Marabilia, Reinos de cristal, Relatos

Hijos de leyendas

¡Hola, gentes de Marabilia!

Hoy tenemos una celebración muy especial: se cumplen cinco años de la publicación de Sueños de piedra, del comienzo de nuestro viaje junto a Lynne y Arthmael, y queríamos celebrarlo por todo lo alto. Por eso vamos a mostraros un relato muy especial, que escribimos para participar en el fanzine Marabilia Ever After (un fanzine creado por nuestro público lector para celebrar el fin de la saga) y que quienes compraseis en su momento podréis tener impreso (¡y con una ilustración preciosa que lo acompaña!) en una edición única y limitada en la que nuestro relato está acompañado del arte de otras muchas personas aficionadas a Marabilia. Este relato no teníamos pensado subirlo siquiera, pero creemos que la ocasión lo merece. 

Además, durante la tarde de hoy vamos a estar usando en redes sociales el hashtag #5AñosDeMarabilia, para que incluyáis en él todo lo que se os ocurra: desde qué os ha parecido el relato hasta qué han significado las aventuras por Marabilia (o por qué querríais visitar ese mundo), pasando por cualquier fanfic, fanart o creación que os apetezca subir o resubir.

Avisamos, por supuesto, de que el texto contiene spoilers del final de Reinos de cristal, así que si continuáis leyendo la entrada, que sea bajo vuestra propia responsabilidad. A uno de los personajes, aparte de en Reinos, ya lo conocisteis en el relato Nieve en palacio, pero sobre el otro apenas habíamos escrito nada todavía, así que esperamos que os guste.

¡Por Marabilia!


Hijos de leyenda

Cuando Loyda de Silfos nació, se llevaron a cabo celebraciones por todo el reino. Mil regalos llegaron de cada rincón de Marabilia, tanto para ella como para los orgullosos padres, todos ellos con las más sentidas felicitaciones. Marabilia todavía se estaba recuperando por aquel entonces de los sucesos de la Guerra de las Torres y, sin embargo, ninguno de los países vecinos dejó de enviar a sus emisarios con todos sus respetos.

Hazan, el encargado del Taller de Idyll (que por entonces se estaba reconstruyendo), se presentó en el castillo con la más preciada de las cargas a la espalda y así fue como Arland vio por primera vez a la princesa de Silfos. Sus padres no recordarían haberles sacado la vista de encima, y ninguno sabría después cómo ocurrió: sólo dejaron a los dos bebés el uno al lado de la otra, pacíficamente dormidos. Unos minutos más tarde, sin embargo, Loyda lloraba a pleno pulmón y Arland había clavado sus diminutos incisivos en la manita de la princesa, con la fuerza suficiente como para dejarle marca.

Los niños no recordarían ese suceso, por supuesto, pero sus padres se encargarían de hacerlo por ellos, para vergüenza de Arland y mortificación de Loyda, que había esperado que su primera herida fuese por algo mucho más heroico. En su opinión, de hecho, aquello podía echar por tierra todas sus grandes expectativas de convertirse en una grandísima heroína, como lo habían sido en su día sus padres: si alguien descubría alguna vez que se había echado a llorar porque otro bebé la había mordido sería el hazmerreír absoluto. Por suerte, cuando creció descubrió que Arland no era un bebé cualquiera, sino que había sido encontrado en el bosque de Enfant, que era casi un milagro de la magia, y por tanto eso hacía la historia del mordisco algo mucho más interesante.

Durante años, del mismo modo que un día su madre había edulcorado un poco las historias de su padre años atrás, Loyda dijo que aquella mordedura había sido un gran peligro, un impulso salvaje de la magia del bosque que habitaba en el niño. Alguna vez se atrevió incluso a sugerir que quizás ella misma desarrollaría poderes por ello y jugaba a imaginar qué tipo de capacidades tendría entonces.

Lamentablemente, Loyda de Silfos no desarrolló ningún poder especial más allá de su imaginación portentosa. Eso hizo, desde luego, que Arland le gustara todavía menos, porque aquel niño del que Lynne de Silfos le había hablado varias veces sí tenía magia. Era una leyenda desde su nacimiento, sin tener que hacer nada para ello: el bebé que había convencido al bosque, cuya existencia había hecho posible que Idyll no se derrumbase en la guerra. Seguro que se lo tenía muy creído y por eso iba mordiendo a princesas por ahí.

Por esa razón, la próxima vez que se vieron en persona, cuando ella cumplía cinco años y su padrino decidió llevar a su hijo a su cumpleaños en el palacio de Silfos, Loyda decidió que esa sería su oportunidad para demostrar que ella era la próxima gran leyenda de Marabilia, no él.

Igual que su padre era el héroe de tantas leyendas y era alto y fuerte y valiente, Loyda se imaginaba que Arland también parecería digno de las historias que lo mencionaban, por eso se llevó una sorpresa cuando descubrió a un niño no mucho más alto que ella, ordinario en toda la extensión de la palabra excepto por sus cabellos albinos. No vio nada de mágico en él, pero eso no le quitó de la cabeza la idea de que tenía que demostrar su valía ante cualquiera que pudiese compararlos. Así que por cada bocado de tarta que él se llevaba a la boca, ella decidió llevarse dos. Por cada palabra ingeniosa que él decía en una conversación con los adultos, ella tenía que tener una respuesta. En uno de aquellos días, cuando a su primo Brydon se le cayó la espada de entrenamiento de las manos, Arland se agachó a recogerla y ella se lanzó a por ella con la intención de llegar la primera y demostrarle que era mucho más rápida.

