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Ojos verdes, ojos grises

Lo único que vamos a decir es que hace cuatro semanas que salió el libro y ya hemos subido tres relatos y eso es una clara muestra de lo poco que superamos haber escrito La flor y la muerte.

Así que hoy os traemos un relato de Beren. Contiene spoilers importantes de la novela así que no lo leáis si no habéis terminado de leerla. En serio. No lo hagáis.

Ojos verdes, ojos grises

Al principio, Asha Amartya no me caía bien. Me refiero al tiempo que pasamos en la Akademeia. Por aquel entonces todos nuestros compañeros eran para mí niños pijos que no tenían ni idea del mundo en el que vivían o, peor, que lo conocían perfectamente y preferían ignorarlo. Cualquiera de las dos opciones me cabreaba y no me gustaba que Eunys, que venía de sitios muy parecidos a los que venía yo, eligiera pasar ni un minuto de su tiempo con ellos. Nunca le dije nada, sin embargo, porque era su decisión y yo había tomado la mía. Ambas éramos conscientes de que habíamos elegido maneras muy distintas de enfrentar la Akademeia y todo lo que conllevaba: yo odiaba lo que hacíamos, odiaba sentir que nos traicionábamos a nosotras mismas y el lugar del que veníamos; Eunys lo consideraba supervivencia pero no por ello culpaba a nadie de la posición que les había tocado. Aunque fuera una que estaba muy por encima de nosotras.

De todos nuestros compañeros, Asha Amartya me cabreaba especialmente porque no sabía de qué coño iba. Me daba lo mismo que fuera una hades, lo que no me gustaba era que a simple vista pareciese estar de acuerdo con serlo y en otros momentos pareciese odiarlo. No sabía si muchas de las cosas que hacía (como negarse a disparar a matar, como salvarle la vida a la apolo arriesgando la suya) formaban parte de su manera de rebelarse contra el mundo (y si lo era por qué no hacía nada más) o si simplemente era estúpida y pensaba que no tenía un lugar muy concreto que ocupar, si no se daba cuenta que más tarde o más temprano tendría que abandonar ese aprecio por una identidad y unos valores propios.

Creo que lo que me cabreaba de Asha en realidad es que se esforzaba mucho por defender su perspectiva de las cosas, esa obsesión por demostrar que no encajaba en el molde que habían hecho para ella y al mismo tiempo fingir que encajaba perfectamente. Me cabreaba porque yo había llegado a la Akademeia, al grupo de Cronos, a lo más alto, decidida a ser justo lo que Olympus quería de mí, porque aquella era la manera en la que se sobrevivía. Me habían convencido de que no había alternativa, así que si para tener un futuro tenía que ser la mejor ares, sería la mejor ares. Por eso no quería que nadie me llamara Beren y acepté perder mi nombre en favor del de mi Servicio. Por eso al principio sólo se lo permitía a Eunys, que por las noches en nuestra habitación me llamaba estrellita y me hacía sentir que no estábamos en aquel maldito lugar, sino en nuestro barrio, en su cuarto, en el que yo me colaba siempre después de luchar y al que llegaba siempre el ruido de las peleas que pasaban a todas horas. Eunys siempre decía, mientras me curaba las heridas que me hubiera hecho peleando aquella noche, que ella no oía nada. Podía abstraerse y pensar en su propia música, crear notas en su cabeza o historias o cualquier otra cosa. Podía seguir su propio ritmo. Yo, en cambio, nunca dejaba de oír el ruido, incluso cuando estaba muy lejos del local. A veces, incluso en el silencio de la Akademeia, a mí me parecía seguir escuchando a la gente gritar por las apuestas, los golpes, la música ensordecedora.

Esa ha sido siempre la diferencia entre Eunys y yo. Eunys no ha sufrido menos (un padre adicto a su propio negocio de apuestas, una madre que murió demasiado joven, un hogar que si ella no levantaba nadie levantaría), pero ella podía estar en paz consigo misma y con sus experiencias. Nunca consideré que fuera resignación: era aceptación. Su pelea consistía en no dejar que todo aquello la definiese. Eunys siempre sabía quién era y no quería que nada ni nadie le impidiese serlo: no quería que no la dejaran ser alegre, tener sueños, ser amable. Las cosas que eran suyas, que ella podía elegir, no las marcaría la suerte que le hubiera tocado hasta ese momento.

