El sol y la mentira, La furia y el laberinto, Olympus, Relatos

Relato: Al borde del abismo

¡Felices fiestas a todo el mundo!

Si nos seguís en Twitter, ya sabíais que estábamos preparando un relato como regalo. La verdad es que no podíamos pasar por estos días sin agradeceros todo el cariño que nos habéis dado este año, a nosotras y a nuestras historias. No podríamos estar más contentas con el recibimiento que han tenido El sol y la mentiraAnne sin filtros La furia y el laberinto. ¡Estamos muy emocionadas! Por nuestra parte, desde luego, lo único que le pedimos a 2022 en estos tiempos tan inciertos es poder seguir contando historias.

El relato que os traemos a continuación contiene spoilers del final de La furia y el laberinto, así que, si no lo has leído, ¡no sigas leyendo! Está narrado desde el punto de vista de Armand y se sitúa entre el penúltimo y el último capítulo de la novela. Como siempre, los créditos por el encabezado de Armand van a Xènia Ferrer, la ilustradora oficial de la saga de Olympus.

¡Esperamos que os guste mucho!

Al borde del abismo

Encabezado de Armand (El rostro de Armand enmarcado por una corona de laurel)

Supongo que la noticia tendría que haberme preparado. Supongo que tendría que haber dado por hecho que la muerte de Hefesto no quedaría solamente en un rumor en boca de todos. 

Que iba a traer consecuencias. 

Incluso a mí.

Aun así, no puedo evitar sorprenderme cuando abro la puerta, cerca de medianoche, y encuentro a Enid en el pasillo de mi edificio, vestida con un abrigo rosa que intenta cubrir su ropa dorada. Con las gafas de sol puestas para ocultar unos ojos que ambos sabemos que no podría esconder de otra manera.

Trago saliva. Durante un instante me parece estar enfrentando un espejismo, porque hace demasiado tiempo que no está aquí. Que ella y yo ni siquiera estamos tan cerca. Durante un instante me parece haber vuelto atrás en el tiempo, a otras veces en las que se presentó en mi puerta. A una vez que hace que sienta un dolor sordo en el cuello. Y a otra más en la que yo mismo la traje hasta este piso, donde reímos como si no tuviéramos ninguna preocupación en el mundo.

Cojo aire de forma entrecortada y me hago a un lado sin una sola palabra para dejarla pasar. Ambos lanzamos un vistazo al pasillo del edificio una vez está dentro. Ambos sabemos que nadie, nunca, debe saber que Zeus ha venido hasta esta puerta.

Doy unos pasos tentativos dentro de mi propio apartamento, temiendo que las piernas me cedan, y me apoyo en el respaldo del sofá. Ella se quita las gafas. Sus ojos dorados parecen examinarlo todo. Nada ha cambiado aquí dentro, sin embargo. Todo está como debe de recordarlo, excepto por alguna imagen nueva añadida al portafotos. En las ventanas opacadas brilla un cielo nocturno: mis recuerdos del espacio más profundo, plagado de estrellas y ese silencio que ya no soy capaz de encontrar en mi cabeza desde que la conocí. 

Lo último que examina de la habitación es a mí. Nuestras miradas se encuentran y yo, como cada vez que lo han hecho en una fiesta, como cada vez que la veo en las noticias o en redes sociales, contengo la respiración. Al principio lo hacía también cuando alguien pronunciaba su nombre. No. No tu nombre, aunque «Zeus» se ha convertido en un hechizo para mí. Pero tú no eres simplemente Zeus. Eres algo que tiene mucho más poder sobre mí. Eres el sol. Aquí, ahora, al contrario que en cada medida aparición en los medios, veo que sigues siendo Enid.

Aquí, ahora, me torturo pensando si todavía tendríamos una oportunidad.

Sé la respuesta incluso antes de terminar de plantearme la pregunta.

Ambos tomamos aire a la vez. Ella es la primera en apartar la vista. En fijar su atención en la imagen del espacio que adorna mi ventana.

