La flor y la muerte, Olympus, Relatos

Relato: No es una cita

¡Hola a todo el mundo!

Hace ya una semana que vio a la luz nuestra última novela, La flor y la muerte, y desde incluso antes de que llegar a vuestras manos no habéis dejado de darle muchísimo cariño. Nos emociona ver a tanta gente ilusionada con este nuevo mundo que hemos creado y que os impliquéis tantísimo en la historia y los personajes. Una vez más, gracias por formar parte de este sueño y, sobre todo, por leer y apoyarnos.

Mucha gente, de hecho, ya se ha terminado la novela (¡algunas personas incluso en menos de 24 horas!), y eso que son más de 600 páginas… Aun así, pese al volumen, hay muchas cosas de la historia que se tuvieron que quedar fuera. Escenas que sabíamos que no aportaban demasiado a la trama o que se podían contar en un par de frases, por mucho que nos hubiera gustado mantenerlas porque…, bueno, somos débiles y hay personajes de los que nos hubiera gustado hablar más o porque hay parejas demasiado adorables.

Una de las escenas que se quedó fuera, de hecho, pasa entre las páginas 241 y 242 (y se resume brevemente en la 243), y como mucha gente nos la ha estado pidiendo, hemos decidido escribirla. Al final nos ha quedado un poco más larga de lo esperado (7000 palabras), así que hemos decidido dividirla en secciones con dos puntos de vista: el de Aden y el de Oscar (con una cabecera maravillosa que ha hecho Xènia Ferrer, la ilustradora, para esta ocasión). Eso sí, os recomendamos que no lo leáis si no habéis llegado a la página 326, ya que contiene spoilers IMPORTANTES de la novela.

¡Esperamos que lo disfrutéis!

No es una cita

Aden

¿Y bien? ¿Has pensado en algo?

Sí, pero voy a mantener el misterio un poco más.

Oscar te ha enviado una localización.

¿Aquí a las tres en punto? Sé que los niños de Marte estáis acostumbrados a ir a vuestra bola, pero espero que tú seas puntual.

Eso debería decírtelo yo. ¿Crees que sabrás leer el mapa y las flechas de los carteles para no perderte? No voy a estar esperando a un plebeyo más de cinco minutos. 

Si quieres venir a buscarme a la Akademeia para asegurarme de que no me pierdo…

Ni lo sueñes, Poseidón. 

Bueno, tenía que intentarlo…

Allí estaré, puntual para no haceros esperar, Majestad.

Llego a la estación indicada diez minutos antes de la hora, así que me quedo en el andén al que sé que llegan las lanzaderas de la Akademeia y espero, con la pantalla de mi eidola abierta pero demasiado nervioso como para prestar atención a lo que me muestra la pantalla. Es frustrante porque no debería estar nervioso. He intentado convencerme de que será como salir con Asha, algo que he hecho mil veces antes. Daremos un paseo, me llevará a algún sitio y después volveré a casa. Hablaremos, claro, y él esbozará su sonrisa estúpida todo el tiempo y me lanzará indirectas que yo pienso ignorar.

Hemos convivido durante más de seis meses. No tiene por qué ser raro.

Pero entonces, ¿por qué he estado buscando mil excusas para no venir? ¿Y por qué, al final, las he descartado todas en cuanto me ha respondido a los mensajes? Incluso cuando mi mente no deja de repetirme que es una mala idea, que es una mala idea, que es una mala idea…

Una mata de rizos castaños llama mi atención al salir de la lanzadera que acaba de llegar a la estación. Sus ojos azules tardan en descubrirme, mientras echa un ojo alrededor del andén, pero cuando cruzamos miradas, el estómago se me encoge. La mano que hundo dentro del bolsillo de mi sudadera empieza a cosquillearme.

No tendría por qué ser raro pero, de alguna manera, no ha dejado de serlo desde el comienzo de la Odisea, ¿verdad? Y ahora es todavía más extraño estar bajo el cielo de Marte con él, fuera del recinto de la Akademeia, sin nuestros uniformes. Me fijo en ese detalle más de lo que me gustaría, definitivamente más de lo que me suelo fijar con Asha o con cualquier otra persona. Sigue vistiendo del color de su Servicio, pero lo ha mezclado con blanco y gris. Me doy cuenta de la forma en la que mete las manos en los bolsillos de los pantalones, tan parecida a la forma en la que yo mismo escondo las mías dentro del bolsillo de mi sudadera. Me doy cuenta de cómo las luces y las sombras de este día despejado le recorren la cara, la forma en la que hacen brillar sus piercings y pendientes.

Me doy cuenta, también, de la forma en la que empieza a sonreír cuando echa a andar hacia mí, y yo tengo que luchar contra los actos reflejos contrarios que me piden huir y quedarme plantado en mi sitio al mismo tiempo.

—No te has perdido. —Espero que mi voz no suene demasiado ahogada, y que el temblor en mi tono haya sido producto de mi propia imaginación.

Oscar se detiene ante mí. Si no fuera porque es imposible, diría que me examina de arriba abajo antes de responder:

—Las ganas de comer algo que no haya sido preparado en la Akademeia me han guiado.

O puede que, en realidad, no tengas tan mal sentido de la orientación como dices tener.

—Ya veo. Había escuchado que se podía llegar al corazón de alguien por medio de su estómago, pero al parecer se puede llegar a más sitios también.

