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Relato: El fantasma de tu nombre

[Llegan y le soplan el polvo a la web]

Uf, largo tiempo sin pasarnos por aquí. Perdonadnos. A menudo nos olvidamos de que tenemos una web y venimos aquí sólo a subir los relatos que escribimos impulsivamente o por razones especiales y nos volvemos a olvidar. No tengáis fe en que a partir de ahora vaya a ser diferente.

Hoy os traemos un relato de la saga Marabilia, años más tarde de su final. La culpable directa y principal es Irene M. G. G, que hizo esta pasada de animatic y nos generó demasiados sentimientos que había que sacar por algún lado. Culpas, reclamaciones, etcétera: por favor, procedan a hacérselas a ella. Os recomendamos ver el vídeo antes de proceder a la lectura.

Y ahora, como el relato ha quedado bastante largo, procedemos a compartirlo sin más dilación.

¡Disfrutad!

 

El fantasma de tu nombre

 

Cuando tu hermana y tú nacisteis, estuvisteis cuarenta y ocho horas sin nombre. Al mismo tiempo, vuestros nombres siempre habían estado ahí, desde antes incluso de que supiéramos que existiríais en algún momento. Vuestra madre tiene sus fantasmas, yo tengo los míos, y quizá fuera precisamente el hecho de llamaros como ellos lo que provocó que al final vosotros pudierais ver lo que está más allá de este mundo. 

Durante aquellas cuarenta y ocho horas os observamos con atención (érais tan pequeños, pero teníais aquellos esos ojos tan grandes) y pronunciamos una cantidad de nombres interminables. Os los decíamos en alto, intentando que reaccionarais a alguno para saber cuáles eran los correctos. Buscamos en cuentos y leyendas, buscamos en árboles genealógicos propios y ajenos, buscamos en el consejo de amigos e incluso más allá de Marabilia. Quizá ahora parezca ridículo que le diéramos tantas vueltas, pero los nombres habían sido siempre algo muy importante para nosotros: Kay había elegido dejar atrás un nombre que no sentía como suyo, yo había abandonado un apellido. Collen opinaba que, en realidad, los nombres que os pusiéramos al principio al final darían igual: si alguna vez lo necesitabais, vosotros terminaríais eligiendo el vuestro propio y nosotros sólo tendríamos que aceptarlo.  

Fue vuestra madre quien, después de todas aquellas horas, mientras os mirábamos dormir, dijo: 

—Él debería llamarse Jared.

Yo no había tenido el valor suficiente para sugerirlo. Ella tampoco había tenido el valor de pronunciar el nombre que yo sabía que siempre estaba en el fondo de su cabeza, a veces en forma de sueños, otras veces en forma de culpa y, la mayoría del tiempo, simplemente como un recuerdo con olor a flores:

—Y ella debería llamarse Brighid —dije. 

Una vez los nombres llenaron la habitación, no hubo más que decir. Tu hermana y tú abristeis los ojos y nos mirasteis y fue como si respondierais, como si quisierais despejar cualquier asomo de unas dudas que nunca tenían que haber estado allí. 

No hubo sorpresas para el resto del mundo. No, sobre todo, con tu nombre, Jared. Hasta aquel momento nadie se había atrevido a pronunciarlo, como si hacerlo fuera a provocar algo terrible o como si simplemente diera demasiado miedo o tuviera demasiada fuerza, pero tu madre siempre ha sido la más valiente de todos nosotros. En cuanto estuvo decidido, sin embargo, Collen sonrió; Rick me dio un par de palmadas en la espalda. Creo que Tayeb masculló un ya era hora, pero ni siquiera él había tenido la osadía de lanzar la idea. 

No fue hasta mucho más tarde cuando descubrimos lo que podíais hacer.

