La flor y la muerte, Olympus, Relatos

Relato: Quienes se quedan atrás

¡Hola y Feliz Día de Reyes!

Parece que este año os habéis portado bien, así que nos hemos despertado con un relato nuevo en borradores y aquí os lo traemos. Se trata de un relato de La flor y la muerte, una novela a la que estáis dando muchísimo amor y que esperamos que siga encantando a todo el mundo que se asome a su mundo. En este caso, os dejamos con una serie de escenas que se situarían justo después de la página 458, pero os recomendamos que no os lo leáis si no habéis terminado la novela. Narran Minna y Armand.

¡Aprovechamos para desearos el mejor de los años y que 2021 os traiga un montón de lecturas y proyectos nuevos! Por nuestra parte, tenemos muchas ganas de poder compartir las grandes cosas que se asoman en el horizonte… pero no será hoy.


Quienes se quedan atrás

Minna

El mundo está en penumbra más allá del foco que parece colgar sobre mí, que ilumina la pared desnuda que me rodea a izquierda y derecha, que ilumina mis manos manchadas de sangre. Es una sangre roja, demasiado brillante, demasiado líquida, que me corre por los dedos y se junta en un charco en el suelo, debajo del cuerpo que se revuelve bajo mi contacto.

Hasta que deja de revolverse.

Asha tiene los labios manchados de escarlata y los ojos negros vacíos. Su expresión es de superioridad, de burla, la misma cara que me dedicaba antes de que empezáramos a comprendernos, antes de que habláramos de todo lo que teníamos enquistado dentro. Antes de que le pidiera perdón.

Aunque su rostro está más pálido de lo normal, aunque sé que si le intentase tomar el pulso no podría encontrarlo, la herida sigue sangrando. La comisura de sus labios se retuerce.

—Mira lo que has hecho —dice.

La culpa me golpea como una ola, y aunque no sé qué he hecho, de pronto soy consciente de que he sido yo, de que mis manos han hecho esto, y cuando intento apartarme la sangre se vuelve pegajosa, no se va de mi piel, y no consigo abrir la boca y…

—¿Min?

Despierto a un rostro familiar, a la luz de un nuevo día, a mis propios jadeos y a mi cuerpo enredado en las sábanas. Daphne me mira desde arriba y yo gruño y me llevo el antebrazo a los ojos. Tengo un sollozo atrapado en la garganta y me tiemblan las manos, que aprieto en puños para que mi hermana no pueda notarlo.

—¿Estabas teniendo una pesadilla?

—Pensé que cuando te fueras de casa dejarías de entrar en mi cuarto cuando te diera la gana —repongo, demasiado entumecida como para enfadarme realmente.

Puedo imaginármela encogiéndose de hombros ante la acusación.

—Me vine a dormir después de la fiesta y necesito una muda.

Aparto el brazo de la cara a tiempo de verla abrir mi armario. Ni siquiera pregunta. Rebusca hasta que encuentra algo de su estilo y se cambia la camiseta que lleva como pijama por mi ropa. Daphne es así. Está acostumbrada a conseguir lo que quiere, a que todo se haga a su voluntad, como si ya ocupara el puesto de Apolo.

No puedo culparla: ha trabajado duro para que sea así.

Pero de todas formas…

—Si tienes pesadillas frecuentes, deberías hablar con papá —dice, mientras se ajusta las mangas—. Podría ser un síntoma de…

—No te metas donde no te llaman.

El gruñido hace que se gire hacia mí, mientras se revuelve los rizos cortos. Me sostiene la mirada, cuando ve que yo no me amedrento, y entorna los ojos castaños hasta que no son más que dos rendijas.

—No tengo el tiempo ni la energía para esto, Minna. Pero deberías tener más cuidado con cómo le hablas a tu hermana mayor.

«Con cómo le hablas a la futura Jefa del Servicio», es lo que en realidad quiere decir. Pero a papá no le gusta que pronuncie nada parecido, por lo que ha aprendido a poner el mismo mensaje con diferentes palabras.

—No entres en mi habitación sin permiso y dejaré de hacerlo.

Daphne abre la boca, pero Aelia la llama en ese momento desde algún lugar de la casa, así que finalmente se decide por una mueca y el silencio y sale. Si pudiera dar un portazo para ofrecer dramatismo a la escena, lo haría, pero la puerta sólo se desliza automáticamente tras ella.