Cada una de aquellas demostraciones terminó mal. Al fin y al cabo, Arland no era tonto, y supo lo que la princesa estaba haciendo. Por eso comió más tarta al darse cuenta de que estaba intentando convertirlo en una competición, y los dos terminaron con dolor de estómago (aunque Loyda diría después que a ella le dolía más). Por eso trató de ser incluso más encantador con los adultos, sin darse cuenta de que tanto la familia real como su padre consideraban que los niños se estaban portando de forma extraña. Por eso acabó en el suelo con la princesa, con las manos alrededor de la empuñadura y gritando que él la había cogido antes y ella tenía que dejarla ir. Ambos recibieron una reprimenda por aquello, aunque Arland estaba seguro de que Brydon había sido más duro con él que con la hija de los reyes de Silfos.

Aquella vez, cuando se despidieron, su madre le preguntó a Loyda:

—¿Te lo has pasado bien con Arland?

Y ella, que no soportaba ver a su madre disgustada y sabía que esperaba que ellos se llevaran bien de la misma manera que su padrino había sido el mejor amigo de sus padres un día, dijo a regañadientes:

—Genial, mamá.

A su vez, Hazan le dijo a su hijo cuando volvían a Idyll:

—Me da pena que no os podáis ver más: seguro que seréis muy buenos amigos. 

Y Arland, que no soportaba que su padre se pusiera triste por ninguna cosa, sonrió y contestó:

—Seguro, papá.

En realidad, en los meses que siguieron, Arland llegó a temer el momento en el que su padre le dijera que tenían que volver al castillo de Silfos. Cada vez que pensaba en la princesa le empezaba a doler el estómago y le parecía volver a saborear aquel pastel de cumpleaños. Pero, mientras tanto, intentaba olvidarse de ella. Probablemente Loyda pensaba que él no tenía nada que demostrar, pero no podría haber estado más equivocada. Arland había sido una leyenda, un símbolo, incluso antes de empezar a hablar, y a veces sentía que debía mantener aquello, aunque no sabía cómo. Aunque sus padres siempre le decían que era perfecto tal y como era y el Bosque insistía (porque el Bosque de Enfant le hablaba cada vez que lo visitaba) que lo había dejado ir para que fuera un niño normal, no una historia en labios de los humanos.

Pero él no llegaba a creérselo del todo, así que se esforzaba de todas las maneras que podía.

Y eso incluía ser el mejor hijo posible, por lo que, cuando su padre le dijo que irían al siguiente cumpleaños de Loyda, Arland cogió aire y dijo:

—No me lo perdería por nada del mundo.

Aunque lo que realmente quería decir era:

—Preferiría que me devorase un dragón.

De todas formas, se puso su mejor sonrisa y su mejor jubón, el de estampado de lunas y estrellas, y se imaginó presentándose ante la princesa para desearle el mejor de los cumpleaños.

Pero aquel cumpleaños no hubo fiesta, porque la princesa estaba enferma. Arland no tuvo que sonreírle, porque ella estaba oculta en su habitación, perdida entre las mantas de una cama en la que habrían cabido todos todos los niños del Bosque de Enfant. Su expresión era de molestia cuando a Arland le sugirieron que fuera a verla, porque él ya había pasado aquella enfermedad en la que no habían dejado de salirle marcas rojas por el cuerpo y todo le picaba.

—Esto es una maldición de tu Bosque —le gruñó—. ¿A que sí? Te has propuesto fastidiarme todos mis cumpleaños. ¡Pues no va a funcionar, porque mis cumpleaños son siempre los mejores cumpleaños! ¡En cama y todo!

Arland no podía creerse a aquella niña que, incluso en la cama con fiebre, mantenía su orgullo intacto. Se acercó a ella, aun así, y se cruzó de brazos:

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo va a serlo?

—Pues… Pues… ¡Me van a traer tarta, obviamente! ¡Y todo el mundo ha mandado regalos! Y… Eh… ¡Mi padre vendrá luego a contarme alguna de sus aventuras! No hay nada mejor que sus aventuras, así que eso hace mi cumpleaños el mejor cumpleaños.

Era una lógica intachable, bajo su punto de vista.

—Pues yo soy un experto en historias y sé que hay algunas incluso mejores —dijo Arland. Y luego, al darse cuenta de quizá la princesa estaría un poco aburrida, hasta que el rey llegase, sintió un poco de pena y añadió—: Te regalaría una por tu cumpleaños, pero seguro que crees que no es suficientemente buena.

Loyda frunció el ceño con desagrado. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró de arriba abajo, con las cejas enarcadas. A lo mejor las historias se las contaba el bosque y eso, tenía que admitirlo, le daba un poco de curiosidad.

—Es imposible que haya historias mejores… Pero puedes contarme alguna para que te demuestre que las que yo me sé son mucho más interesantes.

El niño hizo auténticos esfuerzos para no reír mientras se sentaba en el borde de la enorme cama y, después, imitando la voz solemne que ponía su padre cuando le contaba un cuento, empezó a recitar aquellas palabras que tan bien conocía:

—Érase una vez…

Y quizá no eran los mejores amigos del mundo. Quizá aquella era solo una tregua que duraría sólo durante esa visita. Pero, ese día, al menos, Loyda y Arland vivieron juntos una aventura en la que podían ser los héroes que siempre habían soñado con ser.


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2 comentarios en “Hijos de leyendas”

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