Al principio sólo pensábamos que vuestra personalidad tendía a distraerse o que vuestra unión como gemelos os hacía más propensos a ignorar al resto del mundo, como si no necesitaseis más que estar juntos. Podía entender eso: mi lazo con Zahara había sido más que suficiente para mí durante mucho tiempo. Brighid siempre ha sido un poco más despierta, pero tú, Jared, vivías casi en otro mundo. A veces os veíamos mirar a la nada en completo silencio, como si tuvierais que prestar mucha atención a algo que el resto no podíamos entender. A veces vuestra madre se preocupaba por lo poco que llorabais. A veces era como si nada ni nadie fuera lo suficientemente importante como para llamar vuestra atención.  

Cuando aprendisteis a hablar, las cosas cambiaron y las diferencias se hicieron más notables. Brighid desde el principio se pareció más a vuestra madre: resuelta, decidida y con una facilidad para la réplica que podía dejar a cualquiera en el sitio. Tú, sin embargo, supongo que siempre te has parecido más a mí: a veces estás muy cerca; otras veces muy lejos. Siempre has sido un poco como la marea, ¿verdad? Tranquilo pero cambiante. Yo no quería que te parecieras a mí. Yo quería que los dos fuerais como vuestra madre, o quizá como Collen o como Rick. Yo quería veros jugar y reír y estar ahí para poder consolaros cuando lo necesitaseis y ayudaros a levantaros del suelo si os caíais. No quería que soñarais con el mar, pero a ti el mar siempre te ha fascinado: desde que eras muy pequeño, siempre has mirado por la ventana de tu cuarto buscando el océano y no había ni un solo día en el que yo volviera de uno de mis viajes y tú no aprovechases para visitar el puerto. En cada nuevo cumpleaños me preguntabas si ya eras lo suficientemente mayor como para venir conmigo, si había vuelto a ser pirata otra vez y si tú podrías serlo cuando cumplierais los dieciséis. 

Sin embargo, yo no podía dejarte ser pirata, Jared. En realidad yo quería alejarte para siempre del mar para que no te atrapase. Sentía que si te dejaba ir, si permitía que pusieras los pies en un barco, el océano podría considerar que tenía que volver a llevarse tu nombre a las profundidades. Eso pensaba, al menos, en los días en los que tú y tu hermana jugabais en la orilla de la playa, paseando por ese límite entre los dos mundos por los que yo mismo nunca he dejado de transitar. Con tu hermana nunca tuve tanto miedo: aunque Brighid disfrute del agua en los pies y de batallar con espadas de madera, ella nunca ha querido ser pirata. Brighid lleva nombre de reina, reina quiere ser y reina será. Igual que vuestra madre. A ella el mar quizá le dé libertad a veces, pero no la cogerá de los tobillos y la arrastrará hacia él: siempre sabrá volver a tierra firme. 

Fue uno de esos días cuando descubrí lo que pasaba en realidad. Lo que había pasado durante muchos años, delante de los ojos de todos, y nadie había sabido ver. En momentos como aquellos, mientras tú y tu hermana jugabais y yo temía que las olas crecieran de manera inesperada y os secuestraran, siempre había alguien que venía a recordarme que no puedo controlar la marea y, por tanto, no podré controlarte a ti.

Era una voz que reconocía de toda la vida, pero que ya no tiene nombre porque se lo quité para dártelo. 

Como en tantas otras ocasiones, aquel día me repitió: 

—Pues yo creo que podría ser un gran pirata.

Y yo, en aquella conversación habitual, le respondí:

—Ya hemos tenido suficientes piratas en la familia. 

Aquel día la silueta de aquella voz era más definida de lo que había sido en los últimos años: él siempre parece más real cuando el mar está cerca, como si cogiera fuerzas del agua o como si se alimentase de todos mis miedos. La sombra tenía su sonrisa socarrona en el rostro, como cada vez que intentaba provocarme, pero se encogió de hombros y cuando parpadeé ya no estaban ni él ni todas las burlas que quería echar sobre mí.