Me quedo acostada en la cama, sin moverme, con la pesadilla todavía tras mis párpados y las voces de mis hermanas en el pasillo. Me miro las manos, limpias. Busco rastros de sangre bajo las uñas, como si esperase encontrar algo de mi sueño colándose en el mundo real. Los pasos de mis hermanas se alejan. Sus voces desaparecen cuando salen de casa. El corazón me late a marchas forzadas y tengo la boca seca.

Al otro lado de la ventana, el cielo está despejado. El Monte Olimpo despierta un día más.

Me incorporo y abro la pantalla de mi eidola. Ianthe todavía no ha leído los mensajes que le envié anoche, así que no añado ninguno. En su lugar, mis dedos buscan un ID que hacía años que no tocaba.

Aguanto la respiración mientras se establece la conexión.

—El ID que ha intentado contactar no se encuentra disponible —me avisa una voz neutra—. Por favor, asegúrese de que ha marcado el ID correctam-…

Cuelgo. Es como si algo se hubiera abierto entre mis costillas.

Escojo otro número.

—El ID que ha intentado contactar no se encuentra dispon-…

Doy un respingo cuando escucho pasos entrando en el apartamento y cierro la pantalla. La hora, proyectada en el techo, me hace saltar de la cama.

Apolo está dejando su chaqueta sobre el respaldo del sofá cuando entro en la sala. Parece cansado, por la forma en la que se pasa la mano por la cara. Por la forma en la que mira su eidola con resignación. Aún lleva el traje que llevaba en la fiesta, y yo me pregunto si no ha pasado por casa hasta ahora.

Yo me volví anoche sin mi familia, de la mano de un Armand que insistió en acompañarme a la puerta y en no dejarme sola, no sé si por mí o por sí mismo. No pronunció ni una sola palabra hasta que tuvo que dejar ir mis dedos.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté, en voz muy baja, cuando él dio un paso hacia atrás.

—Fingir que esta noche no ha ocurrido.

Cuando alzó la vista, me pareció que casi me lo estaba suplicando.

—Minna. —Apolo parece sorprendido de verme de pie bajo el arco de entrada, como si se hubiera olvidado de mí durante todos los meses que llevo en la Akademeia. Como si darse cuenta de que ocupamos el mismo espacio, de hecho, le asustase de pronto.

—¿Aún llegas ahora?

Me cruzo de brazos. El termostato del apartamento siempre está a la misma temperatura, pero tengo la sensación de que ha bajado varios grados de pronto.

—Zeus nos convocó con urgencia. —No encuentra mis ojos. Yo tampoco sé si querría que lo hiciese. En lugar de eso, me señala el sitio que suelo ocupar en el sofá—. ¿Tienes un momento?

Sé que no es una pregunta. Los Jefes no preguntan. Ni siquiera es una petición. Es una orden, y no hace falta que conteste.

¿Lo sabe? ¿Es eso? ¿Sabe que estuvimos en la azotea? ¿Sabe que los ayudamos a escapar? ¿Sabe que dejamos a Hades, inconsciente, atrás? ¿Sabe que…?

—Lo siento, Minna. Ojalá no tuviera que ser yo quien te lo dijera.

Se ha sentado a mi lado. Mi padre da miedo a veces, sé que puede darlo: es un hombre alto, ancho de hombros, demasiado serio la mayor parte del tiempo. En realidad, si tuviera que describirlo, diría que es melancólico, pero eso nadie tiene por qué saberlo. Es un hombre que ha perdido mucho para ganar mucho más. Es un hombre estricto, de ideas fijas, y las cosas deben hacerse en todo momento a su manera.

Pero siempre he creído que, pese a todo, es un hombre justo.

Al menos, hasta anoche.

Porque cuando veo en sus ojos de color miel ya no soy capaz de encontrar la amabilidad que siempre han tenido.

Este hombre es cómplice de cada asesinato que Zeus ordena.

¿Lo sabe Daphne? ¿Sabe lo que un día tendrá que hacer? Asha no lo sabía. Aden no lo sabía.

¿Lo sabe papá o es un secreto incluso para las parejas oficiales de los Jefes?

Quiero preguntar pero no me siento capaz.

Aparto la vista a nuestras manos. La suya es enorme y cubre con facilidad las mías, que he apoyado en el regazo.

—El Hijo de Hefesto y la Hija de Hades han muerto.