A mí me daba rabia, claro. A mí me hacía querer protegerla, porque me parecía una perspectiva muy inocente de vivir. Tus condiciones te marcan. Tu clase te marca. La libertad que ella quería tener al final siempre estaría supeditada a otras cosas que no le correspondían, a un sistema injusto en el que sus opciones eran limitadas, por mucho que ella quisiera sentir que era libre y por mucho que yo quisiera creer que podía proteger su libertad.

Lo que me cabreaba de Asha Amartya es que estaba justo a medio camino entre Eunys y yo: aceptaba ser una hades y cumplir su papel en Olympus del mismo modo que yo aceptaba ser una ares y hacer lo propio. Al mismo tiempo, quería conservar su propia identidad, su nombre, su manera de ver las cosas y sus valores, del mismo modo que Eunys se aferraba a los suyos.

Asha Amartya no quería renunciar a nada. Aquello era lo que más me molestaba. Que los niños pijos sintieran que podían serlo todo, tenerlo todo.

Cuando descubrió que había que elegir empezó a caerme mejor. Cuando decidió que no mataría a su mejor amigo y, por tanto, escogió un lado de la balanza que implicaba perder muchas cosas más.

Entre ellas, a la deméter.

Aunque a veces me parece que nunca ha aceptado que la perdió. Y eso, por mucho que he aprendido a apreciar a Asha (porque es justa, porque no tiene miedo de tomar riesgos y siempre acepta mis planes de ataque, porque quiere protegernos a todos ahora que somos lo único que tiene, porque intenta ser fiel a sí misma y odia Olympus tanto como yo lo he odiado siempre), me cabrea también. Hay que aceptar las pérdidas y hace ya más de tres años que Ianthe Kore se quedó atrás. Fue un rollo adolescente que nunca llegó a hacerse real, siquiera. Un beso en el último momento, según me dijo Eunys. Nada más.

Doy por hecho que Aden ya le habrá echado una charla al respecto, o quizá no, porque el nombre de Ianthe o la mención de cualquier persona perteneciente al Servicio de Deméter está prohibida en la nave. Oscar me contó un día que había pillado a Aden leyendo un manual sobre superación de rupturas y se había angustiado pensando que lo iba a dejar cuando en realidad Aden sólo estaba leyéndolo para intentar entender y ayudar a nuestra comandante.

Bien, si ni un puto manual sirve, igual lo que hace falta es alguien que le diga las cosas claras, por las buenas o por las malas, y en eso yo soy la experta aquí.

Así que cuando volvemos a la nave después de unos días de parón en los que he visto a Asha irse con la duodécima chica con ojos verdes que se ha encontrado, la encuentro por la noche revisando las indicaciones de la última misión que nos ha asignado Elain y suelto:

—¿Te he dicho alguna vez lo ridícula que eres?

Asha da un respingo. Al principio, parpadea lento, como si hubiera despertado de golpe tras estar muy metida en los datos de la nave que tenemos que interceptar y asaltar, y después se gira hacia mí. Mira a un lado y a otro, como si dudara de que me estuviera refiriendo a ella, siquiera, pero estamos completamente solas y es tarde. Yo le dedico mi mejor cara de indiferencia.

—¿Qué?

La puerta de la sala se cierra tras de mí. Asha mira por encima de mi hombro y después sacude la cabeza, volviendo la vista a las pantallas frente a sí. Siempre es la que se queda hasta más tarde despierta, memorizando cada pequeña parte de cualquier plan en el que se nos metan, intentando perfeccionar nuestras estrategias cada vez más, queriendo hacerlas siempre más grandes. A veces yo me quedo con ella, porque cuenta conmigo para diseñar los ataques de la manera más eficaz posible y porque nuestra rabia y nuestra impulsividad se suelen complementar bien. Yo soy fuego siempre encendido y Asha agradece tener a alguien que avive sus brasas, porque para calmarlas ya tiene a Aden y él siempre es mucho más racional, más cuidadoso, más precavido. En cambio, nosotras dos queremos hacer cuanto más daño mejor, y si bien Asha me ha confesado que eso en la Akademeia le asustaba de mí, ahora le parece magnífico.

—¿Qué tal anoche? —pregunto.

Asha vuelve a parpadear, hasta que entiende qué estaba haciendo anoche y levanta las cejas.

—Por lo general es Eunys la que cotillea, no tú.