—¿Por qué? ¿A qué parte de mí quieres llegar, Aden? —se burla.

Me alegra ver que sigue siendo él, ni un ápice menos insufrible de lo que suele serlo dentro de la Akademeia. Yo, como un idiota, me pongo colorado, aunque le hago un ademán para que eche a andar y abra camino.

—Sólo a tu cabeza, para saber a dónde planeas llevarme.

—Ya lo verás. Aunque tengo curiosidad por saber a dónde piensas que voy a llevarte.

—Si has elegido una trampa para turistas, te juro que me vuelvo a mi casa.

Oscar me mira con una sonrisa de burla. Me estoy esforzando por dejar un paso de distancia entre nosotros, o puede que incluso dos. Lo justo para que una persona, si quisiese, pudiera colarse entre nosotros.

—¿Qué dices que entiendes como trampa para turistas?

Dejo los ojos en blanco.

—«Los diez sitios de Marte que no te puedes perder»; «Marte: recorre el centro del universo en 24 horas»; «Los lugares secretos que sólo los marcianos conocen: descubre la auténtica experiencia de vivir en Marte con nuestra guía».

Oscar se ríe.

—Tranquilo, no he cotilleado esas listas. Aunque me parece interesante que haya tantas personas que las sigan, que decidan qué ver confiando en el gusto de un extraño o en lo que Olympus mismo quieren que hagan…

—Y, por supuesto, tú no eres así. No te gusta.

Él tiene que saber a qué me refiero. Tiene que saber que no hablo simplemente de que no le gustan que decidan por él. Hablo también de que no le gusta Olympus en sí. A veces me pregunto si es consciente del lío tan grande en el que se puede meter si dijera las palabras equivocadas en el momento equivocado, porque claro que todos nos hemos planteado alguna vez el futuro y la sociedad de la que formamos parte, pero una cosa es darle vueltas en tu cabeza y otra muy distinta es pronunciar algunas cosas en voz alta. Yo mismo no me atrevo a acusarlo de nada, por miedo a lo que pudiera pasar.

Aunque no tiene por qué pasar nada, claro. La calle en la que estamos está prácticamente vacía a estas horas, llena de tiendas que reconozco pero en las que nunca he entrado y de apartamentos demasiado caros, fuera de los complejos y de los barrios residenciales. Es una zona privilegiada, de fachadas que imitan estilos arquitectónicos que una vez formaron parte de la cultura occidental en la Tierra. En Marte, sin embargo, solo resultan una réplica sin sentido, completamente fuera de lugar entre los edificios de cristal y acero, entre los carteles de neón y las líneas rectas que parecen formar nuestro mundo ahora.

Me doy cuenta de que, pese a que conozco la ciudad, no tengo ni la menor idea de a dónde podría estar llevándome Oscar, porque no hay nada que me (o le) pueda interesar por aquí.

—No quiero que me acuses de no ser original.

Alzo las cejas, dispuesto a decirle que en lo único que no es original es en sus constantes intentos de sacarme de quicio, cuando él se sale de la calle principal y se mete por uno de los callejones laterales. Acto seguido, alza la mano y me señala al frente.

El museo de Historia de Olympus está al final de la calle, en un terreno rodeado de setos pulcramente recortados y caminos asfaltados que me recuerdan a la Akademeia. Vuelvo la vista del edificio a mi acompañante, que me está mirando con expectación, aunque yo mismo no sé qué sentir. Supongo que sorpresa. Me doy cuenta de que no estoy decepcionado, aunque si cualquier otra persona me hubiera traído aquí me burlaría de él. Mi voz, cuando sale al fin, suena más intrigada que acusadora:

—Sabes que todo lo que hay ahí dentro puedes verlo en línea, ¿verdad? Unas gafas de realidad virtual y será casi lo mismo. 

¿Quién va a un museo de cuerpo presente a día de hoy? Probablemente, la mayoría de gente piensa que es una pérdida de tiempo. Yo mismo hace años que no piso uno. Creo que la última vez fue con una excursión del colegio, cuando tenía siete años, y estoy seguro de que sólo fue una excusa para que los profesores pudieran perdernos un rato de vista. Apenas tengo recuerdos de pasear por las salas, sólo de sentarme a ver cómo se terraformaba un planeta y, tal vez, de una charla en algún cuarto recóndito del almacén sobre cómo se gestiona la información en los archivos para que todos los grandes sucesos queden guardados para la posteridad.

Una de las comisuras de la boca de Oscar se alza un poco más.

—Ah-ah —dice, mientras se lleva un dedo a los labios—. No puedes quejarte, ¿recuerdas? Era parte del trato. Aunque si prefieres que te arrastre a una de esas trampas para turistas…

—¡No me estaba quejando! —lo interrumpo. Lo hago con tanta vehemencia que él se echa a reír y, por supuesto, la sangre se me agolpa en las mejillas al escucharlo. Bajo la voz—: Pero no me disgusta. Es un sitio raro para pasar la tarde, pero me gusta. 

Le sonrío, ni de cerca tan burlón como él a mí, y si no fuera imposible diría que Oscar Elykia, que lo hace todo bien y que se mueve con una confianza que he llegado a envidiar, pierde pie durante un momento y está a punto de tropezar.