Los han atrapado. La seguridad me abofetea y trae el molesto picor del llanto a mis ojos. El rostro se me queda frío; la Asha de mi pesadilla, abierta en canal bajo mis dedos, vuelve a poner su mueca sombría. Sus espasmos son ahora los míos y es como volver a ver morir a Urien sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

Parpadeo en un intento de dejar de ver rojo.

Siento los pies sumergidos en algo más espeso que el agua.

—Fue un accidente —continúa mi padre. Yo no aparto la vista del suelo, de las manchas escarlatas como gotas de lluvia—. Anoche en la fiesta… cayeron desde la azotea. Es… Lo siento, Minna, sé que los conocías desde hace mucho. Que…

Me levanto. Lo hago sin pensar, sin saber qué voy a hacer a continuación. Me está mintiendo. Asha y Aden se marcharon. Pero Olympus no quiere que nadie sepa de eso.

—He pensado que querrías enterarte de la noticia por mí. —Su voz es un susurro ahora y casi parece… apenado.

Pero ¿cómo va a sentirlo? ¿Cómo se atreve a engañarme a la cara y decirme que lo siente, cuando él ha sido responsable también de lo que le podría haber pasado a mis amigos? Si siente algo, si acaso, es que Hades no se encargara de ambos.

—Pronto las redes se llenarán de esto, así que… ten cuidado al entrar. Ya sabes cómo es la gente. Ya sabes las cosas que pueden decir.

No aguanto más. Mis pasos me llevan lejos de él. Que no me vea la cara. Que no vea mi frustración, mi enfado, las lágrimas en los ojos, que pensará que son de tristeza. Que no pueda ver en mi expresión el vacío que siento en el cuerpo, lo hueca que me noto.

Que no tenga la oportunidad de entender que lo sé todo, o yo seré la próxima en esa larga lista de accidentes.

—Minna.

Me apoyo en el arco de la entrada. Las náuseas me dejan un sabor agrio en el cielo de la boca.

No me vuelvo. Contengo la respiración.

—Si quieres hablarlo con alguien…

Sé que no se va a ofrecer personalmente. Sé que me dirá que hay gente que puede ayudarme. Otra gente. Me llevará a ver a un especialista, como pasó cuando perdí a Urien. Cuando murió entre mis brazos, aunque él confiaba en mí. Aunque me miró, mientras se me iba, y vi esperanza y después tan solo aceptación y el principio de su sonrisa orgullosa convertida en poco más que una mueca resignada.

Me dio las gracias por intentarlo. Y después sencillamente cerró los ojos y se fue.

Pero ni Asha ni Aden han muerto entre mis brazos. Ni Asha ni Aden me van a dar las gracias por intentar nada, porque no he hecho nada para ayudarles. No he hecho nada para salvarles.

Pero Asha y Aden están vivos, y la sangre que veo ante mis ojos no es la suya.

—Sólo quiero estar sola —le respondo, con la voz tomada. Con una brusquedad que sé que asociará con la emoción.

—Por supuesto.

Me marcho a mi habitación.

En realidad, lo que menos deseo en este momento es estar sola, porque sé que así, precisamente, es como nos quiere Olympus.

Armand

Siempre he pensado en el espacio como algo muy lejano. Como algo que, si llegaba, sería pasajero. Era sólo un escalón más hacia la cima. Era sólo un vacío (esos vacíos que puedes llenar de grandes cosas que estampar en el currículum con letras doradas, esas hazañas que sólo pueden preceder a cosas más grandes) antes de que llegara mi gran momento. Antes de que llegara el verdadero comienzo de mi vida, los sueños, los focos, la atención de la gente.

El éxito.

Olympus me pide que pase por la Akademeia, que llegue a las estrellas en mi ascenso hacia la cima. Y yo estaba dispuesto a hacerlo. Estaba dispuesto a brillar. ¿No lo tenía todo, para llegar a lo más alto? Belleza, una buena posición en una familia célebre (el hijo de la hermana de Afrodita), contactos, talento, inteligencia, buenos resultados.

Era perfecto. Soy perfecto. Soy lo que cualquier muchacho desearía ser. Una aspiración para la gente de mi Servicio. Estoy donde muchos desean estar pero donde sólo unos pocos privilegiados alcanzan a subir.

Nadie me habló, sin embargo, de que todo eso pudiera desaparecer. Nadie me habló de cómo una noche podría cambiarlo todo. Nadie me dijo que la caída de otros (ni siquiera la mía) podría llegar a matarme.

Y nadie me habló del miedo paralizante a caer.