—Tengo que contarte algo rápido —escupe. Y sé, porque la conozco, que todas sus palabras están medidas. Como si este encuentro no fuera más que otra función que ha preparado—. Tú decides qué hacer con ello, eso no es mi problema. De hecho, antes de que me digas nada, no quiero que me lo cuentes.

Su tono es duro, pero por debajo de él me parece entrever una fisura. Su situación es complicada. No quiere verse inmiscuida más de lo necesario en nada que concierna a los rebeldes. Y, al mismo tiempo, me está ayudando a defenderlos. Una nota pasada por medio de Gina me informó de que pensaba convertir la caza de Asha en un espectáculo. Me dijo que crearía HÉROE. Su aviso nos dio tiempo a prepararnos, a crear cebos y distracciones, a ocultar a la verdadera Asha tras una cortina de humo.

Pero ni siquiera así hemos podido evitar que alguien la encontrase.

—¿Tiene esto algo que ver con Talía Demir?

Enid se gira hacia mí con una pregunta en la expresión.

—Sé que los descubrió —le confieso. Hubo un tiempo en el que sentía placer en saber tanto o más que una zeus. Hubo un tiempo en el que habría dejado que ella me contase lo que supiera antes de permitirme hablar. Supongo que esos juegos se han terminado, sin embargo. Que ambos preferimos que esto sea lo más indoloro posible—. Ella y su equipo. Sé que… sabe mucho. Y supongo que no es casualidad que Hefesto haya sufrido un paro cardíaco justo cuando su Hija vuelve a Marte. Sé que no vais a decir nada, pero lo ha hecho ella, ¿verdad? Ha matado a su propio padre.

Me sorprende seguir sabiendo cuándo prefieres volverte esquiva y no responder a algo. Y cuándo tu silencio, de alguna manera, está contestando a mi pregunta.

—Si sabes todo eso, sabrás también que han… descubierto esa especie alienígena que ha estado colaborando con la rebelión. 

Esta vez soy yo quien aparta los ojos primero.

—Tus amigos tendrían que haber hecho algo. Ahora hay tres nuevos zeus, una Jefa y un Hijo con demasiada información. Y el cadáver de una de esas criaturas está abierto en canal en los laboratorios de Hera. Estoy con las manos atadas, Armand. 

—¿Un nuevo Hijo? —repito yo, perdido. 

Enid sacude la cabeza. 

—Aster Sanda, uno de los integrantes del grupo. Ha pedido ser el sucesor de Hera; se anunciará en los próximos días. Un problema mínimo y, al mismo tiempo, en absoluto. Creo que es demasiado listo. No me gustan las personas demasiado listas en el poder, y ahora tengo dos de los que preocuparme. 

Trago saliva al escuchar el nombre del hermano de Urien. Me pregunto si es alguien a quien todavía podemos poner de nuestra parte. Pero matamos a uno de sus amigos, ¿verdad? Y antes de eso, ¿hasta qué punto matamos a su hermano? ¿Hasta qué punto no fui yo quien tuvo la culpa de que bajase la guardia y…?

No. No puedo pensar en esto ahora. 

—Crees que tendrían que haberlos matado a todos, ¿no?

—Empiezo a plantearme que no sois lo suficientemente fuertes para hacer lo que tenéis que hacer.

Aprieto los dientes. De alguna forma, su seguridad se siente como una puñalada. Porque sé que yo, al final, no hice lo que debía. Incluso si es por eso por lo que ella está aquí ahora, colaborando, en vez de haberme dado la espalda por completo.

—La rebelión no funciona así. No asesinamos a sangre fría.

—Y sin embargo, uno de su grupo murió. Podríais haber llegado hasta el final. Vais a tener que hacerlo, porque te diré quiénes no se lo piensan dos veces antes de matar a sangre fría: nosotros. Dejad de fingir que sois mejores o nunca tendréis una oportunidad. 