Pero no, por supuesto que no lo hace. Tarda menos de medio segundo en alzar las cejas y, con el mismo buen humor de siempre, me enseña los dientes al sonreír.

—¿Significa eso que el Hijo de Hefesto será mi guía y me lo explicará todo sobre la terraformación? 

—Teniendo en cuenta que vienes de una colonia que lleva menos tiempo terraformada que Marte, a lo mejor eres tú el que puede explicarme un par de cosas.

Oscar no responde, aunque ríe, y algo me dice que, como siempre, pese a que no deja de parlotear, calla mucho más de lo que dice.

Oscar

Una de las primeras cosas que tuve que aprender sobre Olympus era de dónde venían. Para los míos, aquella especie extraña e invasora que había aparecido de la noche a la mañana eran alienígenas irracionales que sólo querían destruir. Sin embargo, convertirlos sólo en eso, en simples monstruos sin lógica, hacía imposible empatizar con ellos y por tanto poder llegar a convertirnos de verdad en ellos. Así que no valía: para adaptarnos a la realidad que impusieron debíamos comprenderlos. Creo que a mis padres les costó mucho más de lo que me costó a mí: yo era demasiado pequeño, así que amoldarme fue relativamente sencillo; he pasado más años de mi vida entre humanos de los que pasé sólo entre esianos.

Fuera como fuese, mis padres y otros rebeldes me explicaron la historia de Olympus en cuanto se enteraron de ella: para entender de verdad a alguien tienes que entender de dónde viene. Los humanos venían de la Tierra, un planeta totalmente sobreexplotado que dejó de ser habitable hace ya mucho tiempo. En algún momento, en medio de aquel proceso de destrucción, algunos empresarios comenzaron a ver que la materia prima que necesitaban para continuar con su incansable maquinaria se agotaría tarde o temprano y que los recursos eran limitados y que la naturaleza iba a terminar rebelándose, así que pusieron sus ojos mucho más allá y empezaron a planear una huida hacia delante. Otros planetas, otros recursos. Sólo tenían que averiguar cómo hacer que esos nuevos espacios se adaptasen a lo que ellos necesitaban. 

Y así pusieron los ojos en Marte y comenzaron a desarrollar la terraformación.

En aquel momento no fue conquista espacial, no fue ambición. Nadie quiso pintarlo así, al menos. Nadie se preocupó de la ética; desde luego, no el empresario que comenzó Olympus, un hombre al que principio se le percibió como un loco con historias de ciencia ficción en la cabeza  y que terminó haciendo posible lo que otros sólo soñaban. En aquel momento todo era ciencia. Era supervivencia. Era una nueva oportunidad de empezar de cero y sobrevivir. 

Pero ya habían llegado allí. ¿Qué les impedía ir un poco más allá? ¿Qué les impedía hacer tecnología capaz de alcanzar nuevos horizontes? ¿Qué impedía supeditar el resto de planetas a su concepto de vida? Bajo su punto de vista, habría sido estúpido. ¿Por qué contentarse con una nueva oportunidad pudiendo tenerlas todas? Cuanto más se extendiesen en el horizonte, más recursos ilimitados tendrían. Cuanto más poder sumasen, más invencibles resultarían contra la propia naturaleza que ya les había rechazado una vez. 

Así que lo primero que aprendí de los humanos es que eran ambiciosos y egoístas.

O eso creía hasta que conocí a Aden.

El Hijo de Hefesto camina por el museo con las manos metidas en el bolsillo de su sudadera. Me explica cosas que yo ya sé, que yo ya he estudiado, pero su manera de contar la Historia es otra. Todo lo que él hace es distinto a lo que yo he aprendido hasta ahora. Lo supe cuando fue el único que dejó claro que no tenía ninguna intención de ser comandante, el primer día de clase. Lo he comprobado a lo largo de los últimos meses. Aden Demir no tiene la vista puesta en conquistas imposibles ni en un futuro gigantesco. Aden Demir probablemente sólo quiere una vida más sencilla de la que le ha tocado; una vida en la que pudiera hundir su nariz en un montón de proyectos de tecnología y quedar con su mejor amiga de vez en cuando.

Aden Demir sólo querría pasar esta tarde con un amigo de clase y soltar datos por su boca para olvidarse de todo lo que ha pasado en una institución académica a la que le han obligado a asistir y unas expectativas que tarde o temprano va a tener que cubrir.

En su lugar, Aden Demir es un Hijo, está destinado a heredar una empresa que se ha encargado del mayor arma de destrucción que se ha inventado y está pasando la tarde con una persona que se acercó a él sólo para poder utilizarlo.

Si la característica principal de los humanos es que son ambiciosos y egoístas, supongo que, irónicamente, yo al final he resultado ser más humano que él. 

Y había decidido que no me iba a importar. Había decidido que podía hacer esto porque, en primer lugar, los humanos se lo merecían, porque él probablemente se lo merecía, y mi gente se merece volver a un mundo que al menos se parezca a lo que un día fue. Aunque las vidas que se perdieron ya nadie las pueda recuperar. 

Sé, sin embargo, que esto se me está yendo de las manos. No soy estúpido, aunque me lo haga porque así es mucho más fácil pasar por las barreras de otras personas. No soy estúpido y me conozco, y sé que no quiero hacerle esto a Aden Demir. No quiero estar aquí, a su lado, escuchando su voz mientras habla, y sentirme sucio porque sólo puedo darle medias verdades y juegos de palabras. No quiero tampoco mirarle como lo hago, pero tampoco creo que tenga ya remedio para eso. 