Ante mí, las estrellas bailan. Es la única imagen que Eunys y Beren parecían querer en su ventana, así que no me he atrevido a cambiarla al entrar, por mucho que me entristezca. Por mucho que verla sólo me haga pensar en todas las veces que pasé aquí, sentado en la cama de la que se ha convertido en mi mejor amiga, riendo con ella o cotilleando o…

Aprieto los dedos entorno a una de sus chaquetas, que me he puesto sobre los hombros. Me queda enorme, pero no me importa. Ni siquiera sé qué es lo que la gente va a pensar que pasó con ella. Ni siquiera sé si a alguien le va a importar. Estoy seguro de que Zeus lo sabe o lo averiguará: hay cámaras de sobra como para encontrarlos en el recorrido que hicieron Asha y Aden desde la azotea, para que hayan visto sus rostros, para que sepan que se escaparon, aunque lo que digan las noticias sea otra cosa completamente diferente.

Marte amanece impactada con la muerte de dos de sus Hijos.

Aden y Asha son lo único que importa ahora. Aden y Asha, en la narrativa de Olympus, han tenido que desaparecer. Un terrible accidente. Una historia de amor, según dicen los foros. La gente habla de ellos hoy, de su historia, recolectan las veces en las que aparecieron en la prensa, se inventan los detalles que les faltan para modelarlos de acuerdo a sus hipótesis.

Mañana seguirán hablando de ellos. Por una semana, puede que incluso por un mes, todos recordarán todavía sus nombres. Dentro de un año, sus muertes (su desaparición) no será otra más de las anécdotas de Olympus que no tienen nombres asociados a ellas. Se convertirán en un «¿Te acuerdas de…?» y una nota triste a pie de página en la historia de alguna otra persona. De sus padres. De sus familias.

Eunys, Beren y Oscar ni siquiera tendrán ese privilegio, como tantos otros les fueron arrebatados. Nadie quiere saber de ellos. Beren ni siquiera tiene familia. A Eunys, a la poca que le queda podrían comprarla. Y Oscar…

No. Me digo que en él no voy a pensar, aunque una parte de mí desearía poder echarle la culpa. Él metió a Aden en este lío. Él lo complicó todo.

Mi eidola suena y yo me encojo un poco más bajo la chaqueta de Eunys, que huele a ella, a la colonia barata que al principio odiaba pero a la que, curiosamente, he acabado por acostumbrarme. No me atrevo a descolgar, y el silencio se instala de nuevo en el cuarto tras un momento. El nombre de Minna parpadea sobre mi brazo. Lo descarto, y es tan fácil que entiendo por qué Zeus jugaría a hacer lo mismo con los nombres de aquellos que suponen en problema en su orden.

Pero yo no puedo hacer desaparecer a nadie, ni quiero, así que un mensaje aparece parar sustituir su nombre, como si la apolo supiera qué estoy haciendo:

¿Dónde estás?

Me pregunto si es necesario responder. Finalmente, llego a la conclusión de que no. Silencio mi eidola, apoyo la cabeza en la almohada de Eunys. Cierro los ojos y, aunque no tengo la intención de quedarme dormido, la noche en vela, la noche de caminar sin rumbo por el Monte Olimpo, me vence. Lo sé porque al abrir los párpados me encuentro con la chaqueta en el suelo y con un leve dolor de cabeza que recuerda a una resaca.

El reloj de mi eidola me confirma que han pasado un par de horas desde el primer mensaje de Minna, al que se le han sumado unos cuantos más.

Los ignoro y salgo de la habitación, no sin un último vistazo, con la chaqueta de Eunys aún en la mano. Con las estrellas impresas tras los párpados, y la sensación de que he perdido mucho más que simplemente unos amigos. Con la sensación de que he perdido una parte de mí.

Duele más de lo que jamás pensé que podía doler que alguien te dejase atrás.

Duele más de lo que jamás pensé que podría doler elegir quedarse atrás.

Minna

Encuentro a Armand en su cuarto de la Akademeia, sentado en su cama, entre los cojines rosas, con la mirada perdida en el colchón de enfrente. Alguien ha desnudado la mitad de la habitación que pertenecía a Aden y, de alguna manera, se siente como si nunca hubiera habido nadie allí. Como si hubieran querido borrar algo y sólo hubieran hecho más evidente el vacío que supone la falta de las pantallas y los cables y la ropa amontonada sobre las sábanas o la silla del escritorio.

Trago saliva. Al entrar, la puerta se cierra detrás de mí.