—¿De verdad piensas que quiero cotillear? Pensé que me conocerías un poco mejor después de tantos años.

Nuestra comandante deja los ojos en blanco, porque sabe que es cierto: yo no cotilleo, yo saco las conversaciones justas y necesarias. Nos conocemos bastante bien, en realidad. Hemos tenido que hacerlo. Eunys, Aden, Oscar, ella y yo. No nos queda mucho más a ninguno. Al menos yo estoy segura de que ellos son lo único que me queda a mí, lo único que tengo. No se lo he dicho, no creo que se lo diga nunca, porque es Eunys quien expresa todas esas cosas y yo no puedo ni sé ni quiero hacerlo, pero les agradezco a todos que huyesen. Que me dejaran ver que había una alternativa a venderme, a olvidarme, a reprogramarme. No es la alternativa más segura del mundo, ni la que menos peligros tiene, ni la más fácil, pero es una alternativa y yo llevaba toda la vida intentando encontrarla.

—Pues igual no te conozco para nada, porque hasta ahora habría dicho que no eres una persona que se anda con rodeos. Venga, suelta lo que vengas a soltar y a dormir, que te necesito descansada mañana.

Mis pasos se detienen cuando me apoyo junto a la mesa, justo a su lado. Asha sólo me dedica una mirada de soslayo, mientras sus manos se siguen moviendo sobre las pantallas.

—No pensarás que no nos hemos dado cuenta, ¿no?

—¿De qué?

—De que todas las tías con las que te vas tienen los ojos verdes.

Las manos de nuestra comandante se quedan congeladas en el aire durante un segundo. Su expresión, tranquila hasta este momento, cambia y también se convierte en piedra. Algo en sus ojos brilla. Su boca se hace más pequeña cuando aprieta ligeramente los labios. Ni siquiera creo que sea consciente de todas las maneras distintas en las que la traiciona su cuerpo.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Pues no me he dado cuenta.

—Y una mierda.

Asha frunce el ceño y cierra de golpe todas las pantallas que tenía delante. Su ojos oscuros se centran en mí entonces y supongo que podría asustar a cualquier otra persona, que a veces debe asustar incluso a Aden, pero yo me he enfrentado a monstruos bastante peores que esta chica enfadada y con el corazón roto, que incluso siendo una rebelde se ha negado a robar ni una sola vida, ni siquiera aunque fuese en legítima defensa. Yo misma soy un monstruo mucho peor. Yo ni siquiera cuento mis muertos.

—¿Qué quieres, Beren? —pregunta, con voz dura.

—Han pasado más de tres años.

—No sigas por ahí.

—¿Por qué? ¿Te sientes ridícula? Espero que lo hagas. Es como para hacerlo, al menos.

La mandíbula de Asha se tensa y yo enarco las cejas, con calma. Sé que a ella le molesta mi tranquilidad y que yo sea la única persona en esta nave a la que no le importa lanzarle las cosas a la cara. Aden la protege demasiado, Oscar siempre dice las cosas con gracia, Eunys nunca sería dura con nadie.

—¿A qué viene esto?

—A que le echas en cara a Eunys que llame a su dron Armand, pero tú no has superado a Ianthe.

El nombre resuena en las paredes como si tuviera vida propia. Como si llamásemos a un muerto. Suena igual que lo hacía el nombre de Urien cada vez que Eunys lo pronunciaba después de la Odisea para hablarme de lo culpable que se sentía el afrodita por su muerte. A mí no me importaba. Yo había llegado allí segura de que cualquiera podía morir y que era mejor no cogerle cariño a nadie. Yo había llegado allí evitando pensar en los nombres de aquella gente, queriendo saber lo mínimo de sus vidas. Había llegado convencida de que yo misma podía morir y más que dispuesta a matar. No me importó la muerte de Urien y creo que fui la única, pero Urien fue el primer cadáver de la gran mayoría del grupo mientras que yo para entonces ya había visto muchos.

Asha se queda bloqueada al principio, como si la fuerza de la palabra fuera demasiada para poder gestionarla. Como si le sonase extraña o como si fuera otro idioma. Supongo que lleva todo este tiempo sin oírla. Supongo que realmente nadie se atreve a mencionarla, por si ponía esa misma cara, la que tiene ahora, como si seis letras tuvieran el poder de hacerle una cicatriz peor que la que le hizo perder el ojo.

Después del primer golpe, nuestra comandante vuelve a la nave y sacude la cabeza. Su barbilla se alza.