Cuando volví a fijarme en vosotros descubrí que tú estabas mirando hacia mí, con tus ojos grandes iguales a los míos pero mucho más infinitos. En aquel momento sólo me pregunté si sabías lo que pensaba de ti. Si, quizá, podías ver todos mis temores. A veces pienso que lo sabes. Que puedes verme por completo y que he fallado como padre, porque debería ser algún tipo de héroe intachable pero siento que llevo todos mis defectos y terrores tatuados a la vista. 

Tú, sin embargo, apartaste la mirada como si te hubiera cogido haciendo una trastada. Tu hermana llamó tu atención y la seguiste como la has seguido siempre, de una manera que me recuerda a la forma en la que yo mismo no podía dejar de seguir a Zahara cuando era pequeño. 

No fue hasta la noche, cuando subí a vuestras habitaciones para acostaros, cuando escuché:

—Creo que papá también puede ver a Capitán.

Alguien que es pirata una vez sigue siéndolo de por vida, Jared: eso es algo que tienes que entender. Estamos tan acostumbrados a robar que lo hacemos incluso sin querer. Las palabras, por ejemplo, son un tesoro muy fácil de conseguir: sólo hace falta una puerta entreabierta y el momento preciso. 

—¿Qué dices?

—Eso.

—Sólo nosotros podemos ver a Capitán.

La voz de Brighid sonaba incrédula. Yo para entonces ya conocía a Capitán, por supuesto: habíais pronunciando aquella palabra prácticamente desde el momento en el que aprendisteis a hablar. Al principio todos en palacio creíamos que os referíais a mí, que habíais escuchado a demasiadas personas llamarme capitán, ya fuese con burla o con respeto. No tardamos mucho en darnos cuenta de que no era así, porque seguíais repitiendo aquel nombre incluso cuando yo acudía a vuestra llamada. A medida que crecisteis, dejasteis de repetirlo delante del resto del mundo y pasasteis a mencionarlo sólo cuando creíais que nadie os veía ni os escuchaba. 

Todos concluimos que Capitán era un amigo imaginario, un lógico producto derivado de las mil historias que Collen os contaba siempre.

Aquel día, sin embargo, dijiste que yo también podía verlo. Y yo al principio no entendí por qué. 

—Capitán estaba en la playa antes, al lado de papá. Papá estaba hablando con él. Lo he visto.

—¿Estás seguro? 

—Capitán me señaló que no dijera nada, pero tú no cuentas, ¿no?

—¡Claro que no cuento!

—Entonces, ¿crees que papá puede verlo?

—No sé. Es raro, ¿no? Se supone que solo lo podemos ver nosotros y que no podemos decir nada ni a papá ni a mamá.

—¡Pero te prometo que papá y Capitán estaban hablando! ¡De verdad! Si papá ya lo conoce, ¿por qué no podemos decir nada?

Brighid se quedó tan callada como yo. Una parte de mí empezó a entender; otra se negó a hacerlo. Quizá de alguna manera siempre lo había sabido. Quizá lo sospeché en el mismo momento en el que mencionasteis a Capitán por primera vez. Puede que desde el mismo instante en el que te pusimos nombre y aquella sombra sonrió desde el fondo de la habitación en la que nacisteis y cabeceó con satisfacción antes de desaparecer de nuevo.

—¡Capitán! —exclamaste entonces.

—¿Qué haces? —Brighid se sobresaltó.

—Llamo al Capitán. Él nos lo explicará, ¿no?

—No sé yo… 

—¡Capitán! ¡Capitán!

Como un espía o un ladrón, me asomé más a vuestro cuarto. No había nada allí. Sólo estabais vosotros en el medio de la habitación; mirabais alrededor tan expectantes como yo. Puede que más. Para ser sincero, creo que esperaba que empezarais a hablar al aire y confirmar que no había nada (nadie) allí. Al menos, nada real. 

—¿No viene?

—Siempre viene cuando le llamamos.

—A lo mejor le has enfadado por pensar en decirle algo a papá.

—¿Tú crees?

—Esos enanos, sobre todo él, son tan dramáticos como tú.