Soy consciente de qué está pasando y no creo que tenga sentido luchar contra ello. 

Tuve que aprenderlo todo sobre Olympus. Eso incluía el por qué de su organización, sus referencias. Leí toda la mitología que cayó en mis manos para terminar siendo consciente de que en Olympus se creían dioses. A mí, sin embargo, me gustaban las historias de aquellos que iban contra ellos, siempre tan poderosos e invencibles. Me gustaba la historia de Prometeo. Me gustaba la historia del titán queriendo ayudar a los humanos y robándole el fuego a Hefesto para ello. No me gustaba su castigo: me parecía injusto, desmesurado. Me pregunto si estar enamorándome de Aden Demir es el mío. Me pregunto si esto que siento por dentro son las aves carroñeras devorándome. 

—¿En Hellas no estudiáis todo esto? —me pregunta Aden entonces, mientras nos sentamos ante una proyección que reconstruye el proceso de terraformación de Marte. 

Yo me obligo a esbozar la sonrisa de siempre mientras vuelvo la atención hacia él. Me encojo de hombros como si tuviera algo de inocente.

—Sí, pero me parecía interesante ver cómo estaba presentado aquí. Los museos, como las listas de atracciones turísticas, te enseñan lo que quieren que veas. También por eso te tengo de guía: para asegurarme de que mi conciencia no se vea manipulada por la posible propaganda y no salir de aquí queriendo besarle los pies a Zeus o a cualquiera de los Jefes.

Digo eso con voz tenebrosa, moviendo los dedos como si creyera de verdad que alguien puede coger mi cerebro y moldearlo a su antojo. Aden levanta las cejas y me mira con burla.

—¿Y crees que el Hijo de un Jefe es la mejor persona para eso, precisamente? —El Hijo de un Jefe probablemente no; pero Aden no quiere ser sólo eso—. ¿Cómo vas a asegurarte de que no estoy intentando reclutarte? Ahora que sé que tienes pensamientos impuros… 

Intenta hacerlo sonar tan escalofriante como yo, pero la idea le hace gracia y yo sonrío también. Sé a qué estoy jugando. Sé que en algún momento me voy a quemar con el fuego que estoy intentando robar. Pero está bien.

—A lo mejor yo quiero reclutarte a ti para una posible rebelión. ¿Te dejarías? Así seguro que te escaquearías de tu padre… No me digas que no suena tentador. 

—Oh, muchísimo —dice él. Pero no es cierto y ojalá sí que lo fuera—. Pero me temo que tendrás que presentarme un plan un poco más… elaborado. Soy un hefesto, no puedes culparme por querer las cosas bien calculadas: no puedo irme con el primer rebelde que intente engatusarme, ¿no?

Me echo a reír. Ay, Aden.

—Tiene sentido. Entonces, si mi plan es realmente bueno, ¿te escapas conmigo? 

El Hijo de Hefesto deja los ojos en blanco, pero la comisura de su labio no desciende. Su sonrisa siempre me desarma un poco, precisamente porque a menudo intenta disfrazarla, contenerla, y no puede y es tremendamente honesta, y me gustan las cosas honestas aunque yo sólo sea un mentiroso. Su sonrisa me hace sentir capaz de empezar a hablar y no parar. Podría decírselo todo ahora mismo, si tan solo hiciera las preguntas adecuadas. Si tan solo entendiera que no soy quien cree que soy. Si tan solo yo pudiera confiar un poco más en él y en lo que he visto en él. Si tan solo no tuviera tanto miedo.

—Si es realmente bueno… 

Podría serlo, Aden. Tú y yo, juntos, podríamos tener el mejor plan del mundo. Tú y yo podríamos robarle el fuego a los dioses. 

Sin embargo, sé que eso es algo que tendré que hacer yo solo. Sé, también, que en algún momento lo descubrirás. Y, probablemente, pase lo que pase conmigo después, me haga lo que me haga Olympus si me atrapa, ese será el verdadero castigo.

Aden

Nos quedamos aquí hasta el final. Hasta que las pantallas se apagan ante nosotros y anuncian que el museo está a punto de cerrar. Juro que no sé a dónde se han ido las horas, que no entiendo cómo el tiempo ha pasado tan rápido. Hemos pasado la tarde juntos y ni siquiera siento que hayamos podido saborearla. Siento que he empezado a relajarme demasiado tarde, que he aceptado romper la distancia (a sentarme a su lado sin preocuparme de la distancia de seguridad, a caminar a su lado sin prestarle atención a las forma en la que las mangas de nuestras ropas se tocaban) cuando todo estaba a punto de terminar.

—Ha sido… divertido.

El cumplido suena un poco extraño de mis labios, pero creo que es sólo porque me sorprende decirlo de corazón. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien, y no esperaba que pudiera hacerlo mientras veía una sala emular (y resumir en menos de un cuarto de hora) el proceso de terraformación de un planeta.

—¿Eso ha sido un halago? —me pregunta él con una sonrisa casi maléfica.

—Para el museo, no para ti —protesto. Aparto la cara, también, para que no pueda ver que estoy mintiendo. Al fin y al cabo, sé que puede ver dentro de mí mejor de lo que me gustaría.