—No hay nada que superar.

—No me tomes por imbécil. Y ya que nadie te lo dice, por si te rompes o algo así, pues ya te lo digo yo: lo que estás haciendo no te va a ayudar en nada. ¿La comparas, o algo? No creo que nadie se merezca eso. Ser una comparación tiene que ser horrible, sobre todo cuando no puedes ganar.

Asha aprieta los dientes.

—No las comparo, yo…

—Si intentas convencerme a mí, vas por mal camino. ¿Te convences a ti misma alguna vez, al menos?

—A lo mejor sólo tengo un tipo —resuelve, y yo no puedo evitar levantar más las cejas.

—Un tipo.

—Sí.

—Tu tipo son los ojos verdes.

—Puede.

—¿Pero tú te crees que soy imbécil?

Asha se cansa de escucharme: aprieta los dientes y se mueve con toda la intención de marcharse, pero yo la sigo y atrapo su brazo justo antes de que llegue a la salida. Ella intenta revolverse, sin éxito.

—Deja de hacerte eso: déjalo ir. Acéptalo y déjalo ir.

Es lo único que se puede hacer con lo que nos duele. Aceptarlo. Dejarlo ir. Perdemos cosas por el camino, pero recordarlas no nos hace recuperarlas ni hace que duela menos. Yo no recuerdo a mi madre y lo prefiero. No recuerdo muchas cosas, en realidad, y lo prefiero. No haría nada por seguir recordando. No buscaría nada ni parecido a lo que una vez me hizo daño, así que no sé por qué lo hace ella.

—¡Lo he aceptado! —gruñe Asha, revolviéndose—. ¡Lo he aceptado y es…! ¡No es…! ¡No me importan los dichosos ojos verdes! ¡No me importa ella! ¡Ya no!

Asha tiene fuerza, lo sé de primera mano porque hemos peleado juntas muchas veces en los últimos años para entrenar, a veces con Eunys y Oscar, otras veces simplemente enfrentándonos la una a la otra. Aún así, las dos sabemos que no tiene nada que hacer contra mí, y mucho menos cuando la cojo de los hombros y la mantengo firme.

—Pues deja de liarte con la primera que se le parece un poco cada vez que puedes, como si así pudieras compensar algo. No creo que te llene una mierda, creo que sólo te gusta hacerte daño y esta es una manera sólo un poco distinta a meterte en Paraíso, pero al final es lo mismo. Algo que te hace sentir bien un rato, mientras te hace sentir muy mal en realidad.

Asha aprieta los dientes, mirándome con rabia, con cierto rencor, pero a mí no me podría importar menos. Yo siempre he sido la insensible aquí y no lo lamento. Si el resto quieren andar de puntillas con sus sentimientos mientras se sigue haciendo daño ella sola, poniéndose tiritas en heridas que no deja cerrar, es cosa de los demás. No es mi estilo.

—¿Y esto a ti qué más te da?

Frunzo el ceño, porque me parece una pregunta bastante estúpida. Bastante obvia.

—Eres mi amiga ahora. Yo cuido a mis amigas.

Asha parece sorprendida de repente. Hay un silencio que me hace fruncir más el ceño.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nunca habías dicho que fuéramos amigas.

—Tú eres idiota.

Asha hace una mueca, pero no protesta, como si en el fondo supiera que lo es. Dejo los ojos en blanco, pero la suelto y cruzo los brazos sobre el pecho. Pese a lo mucho que se ha enfadado, parece haberse ablandado de repente y titubea, pasándose la mano por ese lado rapado que Eunys le arregla cada poco tiempo, del mismo modo que hace mucho tiempo lo hacía el afrodita.

—Estás preocupada por mí.

—Eres un genio, ¿eh?

—No parece que te preocupes nunca por nadie, admítelo.

—Que vosotros no sepáis ver cómo me preocupo yo es cosa vuestra, no mía.

Asha resopla, pero su enfado ha desaparecido. Aunque no su molestia, porque tras coger aire, aprieta los labios y añade:

—Sólo para que conste, podría liarme con cualquier otra chica que no tuviera los ojos verdes.

—¿Sí? Estaré esperando a verlo.

Asha frunce el ceño. Creo que se lo toma como un reto. No: estoy segura de que se lo toma con un reto, porque mira en mis ojos entonces. Es casi como si estuviera analizando su color y yo no puedo evitar alzar las cejas de nuevo, casi con tanta incredulidad como burla. A veces a Asha le puede el orgullo hasta unos límites absurdos.

