío, que pareció querer detenerla, pero ella simplemente le dio un beso en la mejilla antes de seguir con su carrera y dejó atrás su advertencia sobre no mirar por dónde iba, que se cumplió cuando bajó los peldaños de la escalera de dos en dos y casi se llevó por delante a una de las criadas, que no supo si regañarla por su temeridad o pedirle que tuviera cuidado.

Loyda corrió por los pasillos que conducían al jardín y solamente se detuvo, falta de aliento, cuando llegó al claustro. Sin embargo, aunque únicamente deseaba coger copos de nieve con la lengua y reír bajo la inesperada nevada, se olvidó de su intención cuando vio a las dos figuras bajo los árboles.

Sus padres estaban allí. Pese a que los hacía trabajando desde hacía horas, como todas las mañanas, supuso que el rey había arrastrado a su esposa hasta el jardín en cuanto habían empezado a caer los copos. Ninguno de los dos iba especialmente abrigado, y la capa del rey, de hecho, les cubría los hombros a los dos. Loyda no sabía lo que se estaban diciendo, pero veía la forma en la que sus labios se movían. También observó su abrazo, como si sus cuerpos fueran uno, y la forma en la que Arthmael alzaba la cara hacia el cielo. Lynne, por su parte, había apoyado la mejilla contra el hombro de su esposo. Era una imagen hermosa. Una de las muchas de las que ella había sido testigo.

La princesa pensó que esperaba tener algo como eso algún día. Una complicidad completa, un amor de los que se cuentan en las historias. Si no hubiera sido porque lo veía en sus padres todos los días, probablemente, llevaría años pensando que el amor era otra exageración de las leyendas, como las mujeres que languidecen esperando a sus caballeros o la lucha entre reyes y dragones (que, como ella sabía, eran imposibles: no había humano capaz de matar a una criatura tan magnífica y sabia).

No quiso molestar. Con mucho cuidado, sin hacer ruido, se apartó de la galería que daba al jardín. Los dejaría un rato y después volvería, cuando la nieve hubiera cuajado. Los arrastraría a jugar con ella y se uniría a su madre en una guerra de bolas de nieve contra su padre.

Por ahora, sin embargo, el patio de la guardia era tan buen sitio como otro cualquiera para dejar que los copos se derritiesen contra su rostro.

2 comentarios en “Relato: Nieve en palacio”

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