No somos mejores. No creo que lo seamos. Al final, todos salimos del mismo sitio. Todos nos hemos criado en el mismo sistema. Lo que ella no sabe es que Asha no había matado hasta el momento. Que la mujer a la que Olympus está buscando está destrozada pensando en que su tiro fue uno de los que asesinó a ese chico, pero él iba a acabar con todos los demás. Pensaron que Aden corría peligro y actuaron. Oscar no se culpa, Beren no se culpa. Pero Asha, por supuesto, sí. Asha se sigue preguntando si había otra opción. Asha lleva días pensando cuántas muertes carga ya sobre sus hombros, siendo ella la que disparó o no. 

Yo también me he preguntado cuántas hay sobre los míos. Cuántas más va a haber.

Puede que no seamos los que disparamos, pero tampoco somos inocentes, ¿verdad? Aunque Asha estuviera intentando seguir unos límites. Lo único que salvó a esos chicos, o a la mayoría de ellos, fue Talía y la culpa por un antiguo compañero. 

Aun así, hay quienes piensan incluso dentro de nuestro propio grupo que fue un error dejarles ir. Beren y Asha han discutido. Beren, por primera vez, estaría de acuerdo en algo con Enid. Elain, probablemente, también. 

Pero esta es una conversación que no quiero tener con Enid.

—¿Y qué va a pasar ahora? Con los esianos.

Ella sacude la cabeza, como si pensara que me gusta torturarme. Pero la realidad es que necesito toda la información que pueda conseguir. Necesito que me diga paso por paso lo que va a hacer.

—Iremos tras ellos. Se los buscará, en Hellas y en cada rincón del imperio. Se los considera demasiado peligrosos y se sabe que han estado sustituyendo a humanos, se sospecha que han podido robar identidades enteras. Nadie lo va a permitir. Sabemos cómo identificarlos, así que ellos son ahora el objetivo. Eso es precisamente lo que venía a decirte.

—¿Y también harás de esto un espectáculo?

Ella entrecierra los ojos ante el reproche. 

—Hace no tanto te gustaba que todo fuera un gran espectáculo, ¿no?

La sonrisa que esbozo no tiene nada de feliz. Ni siquiera es de diversión.

—Estaba bien cuando éramos nosotros interpretando un papel. No cuando hablamos de la vida de la gente.

—Siempre ha sido sobre la vida de la gente, Armand. Incluso cuando era sobre tú y yo.

Sé que tiene razón. Quizá por eso sus palabras se clavan todavía más hondo. Quizá, también, porque solamente podemos hablar de ello en pasado.

—¿Eso es que sí? ¿Sacaréis esto a relucir? ¿Convertiréis a una especie entera en el nuevo enemigo de Olympus?

Enid aprieta los dientes.

—He venido a advertirte porque no hay nada que pueda hacer para detener eso. He conseguido disuadir las ideas de simplemente aniquilarlos, pero los marcarán, como mínimo. Ya se está buscando la manera de anular sus capacidades para que siempre tengan que ir a cara descubierta. Se aceptará a aquellos que quieran pertenecer a la sociedad de Olympus y demuestren no tener implicación con los rebeldes… pero será con condiciones. Ese será el discurso. Y después, no hay nada que esté en mi mano para evitar lo que el resto de la gente hará con esta información. El miedo, el rechazo o la violencia, porque los habrá.

Noto las uñas clavándoseme en las palmas de las manos y sé que es el momento de respirar hondo. De intentar relajarme y pensar fríamente. Tengo que hablar con Elain. Con Asha. Tengo que advertir a Oscar, decirle que los suyos deben salir de Hellas. Y, al mismo tiempo, si hiciéramos eso, si consiguiéramos sacarlos de ahí… ¿Qué sería lo siguiente? ¿Los esconderemos? ¿Los pondremos a luchar?

Es toda una especie. Y si huyen, ¿no será peor? Olympus no descansará. Considerará que están implicados con los rebeldes. Que todos merecen morir.