—No han tardado ni 24 horas —murmura el afrodita por todo saludo.

Me abrazo el estómago.

—En un mes será como si nunca hubiera existido.

—¿Un mes? —Un resoplido—. Dales un par de semanas. Es todo lo que necesitan para hacernos creer que su hermana pequeña siempre fue la única Hija de Hefesto. Y que Hades nunca tuvo una hija, de hecho.

Armand alza al fin el rostro y me enfoca. Todavía lleva puesta la ropa de anoche; todavía lleva el maquillaje intacto. Los ojos rojos, sin embargo, me informan de que ha estado llorando.

Me acerco un par de pasos, hasta sentarme en el borde de su cama, y yo también centro la vista en lo que ya no está.

—¿Cómo me has encontrado?

—No las tenía todas conmigo. Tu madre me dijo que no habías pasado por casa, y este es el único lugar que se me vino a la mente. Si no hubieras estado aquí, no sabría dónde buscar a continuación.

Él deja escapar un sonidito del fondo de su garganta que no sé interpretar. Supongo que tampoco hace falta.

—¿Y para qué me buscabas?

—No quería estar sola.

Es cierto. Y, en este punto, tampoco sabía a quién acudir. Podría haber cogido una lanzadera y haberme presentado en casa de Ianthe, pero no me he atrevido. Todavía no ha visto mis mensajes, y ni siquiera sé si quiere ver a nadie. No sé siquiera si puedo entender su dolor. O si su dolor, de hecho, no será más de lo que puedo soportar en este momento.

Noto los ojos de Armand sobre mí. Noto, también, el momento de duda. Al final, sin embargo, alarga el brazo de manera invitadora, y yo me arrastro hacia él. Me dejo caer a su lado, con mi mejilla contra su camisa, y él me abraza. Durante un momento, como anoche, nos quedamos en silencio, simplemente agradeciendo la compañía del otro. Nos sostenemos, de alguna manera. Es curioso, porque nunca me he considerado especialmente cercana a él, pese a todos los años desde que lo conozco. Todo el mundo sabe que Armand no se queda con una sola persona. O, al menos, no lo hacía hasta que conoció a Eunys.

—Vamos a estar bien —susurra al cabo de un rato. Pero no sé si está intentando convencerme a mí o a sí mismo.

—¿Vamos a estarlo de verdad? ¿Realmente puedes… fingir que no ha pasado nada? No me lo creo, Armand. Eran nuestro grupo. Eran tus amigos. Tu oficial. Tu compañero de cuarto. Tu mejor…

—¿Y qué pretendes que hagamos? —me interrumpe—. ¿Que digamos que lo sabemos todo? A lo mejor quieres presentarte ante los ares y… ¿Qué? Dime qué quieres. —Su voz se vuelve helada. Sus dedos se crispan contra mi hombro—. ¿Denunciar a Zeus? ¿A los Jefes? No puedes ser tan inocente. No puedes creer que existe la justicia en este mundo.

Aprieto los labios y me aparto de él.

—No puedo simplemente…

—Sí —me corta, y cuando ve que voy a protestar, continúa—: Ibas a decir que no puedes simplemente quedarte quieta, ¿no? Pero sí puedes, porque eso es lo que te va a mantener viva.

Parece frustrado. Parece molesto por tener que recordarme una cosa así. Y, al mismo tiempo, pronuncia las palabras con tanta tranquilidad que no puedo evitar enfadarme con él. Con que tenga tan asumido el discurso. Con que esté dispuesto a mantener lo que ocurrió anoche en un rincón de su mente, alejado de todo. No quiero olvidar a Asha o a Aden. Y sé que él tampoco, como no va a poder simplemente borrar a Eunys de su vida. Entonces, ¿por qué se resigna? Tiene que haber algún modo. Tiene que haber alguna forma de proteger a nuestras familias y, al mismo tiempo…

—Tengo miedo —dice. Y es como si hubiera leído mis pensamientos—. Estoy aterrado. No he podido volver a casa porque sé que soy capaz de seguir con mi vida. Porque sé que soy capaz de dejar de pensar en ellos y dejarme llevar por la corriente y crear una rutina. Porque sé que, si veo a mis madres, las abrazaré y no les contaré nada. Y todo volverá a su curso y… —Armand se pasa las manos por el pelo y deja la cara oculta entre sus brazos—. Al final se convertirán en un mal sueño. Volveremos a la Akademeia y trataré de hacer lo que pueda y después tendré un trabajo asegurado y brillaré y…

Calla. Porque, en realidad, no hay mucho más que decir. Una vez salgamos de aquí, con nuestro título bajo el brazo, no habrá mucho más. Trabajaremos para Olympus; haremos nuestras vidas. Nos acomodaremos, como lo han hecho otros tantos; formaremos una familia, si queremos una. Los años pasarán. Y algún día, probablemente, miraremos atrás y nuestro cerebro habrá borrado sus caras de nuestros recuerdos, porque no tendrán más importancia. Porque no tendrán nombres, siquiera.

