Ladrones de libertad, Marabilia, Reinos de cristal, Relatos

Medidas desesperadas

¡Hola, gentes de Marabilia!

Como sabéis, esta semana estamos de celebración. Si el lunes Sueños de piedra cumplía cinco años, ayer era el turno de Jaulas de seda, que cumplía dos años de su publicación. Y hoy, viernes 25 de septiembre, hace tres años de la publicación de Ladrones de libertad. Por ello, hemos decidido traeros un pequeño relato (situado años después de Reinos de cristal, por lo que habrá spoilers de varios libros de la saga) relacionado con el que publicamos el pasado domingo y que tanto os gustó, “El fantasma de tu nombre”. En él, podréis conocer un poco más de Brighid y Jared y su relación con el Capitán.

¡Comentadnos si os ha gustado u os gustaría leer más de ellos!

¡Por Marabilia!


Medidas desesperadas

La idea había sido de Brighid. Jared se había negado, especialmente cuando ella le dijo que el cebo (y había usado exactamente esa palabra, como si fueran a ir de pesca) debía ser él.

—¿Y por qué yo y no tú? —había preguntado, enfurruñado, mientras ella le ponía flores entre los cabellos oscuros. Eran blancas, por supuesto. Su hermana había sido especialmente estricta en aquel punto: para que funcionara de verdad, todo debía ser blanco. Por eso llevaba puesta la camisa de dormir, que le llegaba hasta las huesudas rodillas, que le temblaban de frío. Al menos la princesa había tenido la deferencia de prestarle unas zapatillas de seda, aunque al principio había insistido en que lo más adecuado era que fuera descalzo.

—Porque yo soy la mayor —había sido su lógica—. Y la heredera. Sería un desastre si mamá se quedase sin heredera.

—¡No me dijiste que fuera a ser peligroso! —protestó él.

—¿Quieres que funcione o no?

El joven príncipe se cruzó de brazos y le dedicó un puchero a su hermana a través del espejo, pero ni ella ablandó su expresión ni él pudo hacer mucho más que asentir y refunfuñar que claro que quería. Que lo haría.

Al final, parecía que el mundo, su mundo, siempre giraba un poco al son que la futura reina de Dahes marcaba.

—Las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas para solucionarlas —insistió su hermana. Por cómo lo recitó, era una frase que había escuchado o leído en alguna parte. Pero Jared, una vez más, tuvo que estar de acuerdo.

Cuando había acudido a ella, no había sabido qué esperar. Y cuando su melliza le informó, días después de exponerle el caso, de la gran idea que se le había ocurrido leyendo un libro de caballería, él no estuvo muy convencido. Ni siquiera entendía el razonamiento tras algunas de sus decisiones. No sabía por qué él podía considerarse una doncella, cuando tenía claro que era un chico, no una chica, y tampoco comprendía por qué eran necesarios tantos preparativos. Todo aquello lo impacientaba y lo hacía pensar que tenía que haber una forma mucho más fácil de hacer las cosas. Y, aun así, se dejó llevar hasta la habitación vacía que a veces utilizaban como guarida y se acostó en el suelo, como Brighid le ordenó, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Habría agradecido que, al menos, se hubiera acordado de llevarle un cojín, incluso si tenía que ser blanco, porque el suelo estaba frío y duro.

—¿Y ahora? —preguntó, mientras intentaba en vano encontrar una posición cómoda.

—Ahora esperamos —dijo ella, tras sentarse en una esquina.

Jared tuvo tiempo de volver a arrepentirse de seguir el plan de su hermana. Una parte de él le advirtió que tenía que haberle preguntado a tío Collen, pero muchas veces él no entendía nada de lo que los niños le decían. Ambos habían comprendido, demasiado pronto, que nadie hablaba ni sabía nada de aquella gente a su alrededor. ¿De verdad no podían verlos? ¿De verdad no podían escucharlos? ¡Estaban allí! Y aunque al principio les había costado entenderlo, sus amigos, sus visitantes, realmente pasaban al lado de los habitantes del castillo sin que ellos se dieran cuenta. Su madre nunca parecía ser consciente de que a veces había una mujer junto a la ventana de su despacho, pacífica y sonriente, que velaba por ella. En ocasiones, cuando su padre estaba con ellos, se saltaba al otro niño que esperaba ser elegido para empezar a buscar en el escondite.

Y entonces había llegado alguien vestido de negro y había pasado unas semanas con ellos, para hacerles preguntas y explicarles quiénes eran sus acompañantes. Para decirles que aquello que veían eran fantasmas, los espíritus de quienes una vez habían estado entre los vivos. Les había dicho que no tenían que tenerles miedo, y aquello había sido lo más raro de todo, porque a los gemelos nunca se les habría pasado por la cabeza temer a quienes jugaban con ellos, quienes les hablaban o simplemente quienes decidían ignorar su presencia.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, enano?

Jared parpadeó. El hombre rubio lo miraba desde arriba, con los brazos cruzados y una ceja alzada.

—Es el cebo, no puede hablar —protestó Brighid antes de que su hermano pudiera abrir la boca—. Y eres el fantasma equivocado, estás estropeando el experimento.

—Experimento… —El Capitán paladeó la palabra tras mirar a la princesita por encima del hombro. Ella siempre discutía más con él—. ¿Cebo? ¿A qué estáis jugando?

—No es un juego —se quejó ella—. Jared es la doncella, y vamos a capturar a un fantasma malo cuando él venga a buscarlo, porque las doncellas son irresistibles, lo dicen en todos los libros.