Fue como vivir una tormenta desde dentro de un barco: el mundo a mi alrededor dio un vuelco, las olas rompieron con fuerza y de pronto me encontré rodeado de olor a lluvia y mar. Dejé de estar solo en medio del pasillo de un palacio para volver de golpe al camarote de un navío hundido mucho tiempo atrás o a una gruta secreta que escondía un hogar. 

Sentí náuseas, pero aun así me atreví a girar la cabeza aunque sentía que aquel simple movimiento conseguiría hacerme vomitar. 

La persona a la que le robé tu nombre estaba allí. Se apoyaba en la pared con la expresión resignada y un poco molesta de quien ve truncado un plan perfecto. 

En la habitación, tú repetiste: 

—¡Capitán! 

Y tu hermana, apiadándose de ti, pidió: 

—¡Venga, Capitán, no te enfades!

Jared, tu nombre se lo robamos al rey de los piratas. Y a veces creo que lo hicimos como una manera de recordarlo y de mantenerlo en nuestra familia y otras veces pienso que en realidad te llamamos así para retar a aquel pirata a volver a recuperar lo que era suyo: al fin y al cabo, a ningún pirata le gusta que le roben sus tesoros, y un nombre puede ser algo demasiado valioso.

Él sonrió con ironía y se encogió de hombros. Creo que pretendía decirme: ya está, me has pillado. O quizá quisiera decir: has tardado demasiado en darte cuenta. Fuera como fuese, yo pensé: esto no está pasando, porque él está sólo en mi cabeza, otra vez, como otras tantas. Está sólo en mi cabeza, y los fantasmas no existen, y aunque existan yo no puedo verlos. Está sólo en mi cabeza, y ha estado ahí siempre, porque si hubiera estado aquí de verdad me lo habría dicho, me habría hecho saber que estaba aquí al lado. 

Me lo repetí tres veces. Puede que más. Tú no lo sabes, Jared, pero yo llevaba viendo a quien tú llamabas Capitán tantos años que había perdido la cuenta. Al principio lo veía tan claramente que era como si fuera un cuerpo real y tangible, como si estuviera siempre al alcance de mi mano. Después se fue desdibujando. Ahora lo veo a veces todavía, escucho su voz, y viene a mí cuando lo necesito más que nunca, pero es un eco y en ocasiones ni siquiera tiene forma. No puedo verlo tanto como tú o como tu hermana. Nunca supe que yo podía hacer eso. No, al menos, hasta aquel día. 

Si yo podía verlo, si podía verlo de verdad, me parecía demasiado cruel no haberlo sabido durante tanto tiempo.

—No estás aquí —le dije—. No eres de verdad, y ellos no pueden verte.

El pirata no dijo nada. Ni siquiera se movió. 

—No eres de verdad —repetí—. Si fueras de verdad, me habrías dicho que eres de verdad.

—¿Y para qué?

Las ganas de responder con un grito llegaron tan rápido como se marcharon. Porque lo entendí de repente. Aquella figura era real, pero de haber sido por él nunca me lo habría dicho. Porque, Jared, verás: como tú, yo acostumbraba a vivir más allá del mundo que me rodeaba. Me hundía en lo intangible del mismo modo que tú te hundes en lo que sólo tú puedes ver. A quien tú llamas Capitán siempre fue un hermano para mí, siempre fue la persona que mejor me conocía, así que supongo que supo lo que pasaría: si yo hubiera sabido que él era real, que no estaba sólo en alguna parte de mi cabeza como un recuerdo y un consuelo, nunca habría aceptado su muerte. 

Y tenía que aceptarla, porque aunque siga aquí, nunca volverá a estarlo del todo. 

Jared murió. Se lo llevó el mar. El océano abrazó su cuerpo y lo arrastró hasta el fondo. 

Pero, por supuesto, él era demasiado libre como para quedarse donde estuviera su cuerpo. Era demasiado rebelde como para permitir que alguien decidiera por él dónde debía estar su espíritu. 