Porque todos somos reemplazables.

Al final, Olympus tiene razón, y la idea me provoca un rechazo casi visceral.

No somos nadie.

—Y no quiero, Minna —continúa Armand—. No quiero que eso ocurra…

Lo escucho sollozar, pero no soy capaz de moverme. Sólo puedo observar el vacío que ha dejado Aden en la habitación, el colchón desnudo, el armario en el que no queda nada, el escritorio desocupado. El fantasma que ha dejado tras de sí.

¿Cuánto tardarán en sustituir esa vacante por un nuevo alumno?

Bajo la vista a mis manos temblorosas.

¿Por quién voy yo a sustituir a Asha en la enfermería, cuando hablábamos sobre sus problemas? ¿Quién pilotará la Eros o nos hará fotos? ¿Quién vendrá a la enfermería de mala gana, porque ha hecho algo inconsciente mientras entrenaba porque «no se sabe cuándo puede necesitar luchar cuerpo a cuerpo»?

Extiendo mi brazo y apoyo mis dedos sobre los de Armand. Él se aferra a ellos casi sin pensar.

—Todo va a estar bien —le digo.

Esta vez, sé que no es a él a quien intento convencer.

Armand

Vuelvo a casa con la última luz del día y me encuentro a mis madres esperándome, con los rostros tensos y tristes, con la certeza de las malas noticias en los ojos y la calidez del consuelo y de un abrazo que me espera. No dicen nada porque saben que he leído los titulares, porque saben qué ha pasado.

Su información es falsa, pero nadie pregunta. Sólo me dicen:

—Lo siento, cielo.

—Todo va a salir bien, cariño.

Me rodean con sus brazos y, durante los siguientes días, todo en lo que puedo pensar es que quizá no esté todo perdido, quizá algo cambie el rumbo de los acontecimientos.

Quizá, si llego a creerme que todo está bien, en algún momento se haga realidad.

Minna

El silencio en casa es ensordecedor cuando vuelvo. No hay nadie esperándome; yo decido que prefiero que sea así.

Durante los siguientes días, mis padres y mis hermanas caminan a mi alrededor con pies de plomo. A mí me gustaría tener una excusa para estallar, para gritarles y demostrarles que estoy viva, que tengo voz, que todavía puedo luchar y morder.

Me siento como una traidora, pero no creo que sea a Olympus a quien le debo mi lealtad.

Armand

Ianthe está en su cuarto (el cuarto que compartía, un cuarto al que le han arrebatado ya la mitad de su personalidad), aunque al principio ni siquiera me doy cuenta de que es ella. No hasta que se vuelve, al menos. No hasta que soy consciente de lo que se ha hecho en el pelo.

Entreabro los labios.

—¿Dónde está tu uniforme?

La voz de Minna, a mi lado, sale con más dureza de lo que supongo que pretendía. Su boca se aprieta en una fina línea; sus ojos, entornados, parecen a punto de desbordarse.

Ianthe suspira y se gira por completo. Lleva un cojín entre las manos (lo he visto antes, sé que es de ella pero solía estar sobre la cama deshecha de Asha) que retuerce nerviosamente antes de coger aire y enderezarse. Efectivamente, va vestida de calle, de un verde más oscuro al que nos tiene acostumbrados. Su silencio se alarga por lo que me parece una eternidad, y yo no sé si es porque no quiere hablar o porque no encuentra la fuerza para hacerlo.

—Abandono.

La palabra tiene la fuerza suficiente para golpearme el estómago y helarme el pecho. A Minna la deja plantada en el sitio.

—Voy a trabajar para mi madre. Me volcaré en mi Servicio. Me… —Tropieza con las vocales y las consonantes, como si cada uno de esos planes la retuviese contra su propia voluntad—. Me voy de Marte. Por un tiempo, al menos. Nunca hay suficientes naves de exploración e investigación.