Noto el sabor de la bilis en la lengua. Noto mi miedo. Y, de alguna forma, noto también el de Enid. Porque sé que realmente se está esforzando por ayudar. Ella no quiere ver a nadie marcado. Ella no quiere ver a nadie muerto, pese a sus palabras hacia la rebelión. No quiere una masacre.

—Está… Está bien. Haré… —Sacudo la cabeza. No quiere saber lo que voy a hacer yo. No quiere los detalles, porque eso sólo lo hará todo más difícil. Y puedo respetar eso—. Haremos lo que podamos.

Enid asiente. Sus ojos se apartan y sé que lo siguiente va a ser ella. Se pondrá las gafas, se arreglará el abrigo y saldrá por esa puerta. Y cabe la posibilidad de que no vuelva jamás. De que no tenga la oportunidad de volver a hablar con ella jamás. 

Supongo que por eso extiendo la mano cuando pasa por mi lado. Supongo que quiero retenerla un poco más, quedarme con su luz y su calor. Las puntas de mis dedos rozan la base de su palma. El interior de su muñeca.

—Enid.

El nombre se escapa de mis labios en un susurro. ¿Cuánto hace que no te llaman así? ¿Cuánto hace que no usan tu nombre? ¿Cuánto hace que nadie ve más allá de la brillante cubierta, del nombre de un dios, del poder de Zeus? 

Ella se queda muy quieta, demasiado cerca como para que no pueda evitar recordar lo que era tenerla a mucha menos distancia. Veo su rostro. Veo el momento en el que sus labios se entreabren.

Y tengo la seguridad de que no soy el único que sigue quemándose. 

Su mirada se alza hacia la mía, porque nunca la evitó. Porque siempre ha aceptado los retos. Porque no deja de ser la más valiente de los dos, la que sigue dispuesta a todo. No aparta su mano y yo me pregunto si es sólo para permitirme esa última caricia o porque en el fondo no quiere dejar de sentir mis dedos en su piel.

¿Qué harías ahora si te abrazase, Enid?

¿Aceptarías besarme si me inclinase hacia tu boca una vez más, como he hecho tantas veces en mis sueños durante los últimos meses?

Temes que en la rebelión no seamos lo suficientemente fuertes como para hacer lo que debemos. Pero si realmente fuera así, ten por seguro que nunca te dejaría marchar. Que nunca dejaría de buscarte, en cada fiesta, en cada acto. Si no me contuviese, tendrías sobre tu escritorio una caja cada semana, con un nuevo vestido o un nuevo traje en su interior.

Pero porque soy demasiado consciente de mi deber, aunque me rompa el corazón, dejo escapar tu mano una vez más, con una caricia que me derrite los dedos. Con un susurro y tu nombre cayendo como cera de mis labios:

—Gracias, Enid. Por todo.

Aprietas los labios. Y justo cuando ya no te espero, tus dedos se levantan y tocan mi rostro. Es apenas un roce, pero yo no puedo evitar mover mi cara hacia él intentando hacerlo más real. Intentando hacerte más real, porque siento que hoy lo eres menos que nunca. Me pregunto cuánto tiempo más vas a poder hacer esto antes de romperte. Cuánto tiempo vas a seguir jugando con tus propias reglas antes de perderte en el juego.

—Suerte —susurras. 

Das un paso hacia mí. Yo contengo la respiración cuando tu pulgar roza mi boca. Cuando creo que lo harás y que yo dejaré que lo hagas aunque después vaya a doler todo mucho más. Pero sabes que no sería buena idea, ¿verdad? Sigues siendo la persona que intenta que todo sirva para algo y ese beso que nos quema en la boca no serviría para nada más que para seguir destrozándonos. Por eso tu mano cae. Por eso el paso vuelve atrás. Por eso solo hay una última mirada. 

Por eso te marchas y yo vuelvo a perderte.


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