—Son buenos chicos. 

Jared había vuelto la vista hacia vuestra puerta. Yo casi me asusté. Durante un segundo quise decirle que desapareciese, que no queríamos fantasmas en nuestra casa. No fui capaz. ¿Cómo podría haberlo echado? ¿Cómo podría haberlo culpado por quedarse de la manera en la que se quedó? ¿Cómo podría haberle mentido diciendo que no quería su presencia, aunque fuera errática, intermitente e imposible? 

Había aceptado su muerte. Había aprendido a vivir una vida sin él.

Pero seguía necesitando, al menos, su recuerdo. 

Extendí la mano, pero no había piel que alcanzar. ¿Tú puedes hacerlo, Jared? ¿Puedes tocarlos? Siempre me lo he preguntado: hasta qué punto eres capaz de hacer cosas o cuánto podrás llegar a hacer después de aprender todo lo que te queda por aprender. Sea como sea, mi hermano echó la cabeza hacia atrás y me miró como si todo fuera un juego de lo más divertido. Mi dedos acariciaron el aire. Bajé la mano. Jared asintió. 

Tras la puerta, tu hermana y tú volvisteis a llamar a un capitán sin barco propio. A vosotros no os podía culpar por ocultárnoslo, por nunca haber dicho nada. Sobre todo no a ti, Jared, porque quizá yo le até a tu cuerpo al coger su nombre y regalártelo. Le culpaba a él, sin embargo, por deciros durante tanto tiempo que teníais que guardar el secreto. 

Y aún así, lo único que conseguí preguntar fue: 

—¿Estás atrapado aquí?

Jared se rio. Su risa fue la de siempre, la de una ola rompiendo contra un acantilado, la del mar embravecido burlándose de quienes intentan domarlo.

—No. Sólo elegí estar con mi familia.

Eso fue todo. Su figura parpadeó entonces, como tantas otras veces, y de pronto ya no estaba. Estuve a punto de creer que me lo había imaginado todo. Estuve a punto de retroceder y convencerme, de nuevo, de que nada había sido real. 

Pero entonces, desde el cuarto, tú dijiste: 

—¡Capitán! ¡Por fin! 

Volví a asomarme. Mi antiguo capitán, mi mejor amigo, mi hermano, era en aquel momento para mí sólo una sombra que parpadeaba, pero para ti y para tu hermana parecía un ser humano más, porque empezasteis a hablarle y él fingió estar muy enfadado aunque no lo estuviera en absoluto. No sé cuánto tiempo me quedé allí, observando. No sé cuánto tiempo os vi disculparos y prometer mil veces que no diríais nada y que su presencia seguiría siendo un secreto. No sé cuánto tiempo espié cómo él jugaba un poco con vosotros y después os mandaba a dormir. No sé cuánto tiempo me quedé allí solo, ni sé cuánto lloré en aquel momento o aquella noche cuando le dije a vuestra madre lo que había ocurrido o cuando decidimos que lo mejor era dejar las cosas estar y tan solo llamar a alguien que pudiera ayudaros con unas capacidades que nosotros no podíamos llegar a comprender.

Sólo sé que la próxima vez que os vi jugar en la orilla de la playa ya no tuve tanto miedo.

Quizá algún día cojas un barco y te vayas muy lejos, Jared. Quizá algún día te embarques y descubras todos los misterios del mundo, quizá veas cosas que nadie más ha podido ver jamás. No creo que te importe el oro, ni las aventuras: creo que sólo buscas más de una magia que palpita demasiado fuerte dentro de ti, y quizá tengas que cruzar mares y montañas para encontrar algo que resuene con esa magia, algo que te haga estar en este mundo más que en otros. 

Pero si es así, si algún día te conviertes en pirata, al menos ahora sé que también tendrás al mejor de todos contigo, muy cerca, siempre cuidando de ti. 

Al fin y al cabo, él siempre ha estado cuidando de todos.

3 comentarios en “Relato: El fantasma de tu nombre”

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