—Doncella. —El Capitán no parecía estar especialmente elocuente, pero su expresión iba cambiando de la confusión a un atisbo de entendimiento—. ¿Qué fantasma?

Jared se removió y se sentó en el suelo. Empezaba a sentirse realmente incómodo y tenía las piernas congeladas. Se abrazó las rodillas y el hombre a su lado tuvo la deferencia de acuclillarse a su lado. Al mover la cabeza, al niño se le cayeron un montón de flores sobre el regazo. Algunas se posaron a los pies del Capitán, como un tributo.

—Hay una sombra que a veces aparece por el castillo. Viste de negro y no dice palabra, pero yo que no tiene buenas intenciones.

Brighid se acercó con las manos a la espalda. A veces, cuando fruncía el ceño como su madre, parecía mucho mayor que su hermano.

—Yo no lo he visto —apuntó—. Pero si Jared lo dice… Por eso lo hemos usado de cebo. Así vendría y lo atraparíamos, y no podría hacerle daño a nadie.

El espíritu se rascó la cabeza y chasqueó la lengua, pero se incorporó. Ayudó al más joven de los hermanos a hacer lo mismo y terminó de quitarle las flores del pelo. A veces los trataba así, como uno más de sus tíos, preocupado por su bienestar y cuidando de ellos pese a que sabían que también podían llegar a sacarlo un poco de quicio. Aunque a Brighid no podía tocarla y, por lo tanto, no podía ayudarla a levantarse tras caerse, muchas veces se sentaba a su lado hasta que paraba de llorar y, cuando tenían miedo de una tormenta por la noche o no podían dormir, él se quedaba a su lado y les contaba cuentos. Les hablaba de piratas y aventuras, de tesoros y magia. La Marabilia de antes de su nacimiento empezó a tomar forma gracias a él por primera vez, y todavía seguía haciéndolo, tan vívida como si ellos mismos hubieran contemplado los cambios de esa época ya pasada.

—No creo que parecer el sacrificio para un dragón sea la mejor manera de enfrentar este asunto.

—¡Dijiste que era un cebo! —se quejó Jared en cuanto escuchó esas palabras de labios del Capitán—. No me dijiste nada de un sacrificio.

Su hermana desechó la idea con un movimiento de su mano.

—¡La diferencia es muy pequeña! Además, no eres lo suficientemente apetitoso para un dragón: Harren siempre dice que estás en los huesos.

Nadie le dio tiempo a Jared para ofenderse por eso. El Capitán puso su mano sobre su cabeza. Brighid solamente sintió un aire frío cerca de su nuca. Eso fue suficiente para llamarlos al orden. Ambos se quedaron muy quietos, con los ojos grandes y curiosos puestos en él. El Capitán pensó, durante el más breve instante, que tenían la mirada de Kay, curiosa del mundo alrededor. También eran de ella esas ansias de preguntar, de querer descubrir siempre un poco más del universo, de lo visible y de lo invisible, de lo humano y de lo sobrenatural.

—La próxima vez, venid a pedirme ayuda. Yo me encargaré.

—¿Tú?

Tuvo que hacer un esfuerzo por no indignarse ante la mirada de evaluación de la niña. Sí, era demasiado parecida a su madre.

—¿Vas a luchar contra la sombra? —preguntó Jared, más acertadamente—. ¿Puedes hacerlo sin mí para atraerla?

Sus ojos se posaron sobre el rostro de su hermana, y fue obvio que estaba echándole en cara su plan.

—Os prometo que no volverá a molestaros —dijo, y sonó más solemne que todos los reyes y reinas de Marabilia juntos.

Jared se lo quedó mirando, pero no abrió la boca para hacer más preguntas, así que el Capitán le dio una palmadita en la espalda.

—Venga, ve a quitarte ese ridículo disfraz.

El crío obedeció. Aunque echó un vistazo atrás, para asegurarse de si su hermana iba a seguirlo o no. Ella negó suavemente con la cabeza y dejó que se adelantara.

Ambos lo observaron salir del cuarto.

—¿Quién eres? —susurró. A Jared no parecía importarle, como no le importaba la procedencia de ninguno de sus visitantes. Quizá porque había demasiados para él. Quizá porque no todos eran tan habladores como aquel que los había acompañado desde que tenían memoria—. ¿Por qué te preocupas tanto por nosotros?

El Capitán la observó con renovada atención. Brighid se preguntaba si algún día crecería para ser tan alta como él. Si le quitaría alguna vez el poder de estudiarla desde arriba, como un gigante. Le molestaba un poco que los adultos siempre la contemplaran así, aunque en el futuro sería reina. Crecería y se comportaría como ellos y entendería todo como ellos y ya no habría esa diferencia.

—Porque un capitán siempre protege a los suyos.

—No estamos en un barco. Lo sabes, ¿verdad? —Y durante un segundo, se preguntó si aquel hombre tendría su misma idea del tiempo y del espacio. A lo mejor pensaba que todavía navegaba. A lo mejor había muerto en el mar.

—Incluso en tierra, las tripulaciones siguen unidas, enana. Y la mía ha formado una familia que tengo que cuidar.

No dijo nada más. Brighid tampoco pudo preguntar. Sintió un escalofrío que le subió por la espalda y que la dejó brevemente sin respiración y, cuando se quiso dar cuenta, el Capitán había desaparecido.

De su presencia solamente quedó el perfume del mar y el eco de aquella historia que nunca llegaba a contarles.


¡Si te ha gustado el relato, compártelo en redes, déjanos un comentario o ayúdanos con un café para seguir creando más contenido gratuito!

1 comentario en “Medidas desesperadas”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s