—No habríamos venido si no fuera por mí.

—Técnicamente, no habríamos venido si no te hubiera reclutado para mi plan malvado.

Oscar ríe y, por alguna razón, el sonido me resuena a mí en el pecho. 

¿Puedes dejar de ser tan ridículo, Aden?

—En fin, supongo que no le puedo decir a un niño de Marte que no tiene razón.

—Pensé que no te dejabas amedrentar por nosotros.

Oscar me está mirando cuando vuelvo los ojos hacia él, y creo que es una idea terrible reparar en que está tan cerca, porque de pronto me siento incapaz de apartar la vista.

—Y no lo hago, pero te dije que quería comer algo que no fuera lo que preparan en la Akademeia, así que estoy portándome bien y siendo un plebeyo servicial para ganarme el alimento. ¿No funciona Olympus así?

Trago saliva, sin comprender por qué tiene que convertirlo todo en una burla o una crítica a cómo son las cosas. Me incomoda, porque sé a qué se refiere pero también porque yo debería alzar la voz, echarle en cara que hable así, y no lo hago. Quizá porque… supongo que pienso un poco lo mismo, ¿no? Aunque esté mal.

Y porque está mal, precisamente, decido no contestar directamente a su pregunta.

No voy a seguirle el juego.

—Está bien, ¿qué te apetece?

—Sorpréndeme —se burla él—. No puedo hacer todo el trabajo en… este plan malvado.

La breve pausa que hace antes de terminar la frase me pone nervioso, porque sé que iba a insinuar que esto es una cita, cuando es obvio que es todo lo contrario a una. Hundo las manos todavía más en el bolsillo de mi sudadera, sólo para dejar completamente claro este punto, aunque no sé si para él o para mí.

En lugar de hacer declaraciones que puedan dejarme aún más en evidencia, lo llevo de vuelta por las calles llenas de tiendas. Ahora hay más gente en ellas, dentro y fuera, y los escaparates y los neones empiezan a encenderse. Nada cierra en Olympus, o cierra muy tarde, apenas por unas horas, para preparar el terreno para los turnos que empiezan a trabajar muy temprano. Pero el sitio que tengo en mente no es como los que nos rodean. El sitio que tengo en mente no es tan brillante, y en él nunca he encontrado a la gente trajeada o pulcramente uniformada que vemos a nuestro alrededor.

No sé qué piensa Oscar cuando lo llevo callejeando hasta un viejo restaurante cuyo exterior ha tenido que ver días mejores. No sé qué piensa cuando tiro de la pesada puerta de cristal y metal y el interior queda a la vista. Pero sí sé lo que pensé yo cuando entré aquí por primera vez: que Armand me estaba gastando una broma de mal gusto. Que nunca traería aquí a uno de sus amigos de verdad, o a una de las chicas con las que sale un día sí y un día no.

Pero entonces vi las imágenes de la Tierra en los paneles de la pared, tan hermosos pese a la mala calidad de la imagen cuando te acercas demasiado; que la piel sintética crujía cuando te sentabas en los sillones. Entonces probé la comida, por supuesto, y supe que iba a volver sin dudarlo.

—Ya que te encanta la historia espacial, he pensado que también podías estar interesado en la Tierra —le digo, mientras nos retiramos hacia el final del local, a una mesa desocupada. Para ser justos, la mayoría de ellas lo están, con la notable excepción de un par en el frente. Uno de los dueños abre la puerta para que pueda salir un dron repartidor.

Estoy seguro de que este sitio no pasaría los estándares de uno de los locales de las franquicias de Artemisa, pero, contra todo pronóstico, lleva años abierto.

—Es diferente, ¿verdad? —pregunto, al ver que Oscar no deja de mirar alrededor. Yo me concentro en el menú que se proyecta sobre la mesa rayada. Nada de elegir y que te lo traiga un robot: aquí todo se hace a la antigua usanza. Y quizá sea parte del encanto.

—¿Te escapas aquí a solas cuando no tienes plebeyos a los que enredar? ¿Es algún tipo de refugio?

Alzo la vista, a tiempo de verle con la sonrisa torcida que promete travesuras, y me digo que el vuelco en el estómago es consecuencia del hambre y nada más. Por eso le hago un gesto para que espere. La decisión de qué comer aquí es lo más sencillo del día y, con su permiso, pido también para él.

Cuando me siento de nuevo, al menos, ya no tengo tanto calor.

—Es cierto que me gusta este sitio. Es tranquilo y se puede estudiar mejor que en mi casa —le digo—. Me lo descubrió Armand, aunque no te lo creas, hace un par de años. Es agradable y la comida (y el café) son más que decentes.

Las cejas de Oscar se acercan más de lo que yo creía posible a la línea de su pelo.

—¿Armand? No sé si puedo imaginarme a Armand aquí.

Sí, ese es el efecto que tiene Armand en la gente: sorprenderla.

—Así que es cierto que me prestas atención especialmente a mí —le digo, incapaz de no recordar algo que me dijo durante la Odisea—. ¿O es que a él no se te ha pasado ni por la cabeza intentar leerlo?

—Para nada: te dije que os miraba a todos. Armand simplemente es… el más complicado.