Minna parece a punto de echarse a llorar. Yo siento ganas de coger a Ianthe de los hombros y sacudirla, de pedirle que no se marche. No quiero perder nada más. Se supone que la élite nunca pierde. Se supone que he estado estudiando y esforzándome para no hacer otra cosa que ganar. Así es como debería funcionar: los que más trabajan son los que más reciben. Los que se centran en su objetivo y están dispuestos a todo por él son los que se alzan victoriosos, los que consiguen el éxito, los que…

—Nunca hay suficientes tripulantes, tampoco. En el caso de que vosotros también necesitéis tiempo y espacio.

La muchacha no sonríe cuando nos hace el ofrecimiento. En cambio, nos mira con esperanza y una súplica que entiendo demasiado bien.

—¿Quieres… dejarlo?

Minna despierta de su entumecimiento y parece tambalearse, como si la hubieran alcanzado con un arma. Como si le hubieran arrebatado el último pedazo de realidad que la salvaba de caer al vacío.

—¿Y qué vamos a hacer aquí, Minna? —murmura Ianthe—. Cronos se ha quedado en seis personas. No somos suficientes para seguir en la competición. Y aunque lo fuéramos, aunque los de Rea cubran los huecos, ¿de verdad querríais quedaros para verlo? Sin la Eros, con el recuerdo de los demás en todas partes, conscientes de lo que fuimos o de lo que podríamos haber sido…

El nudo en la garganta aparece en su voz. Nos mira, primero a su amiga y luego a mí, que no puedo más que apartarle la mirada.

—Yo ya he tomado mi decisión. Vosotros no tenéis por qué hacerlo ahora. Pero os estoy ofreciendo un trabajo de verdad, bien pagado, lejos de aquí. Y, si todo sale bien, quizá una forma de ayudar a hacer de este mundo un lugar mejor.

Sacudo la cabeza. No quiero escucharlo. No quiero atender a nada de lo que tenga que decirme. No quiero que me convenza de que lo estoy haciendo mal o de que este no es mi camino. Siempre ha sido mi camino. Siempre he sabido que acabaría aquí, que entraría en Cronos, que me graduaría con honores, que lo haría todo tal y como se esperaba de mí.

No es sólo que sea mi sueño.

Es que es todo de lo que siempre he estado seguro.

—¿Armand?

Me detengo a punto de salir del cuarto.

—Conmigo no cuentes.

No necesito girar la cabeza para saber que la he herido, así que no lo hago.

Minna

La Minna del espejo no parece tener diecisiete años. Supongo que es el nuevo uniforme, la forma en la que la camisa y los pantalones no se parecen en nada a la túnica y las mallas de la Akademeia. Puede que sea el hecho de que sus ojos han visto y entendido más de lo que se espera de ella. Puede que sea, simplemente, que ya no me siento la misma que la de hace unas semanas.

Puede que ya no quiera ser la misma que la de hace unas semanas.

He estado pensando mucho en eso. En cómo hacemos cambiar a los otros y en cómo nos cambiamos a nosotros mismos con cada una de nuestras decisiones. Supongo que porque una parte de mí quiere creer, también, que hay un momento, un lugar, una decisión, que nos ha hecho quienes somos. Un momento al que, si pudiéramos volver, arreglaría todo.

Aunque no podamos.

Yo ya no puedo volver a esa noche en la azotea, al igual que supongo que Apolo no puede volver al momento al que decidió aceptar su cargo.

Y tampoco puedo volver al momento en el que accedí a formar parte de la tripulación de la Melíone y firmé el contrato, por mucho que creo que a mi familia le gustaría que así fuera, por las expresiones en sus caras cuando aparezco con la maleta en la sala, lista para marcharme.

Nadie habla de errores, sin embargo. Nadie menciona que una nave de Deméter no es mi lugar. Apolo me abraza y me besa en la frente, y sus labios me abrasan como si me marcara a fuego la piel. Mis hermanas me besan las mejillas, aunque sólo Aelia me susurra buenos deseos al oído. Daphne me observa como si la hubiera decepcionado y yo sé que así es. Papá, con su tranquilidad habitual, suspira y me abraza y me recuerda que todos me quieren.

La mentira no se me mete bajo la piel esta vez, quizá porque nadie me acompaña hasta la puerta. Quizá porque nadie se ofrece a llevarme a las afueras. Quizá porque nunca me he sentido más sola que mientras veo pasar los edificios tras las ventanas de la lanzadera. Mientras veo pasar los campos.

Y, con el tiempo, supongo, mientras veo pasar los días en el espacio.