—Podría besarte a ti, por ejemplo —dice entonces.

Es como si fuera ella la que me retase a mí ahora. Y yo, como ella, no soy de echarme atrás. Esa es otra de las cosas en las que parecemos. Otra de las cosas por las que nos llevamos bien y por las que, al mismo tiempo, las dos necesitamos a personas como Eunys o Aden para evitar que todo a nuestro alrededor sea siempre una guerra.

Pero Eunys o Aden no están aquí ahora.

—Venga —la insto, en cambio, sin moverme ni un centímetro. Levanto más las cejas, mientras Asha duda un segundo—. Hazlo.

Asha da un respingo y titubea. Me pregunto si se arrepiente de inmediato de lo que ha dicho. Me pregunto si está pensando en cómo salir de esta situación sin quedar en evidencia. Me pregunto si realmente compara mis ojos grises con otros verdes. Me pregunto si, cuando mira mi boca, quiere besarme de verdad o es sólo una manera de probarme (o probarse) que puede hacerlo.

—Tú solo quieres ser mi amiga, ¿no? —pregunta, de pronto insegura, y yo tengo ganas de dejar los ojos en blanco.

—Es un beso, Asha. ¿Vas a hacerlo o me voy ya a dormir? Porque me aburro.

Asha frunce el ceño, supongo que ofendida… y después, sus manos se alzan hasta mi rostro y su boca choca con la mía.

No puedo evitar tensarme por la sorpresa y abrir un poco más los ojos, en vez de cerrarlos como he visto hacer a otras personas. Porque no pensaba que fuera a hacerlo, en realidad. Porque Eunys siempre me dice que tiendo a infravalorar a mis contrincantes y puede que sea cierto. Porque no sabía que estábamos jugando en serio. O quizá tan solo porque no pensaba que Asha (o cualquier persona) pudiera realmente llegar a pensar en besarme, ni siquiera como parte de una prueba de nada.

Su caricia es sólo una presión firme de sus labios contra los míos, pero también es delicada como sólo puede serlo el beso de la muerte.

Ni siquiera me da tiempo a terminar de analizarlo: Asha se separa rápido, la mirada orgullosa de quien consigue un gran objetivo, como si hubiera salido exitosa de alguna de nuestras misiones. Después, de golpe, la expresión le cambia un poco al ver mi propia cara y sé el momento en el que es demasiado consciente de lo que ha hecho. Creo que se siente avergonzada. Creo que se siente ridícula, mientras nos miramos en silencio y aparta sus manos de mis mejillas como si de pronto le hubiera quemado los dedos.

Creo que a las dos nos puede la lengua a veces, que resultamos demasiado impertinentes de maneras distintas, pero por primera vez parece que ambas nos quedamos sin palabras al mismo tiempo.

En realidad, lo único que yo pienso es que no ha sido desagradable.

Nunca se me habría ocurrido besar a Asha. En realidad, nunca se me había ocurrido besar a nadie. No me relaciono lo suficiente con la gente como para que algo así me interese lo más mínimo. No pienso en besos, en romance, en sexo, en nada que se le parezca. No me importa, así que nadie me había besado nunca y yo nunca había besado a nadie tampoco.

Pero de pronto siento curiosidad. Siento ganas de probar. Hay un tirón en mi estómago, un cosquilleo en la nuca. Asha coge aire cuando yo bajo la mirada a su boca. Cuando cojo su camiseta y tiro de la prenda y ella casi trastabilla y me mira los labios también. Creo que está confundida, pero yo no lo estoy. Yo sé muy bien lo que quiero y por eso me acerco.

—¿Beren? No sé si esto es buena idea —murmura ella.

—Puede que no.

Pero nunca me han dado miedo las malas ideas. Así que no me da miedo esta cuando soy yo quien se echa hacia delante y cubre su boca. Porque puede ser una mala idea, pero también puede que no. Esto puede servirle a ella para entender que hay muchas más personas más allá del recuerdo de la maldita deméter y a mí para saber qué se esconde en un lugar que nunca había tenido interés en visitar hasta este momento. Puede ser un error o un acierto con fecha de caducidad. Puede ser sólo un rato, un descubrimiento y una manera de olvidar, y después seguiremos siendo las de siempre, y esto no será más que una anécdota de la que nadie tiene por qué enterarse. No tiene por qué significar nada. Para Asha, desde luego, no significa nada con las otras chicas con las que se marcha cada poco.