—Es un buen chico, aunque la primera impresión no siempre sea la más acertada —le confieso—. Y no lo digo sólo porque sea mi compañero de cuarto. Me ha costado mucho tiempo entenderlo, y creo que no lo habría hecho nunca si él no me hubiera dejado conocerlo. Pero aunque puede parecer vanidoso, pagado de sí mismo y un poco falso… Armand es mucho más de lo que aparenta.

Oscar abre la boca, pero antes de que pueda decir nada el camarero nos pone un par de platos aún humeantes delante. Crepes. Son la especialidad, aunque tengan muchas otras opciones en el menú. ¿Cuántas tardes me habré sentado en una de las mesas, con mis apuntes o mis prácticas, dando bocados distraídos y manchándome las manos de un chocolate tan denso que parecía absorber la luz?

—Le ha pedido a Asha que sea su oficial —le confieso, después de que Oscar pruebe lo que tiene delante.

Estoy seguro de que nunca he conseguido sorprenderlo tantas veces en un mismo día.

—¿A Asha? ¿Después de lo que le chilló en la Odisea? Fue bastante dura.

—Asha no es perfecta y es consciente de ello. Creo que por eso le gusta a Armand. —Sacudo la cabeza cuando él me mira con curiosidad—. No de una manera romántica ni nada de eso. Armand la aprecia porque… es sincera. Si no le gustas, Asha te lo dice o, al menos, lo deja bien claro con su actitud. Del mismo modo, es muy consciente de sus errores, y sabe reconocerlos. Eso no es algo demasiado habitual, cuando nos enseñan que no podemos fallar.

Mi acompañante se lleva otro trozo de comida a los labios, con deliberada calma, mientras cabecea en un asentimiento pensativo. A mí me frustra saber que no tengo manera de averiguar qué le pasa por la cabeza, al contrario de lo que me ocurre con Asha. 

Y soy dolorosamente consciente de lo mucho que me gustaría.

—Te digo todo esto para que no infravalores a Armand, ya que va a ser nuestro comandante. Tiene mejor juicio del que parece.

Oscar parece a punto de echarse a reír, de nuevo. 

—Ah, no lo infravaloro —me dice, y coge su refresco echándose hacia atrás en el asiento. Sus ojos me taladran cuando ladea la cabeza, con sus cejas alzadas y el principio de su sonrisa en la comisura del labio—. De hecho, creo que tú y él sois exactamente lo contrario.

Nunca creí que alguien me compararía con Armand, aunque sea simplemente para decirme que somos diametralmente opuestos.

—Tú eres el que quiere pasar desapercibido a toda costa —me dice, tras beber un sorbo, supongo que demasiado consciente de mi silencio—. Él, en cambio, se pone en primer plano conscientemente y proyecta una imagen muy concreta para actuar por debajo de ella. Si nadie espera de él más que a un payaso superficial, puede ser mucho más para coger desprevenido a todo el mundo. Nadie espera nada de los tontos. Es inteligente, pero además él sí es ambicioso, no como tú. Aunque todavía no sé hacia dónde va su ambición exactamente, tengo claro que sabe qué sitio quiere ocupar dentro del grupo. Si crees que yo analizo a la gente… él lo hace incluso más. De hecho, no creo que yo le guste mucho, porque pasé por debajo de su radar el primer día y dudo que se lo haya perdonado. 

Lo último lo dice con esa pizca de orgullo que se le escapa a veces. El mismo orgullo con el que dijo que no se dejaría amedrentar por los niños Marte. Y yo, en realidad, ni siquiera puedo negárselo: no creo que a Armand le disguste Oscar (no creo que a Armand le disguste nadie), pero sé que planea muy bien todo lo que hace. Sé que no ha llegado a comandante por casualidad. 

—Así que, en realidad, tú y Armand sois la misma persona. 

Oscar parpadea, cogido por sorpresa. No se ha dado cuenta de que tiene una mancha de chocolate en la comisura del labio, y yo no se lo voy a decir.

—¿Eso crees?

—Tú también creas esa imagen. También intentas parecer un payaso, tan… inofensivo. Y luego…

Dejo la frase en el aire. Creo que nunca nos habíamos mirado con tanta atención como en el silencio que sigue. Con… tanto reto.

—¿Qué? —pregunta. No hay brusquedad en cómo lo hace. Pero si no fuera imposible, juraría que algo en sus ojos cambia un segundo, como si fuera a decirle una de esas verdades que él me echa a la cara siempre que puede.

Acaricio con los dedos una muesca en la mesa de metal.

—Al contrario de lo que pareces creer, yo también me he fijado en ti. Sé que no muestras todo lo que puedes hacer. Bromeas y haces el tonto continuamente conmigo, por ejemplo, pero sé que en el fondo… te preocupas. Te preocupaste por Asha, aquel primer día. Y te preocupaste por mí en la Odisea. O anoche… —Trago saliva, sin atreverme a levantar la vista—. Gracias.

Hay un silencio tan espeso como el chocolate que queda en mi plato. Hay, también, una pausa tan tensa que no sé si quiero romperla, si voy a poder hacerlo. Y, al mismo tiempo, no deseo otra cosa más que su risa y su sonrisa estúpida y que sople para alejar la nube que parece haberse posado sobre nuestra mesa.

—Lo que no sé es qué lugar quieres ocupar en el equipo, tampoco.

Me armo de valor para coger aire y encararlo. La mancha de chocolate ya no está. Su expresión de burla vuelve a estar ahí.