Armand

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? No me lo has dicho todavía.

Ianthe está a mi lado, impecable en su nuevo uniforme. Yo, por supuesto, lo estoy todavía más. La insignia de comandante brilla sobre mi pecho, contra mi camisa nueva. Su peso es agradable, quizá porque me recuerda a que tuve el mismo puesto en la Eros. Al parecer, la deméter ha considerado que puedo volver a ejercer el mismo papel en su nave, aunque nuestro equipo sea diferente.

Observo las pantallas. Queda todavía media hora para el despegue, pero hay que estar pendiente de las comunicaciones que entran y de que todo esté preparado para salir de la atmósfera de Marte.

—Me abandonasteis en la Akademeia. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Si realmente hubieras querido quedarte, estoy segura de que habrías encontrado la forma.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque se trata de ti, Armand.

Alzo la vista. Ianthe me está mirando con esos ojos verdes suyos, y durante un momento creo que puedo entender la fascinación de Asha, al margen de lo guapa que pueda ser. Es algo efímero que pasa rápido detrás de su mirada, algo que se te escapa con facilidad si no estás prestando atención.

—Oh, vas a hacer que me ruborice —digo, al tiempo que convoco la sonrisa en mi boca. Es un poco más fácil cada día, ponerlo todo bajo ella—. Pero, ¿cómo ibais a sobrevivir sin mí en el espacio?

—Más bien me pregunto cómo vamos a sobrevivir a ti en el espacio.

Ambos nos volvemos hacia Minna, que se acaba de apoyar en el respaldo de mi silla.

—Admítelo: no tendríais nada que hacer sin mí.

—Y por eso nos alegramos de que hayas venido.

Nunca pensé que Minna, de todas las personas, pudiera desarmarme, pero esas palabras lo consiguen. No es por la forma en la que las pronuncia o por cómo las elige. Es porque sé que es cierto.

Y aunque no se lo voy a decir, esa es una de las razones por la que estoy aquí hoy. Por la que, de todas las decisiones que podía haber tomado, las he elegido a ellas: porque son lo más sincero a lo que me puedo aferrar. Porque son el resto de esa vida que teníamos en la que realmente creo que llegué a sentirme feliz. A ser yo mismo. A… pensar que quizá había algo más que competición y trabajo.

Tampoco les voy a decir que pensaba en Asha gritándome que tenía que ser la puta estrella otra vez. Pero no quiero serlo a ese precio, como nunca quise serlo al precio de la vida de Urien. No les voy a decir, tampoco, que he hablado con la hermana de Aden y fui consciente de que nunca podría mirarla a la cara si me la cruzaba en algún evento. No les voy a decir que pasé por el barrio de Eunys y Beren, muy a las afueras del Monte Olimpo, y no soporté la idea de nunca haberme preocupado por ver de cerca lo que era su vida antes de la Akademeia.

Y, por otra parte, tengo una familia en Marte, dos madres a las que adoro, muchísimas personas dispuestas a ser mis amigos o líos como Diane, que cuando supo lo que iba a hacer me dijo con sincera preocupación que estaba cometiendo una estupidez. Pero no es lo mismo. Creo que ya no podría imaginarme mis días sin la sonrisa cálida de Ianthe o los comentarios cáusticos de Minna. Incluso sin la amabilidad y suavidad de Philo, que fue el primero en aceptar la propuesta de Ianthe y parecía realmente agradecido de tener una alternativa a la Akademeia, o la serenidad contagiosa de Satomi, a quien no he dudado en convertir en mi oficial aunque sepa que para mí nunca se podrá comparar a la anterior que tuve, porque ella no me enfrentará con la dureza y la impulsividad de Asha, no me retará, probablemente nunca me conozca como lo hacía ella. A Dyra también la hemos perdido, pero al menos ha sido por su propia decisión.

Nuestros dos compañeros se nos unen ahora, precisamente, y los escucho hablar a todos. Los observo, como hago siempre con todo el mundo, pero quizá esta vez de manera un poco diferente.

Sé que no somos una familia completa, que los huecos que han dejado Asha y Eunys y Aden y Beren y Oscar no los va a llenar nadie. Tampoco es lo que quiero.

Supongo que, al final, sólo nos marchamos de Marte para aprender a vivir con el vacío.

Aunque sabemos que, después de todo, el vacío va a seguirnos allá a donde vayamos.


 

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1 comentario en “Relato: Quienes se quedan atrás”

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