Ella deja escapar una exclamación contra mis labios, pero después, con un segundo de duda, sus labios se mueven sobre los míos, lentos, probando. El cosquilleo en la nuca se me alarga por toda la columna y baja hasta la punta de los pies. Entiendo el ritmo. Entiendo el movimiento. Al principio es una caricia demasiado suave, mientras las dos nos comprendemos poco a poco. Es agradable y excitante, como la sensación de anticipación de una nueva pelea, con la misma extraña sensación de peligro y al mismo tiempo mucho más segura. Asha baja sus manos por mi cuerpo, tocándolo apenas, adivinando mi silueta con la punta de sus dedos y tocando mi cadera. Yo, mucho más exigente que ella, mucho más ansiosa de saber, alzo las manos hacia su pelo y enredo los dedos en él, acercándola, buscándola, porque siento que tiene que haber más, que puede darme más de una sensación que resulta satisfactoria. Sus dedos se aprietan contra mi piel, me acercan, nuestros pechos chocan, casi a la misma altura.

Nos separamos. Nos miramos. A los ojos. A los labios.

No sé quién busca a quién a continuación, pero en el siguiente beso de pronto hay más seguridad, aunque siga siendo lento. Y después, todo deja de ser tan suave, porque Asha cuela su lengua en mi boca y son mis brasas las que se encienden esta vez gracias a ella y no al revés. Me arde la piel tanto como me arde siempre todo el fuego que llevo dentro.

Puede que mis ojos no sean verdes, pero a Asha no parece importarle cuando imito sus movimientos y nuestros besos cada vez se hacen más profundos. Cuando la empujo, no sé si con demasiada fuerza o sin ella, para pegarla contra la puerta y acercarnos todavía más. Cuando muerdo su labio inferior y ella como contestación emite un gruñido que no suena realmente a queja.

Cuando nos separamos un segundo, sin respiración, las dos sabemos que no es suficiente.

—Deberíamos parar aquí —dice la comandante, sin embargo, tragando saliva.

—¿Quieres parar?

Asha no responde. Abre la boca y la cierra, dudando, y yo sé que está dividida entre la inconsciencia que nos domina siempre y sus esfuerzos por ser menos impulsiva. No es que no quiera esto, es que está pensando demasiado en ello. Está pensando en que yo no soy otra de las chicas cuyo nombre ni siquiera tiene que recordar, está pensando que a mí me conoce, está pensando en cómo hemos acabado aquí exactamente.

Sin embargo, cuando mi boca vuelve a la suya su respuesta es simplemente apretar sus dedos contra mis brazos, suspirar y aceptar mi beso. Porque al final somos lo mismo. Demasiado impulsivas. Demasiado dadas a dejarnos llevar. Demasiado acostumbradas a mirar al peligro a la cara y muy poco a retroceder.

La próxima vez que nos separamos, jadeantes, con la adrenalina corriendo y poniéndonos en marcha, sintiendo nuestras manos en todas partes y al mismo tiempo muy lejos, la única duda que queda es otra:

—¿Aquí?

No. Quiero descubrir esto bien. De arriba abajo. Con tiempo. Mi pierna se aprieta entre las suyas, mi cuerpo se acerca más, y disfruto de su expresión desarmada, del gemido que se le queda atrancado en la garganta, de cómo en sus pupilas sólo estoy reflejada yo y mis ojos grises.

No tengo ni idea de si Asha piensa en la deméter cuando está con otras, pero que no está pensando en ella ahora.

—Mi cuarto.

Un asentimiento. Otro beso, profundo, exhaustivo, casi una promesa que estoy deseando que se cumpla.

Yo salgo primero, como si nada hubiera pasado. Ella me sigue sólo unos pasos por detrás.

La nave desierta y en silencio y yo, como siempre, llena de ruido.

Nadie nos ve.

Asha y yo hemos peleado muchas veces, pero la batalla cuerpo a cuerpo que viene después, cuando nos reencontramos en mi habitación y chocamos de nuevo y nos arrancamos la ropa, es una muy distinta a cualquiera de las que hemos tenido hasta entonces.


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Cartel de "Support me on Ko-fi"

1 comentario en “Ojos verdes, ojos grises”

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