—Según tú, el lugar del que se acerca a los Hijos para ganar poder. 

Idiota. No perdonas, ¿eh?

—Ya estás cerca de un Hijo. —Le golpeó suavemente con el pie por debajo de la mesa, para demostrarle, de hecho, lo cerca que estamos. Él ríe—. ¿Y ahora? ¿Qué es lo que quieres?

—¡La dominación de la galaxia!

Lo exclama como si no hubiera nadie más en el local, aunque hay varias personas que se dan la vuelta en sus asientos con curiosidad, para observarnos. Yo tengo que luchar contra el impulso de subirme la capucha de la sudadera.

—Es obvio que para eso te has equivocado de Hijo. Y aunque fuera el adecuado, no dejaría que la galaxia se arrodillarse ante ti por llevarme al museo y entretenerme durante una tarde…

Oscar apoya la cabeza en una mano.

—Por suerte tenemos muchos más días libres. Si necesitas un plebeyo otra vez, quiero decir.

No. Nunca más. Qué idea tan mala. No deberíamos estar confraternizando. Yo no debería estar confraternizando con nadie. Estas cosas siempre acaban mal.

Aunque, ¿qué es esto exactamente…?

¿Y cómo podría decirle que no cuando me enseña los dientes en esa sonrisa que lo hace entornar levemente los ojos brillantes?

—De acuerdo. Tú ganas.

Oscar ríe.

—¿Yo gano? ¿Te salvo de aguantar a tu padre y yo gano? Realmente se te da muy bien hacer que yo parezca el privilegiado por estar a tu servicio.

Una parte de mí, una parte diminuta, desearía que la comisura de su labio siguiera manchada. Lo justo para que yo pudiera estirar la mano en la que estrujo mi servilleta y tener así una excusa para tocarla.

—Pero tú disfrutas de mi… inestimable compañía. A lo mejor ganamos un poco los dos.

Oscar parece sorprendido por mi respuesta, pero ni siquiera eso le roba el brillo al azul de su mirada.

—Bueno, eso me gusta. Parece más justo que ganemos los dos.

Aunque es mentira: sé que yo sigo ganando más que él.

Oscar

—¿He estado a la altura de tu maquiavélico plan? 

Aden se muerde brevemente el labio y parece cobijarse incluso más de lo normal en su sudadera mientras lanza un vistazo a los horarios de las lanzaderas en la estación. No hay demasiada gente a nuestro alrededor, o al menos no demasiada para encontrarnos en Marte, donde siempre hay demasiada gente. Hellas no es así. Incluso con la presencia de los humanos, hay mucha menos sobrepoblación, mucho menos ruido, no tanta vorágine de gente yendo de un lado para otro, siempre corriendo, siempre con algo que hacer. Supongo que eso es tan solo porque el asentamiento en nuestro planeta todavía es joven. Poco a poco, mi mundo se convertirá también en esto. Poco a poco, Hellas será otro pedazo de tierra completamente suyo, pisoteado y explotado hasta el extremo, y ni siquiera los restos de otras vidas bajo sus pies recordarán lo que era antes.

Yo apenas lo recuerdo, al fin y al cabo.

—Supongo que ha estado pasable —responde mi acompañante, volviendo los ojos hacia mí. Me mira de frente y el choque me sorprende un poco, sobre todo cuando la más suave de las sonrisas tira de sus comisuras hacia arriba. Hundo los pulgares en los bolsillos de mi pantalón e intento que no se me note el nudo en el estómago. Intento que mi sonrisa sea exactamente igual que la suya.

—¿Sólo pasable? Me siento personalmente ofendido. 

—Bueno, notable, aunque sólo sea porque mi padre estará dormido para cuando llegue a casa. Has cumplido. ¿Para ti ha sido una tortura muy terrible? 

—Probablemente tenga pesadillas repitiendo la experiencia, pero supongo que la conquista de la galaxia lo merece. 

Aunque esperaba que sonriese de nuevo o que dejase los ojos en blanco como de costumbre, lo cierto es que Aden duda y yo no puedo evitar intentar calcular qué está pasando por su cabeza, juntar todas las piezas que tengo de él para saber qué hay dentro de su silencio del mismo modo que he podido hacerlo en otras ocasiones. Yo, al menos, lo veo con más claridad que él a mí, aunque crea haber identificado cómo funciono. No puede entenderlo de verdad, no todavía. No tiene las piezas necesarias. No sabe de dónde vengo, así que no puede entender quién soy. 

Pero aparentemente yo tampoco le conozco tan bien como me pienso, porque entonces levanta la barbilla y clava sus ojos en los míos y dice, con aparente ligereza:

—¿Consideras entonces que podrías soportar una segunda ronda?

Contengo las ganas de tragar saliva. Escondo otro dedo en mis bolsillos. Siento las aves carroñeras picoteándome la boca del estómago, en el pecho, destrozándome por dentro. Mantengo la sonrisa y la burla porque es lo único que puedo hacer y porque el papel está tan bien aprendido que ya sale solo. 

—¿Podrías tú? Significaría pasar más tiempo del necesario con alguien que te cabrea tanto como yo. —Levanto las cejas, con sorna—. Que habla como si te conociera… 

Espero que recapacite. Espero que recuerde lo frustrado que se siente a veces conmigo. Espero que pare esto aunque sé que lo que mejor me vendría es seguir acercándome tanto como me permita. Esto era lo que quería, ¿no?

—Creo que empiezo a saber apreciar esas cosas —dice, sin embargo, y yo quiero decirle que no debería y al mismo tiempo me siento satisfecho por razones que no son en absoluto las que deberían—. No eres tan terrible. Y sé que yo tampoco soy fácil. —El más leve titubeo—. Lo que quiero decir es que me gustaría pasar otra tarde contigo, si tú quieres.

Claro que sí. Y claro que no. Me pones las cosas muy complicadas, Aden, aunque no tengas ni idea. No debería sentirme tan cómodo contigo, ¿entiendes? Me gustaría volver a pensar en ti como un niño de Marte, como algo que destruir, como algo de lo que burlarme de la misma manera en la que me burlé en la ceremonia de bienvenida.

No tenía que haberme acercado tanto, pero supongo que ya es inevitable. No puedo volver atrás. Tampoco puedo dejar mi misión a medias. Así que tendré que seguir caminando por las brasas encendidas. 

—No eres difícil, Aden —le digo, porque es cierto. Él no lo es. La situación en la que me pone… Bueno, eso es otra cosa—. Sólo te esfuerzas en serlo. Pero me ha gustado que hoy ni siquiera lo intentaras. 

Las mejillas se le encienden suavemente, aunque en esta ocasión ni siquiera lo pretendía, y yo tengo que apretar los labios para no sonreír. Si levantase la mano y buscara tocar su su rubor, ¿se asustaría? Probablemente. He hecho muchos esfuerzos por tocarlo durante meses y sólo lo conseguí cuando me hirieron. Incluso entonces, fue Aden quien me tocó a mí. Sus dedos parecen permanecer en mi costado. Esa misma noche, en el baño de la nave, me convertí en él por el más breve de los instantes. Me miré en el espejo y después sacudí la cabeza, porque no lo soporté. No soporté ser él. No soporté que me mirase desde el espejo porque parecía que su reflejo iba a decirme: «¿Esto me estás haciendo? ¿Quieres que confíe en ti para esto? ¿No ha quedado claro el miedo que tengo de que me usen y tú te atreves a darme lecciones mientras lo haces? ¿Quién es el hipócrita?».  

No me siento digno de volver a probar su contacto. No me siento digno de tocarlo, así que no lo hago. Ni siquiera lo intento. Tampoco creo que él quiera. 

Hay un segundo que se alarga. Uno en el que nos miramos y él se humedece los labios y yo intento por todos los medios no ser consciente de cómo lo hace, por las ideas que se me pasan por la cabeza. La primera persona a la que besé fue una muchacha del instituto. Siendo justos, me besó ella. Se acercó a mí en una fiesta, cuando yo tenía catorce, y me dijo: «Deberías dejar de bromear si no vas a hacer nada». Y me besó, y al principio me horrorizó la idea de besar a una humana y luego ya no lo hizo porque aquella humana no tenía culpa de nada y la besé también porque era agradable, porque de alguna manera en el fondo odiaba a su especie y al mismo tiempo ya pertenecía a ella. Me molestó profundamente desearla y al mismo tiempo no pude hacer nada por evitarlo.Como entonces, me molesta profundamente desear a Aden (al Hijo de Hefesto, Hijo de Hefesto, Hijo de Hefesto) pero sé que no puedo hacer nada por evitarlo.

Aden

No sé por cuánto tiempo nos miramos. No soy consciente de por qué lo hacemos, siquiera, en el más absoluto de los silencios. Sólo sé que podría hundirme en esos ojos y que me pican las manos, y que estoy intentando controlarme para no bajar la vista a sus labios, porque no quiero pensar en cómo se sentiría besarlo. No quiero estar más cerca de él de lo que ya lo he estado.

Escucho el sonido de la lanzadera. Una alarma suena, indicando que se acerca. Que nos apartemos del borde.

Yo me siento en un sitio mucho más alto y terrorífico que la orilla del andén.

—Entonces… Ya hablaremos —digo, con la boca seca y la lengua pesada—. Que llegues bien a la Akademeia.

Doy un paso atrás. Es como jugar a mantener el equilibrio mientras me zarandea el viento.

—Cuidado con despertar al monstruo al volver a casa.

Sonrío, sin poder evitarlo, porque él está haciendo lo mismo. La lanzadera se detiene. Las puertas se abren, la gente sale. Una pequeña marea amenaza con separarnos. Doy un paso más hacia atrás. Alguien se cruza entre nosotros, por medio y medio. Cojo aire, pero no digo nada. Simplemente me vuelvo y cruzo las puertas y busco un asiento libre.

Veo a Oscar en el andén. Las puertas se cierran. Me siento estúpido, pero alzo una mano para despedirme. Él parece reírse al ver mi gesto, tan torpe, tan fuera de lugar. Aun así, se despide de la misma manera.

Arrancamos. La aceleración me obliga a acomodarme contra el respaldo del asiento. 

Dejamos la estación atrás y yo cierro los ojos.

Se te pasará, Aden. Se te tiene que pasar.

Pero si fuese a pasárseme de verdad no creo que tuviera tantas ganas de volver a tener una tarde sólo para los dos.


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1 comentario en “Relato: No es una cita”

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