El Ministerio del Tiempo: los sentimientos son los que son

Hola, lectores. Aquí Iria. Hoy no venimos con ninguna noticia sobre nuestras novelas, hoy es uno de esos días en los que me adueño de la web para hablar de aquello que me apetezca hablar. Y hoy, ese algo es una serie que, si me seguís en redes, sabéis que me encanta.

Ayer se puso punto y final a la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo, una ficción que -inesperadamente, porque cuando se anunció no esperaba absolutamente nada de ella- se ha convertido en una de mis favoritas de los últimos tiempos. Si habrá una tercera temporada o el capítulo que vimos ayer ha sido el completo final, nadie lo sabe, y quizá es eso lo que me anima a escribir esta entrada.

Quiero hablaros del Ministerio del Tiempo, pero no voy a decir lo que todo el mundo ha dicho ya: que el Ministerio es la primera serie española que crea semejante fenómeno social, que es una serie didáctica, que aprovecha el universo transmedia como nadie… Eso ya lo sabéis. O deberíais, si estáis en esta entrada. El Ministerio es una serie especial, objetivamente, por mil motivos. Pero yo no soy crítica, y esta web no va de analizar series. Cuando hice la crítica hacia After hablé de todo lo horrible que podía haber en ese libro, hablé de mensajes, no hablé de literatura como tal. Hoy quiero hacer algo parecido con el Ministerio: quiero hablaros de sus mensajes, en este caso positivos, de mi interpretación y de mis sentimientos al respecto.

Y esto, por supuesto, es mi opinión. Ni menos, ni más. Así pues, vamos a por mis razones por las cuales el Ministerio del Tiempo debe ser vista, disfrutada y, sobre todo, pensada. No habrá spoilers por si alguien lee esta entrada sin haber terminado la serie o sin haber empezado siquiera.

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1. Porque es una serie humana.

El Ministerio del Tiempo es la prueba evidente de que la fantasía siempre ha hablado de la realidad, por más que algunos se empeñen en decir que es un género de escapismo (¡ja! ¡como si los autores de fantasía fuéramos Houdini, no te jode!). El Ministerio te habla de tú a tú de temas que importan y que todos podemos comprender: la vida, la muerte, la familia, el amor, la identidad… Habla incluso de la actualidad de nuestro país. Nos han enseñado a un personaje que viene de los Tercios parando un desahucio y a personas que pueden viajar por el tiempo quejándose de su sueldo. El Ministerio no trata de contarnos grandes tramas enrevesadas (aunque también las tenga) sino que trata de hablarnos de nosotros mismos, de sentimientos, de emoción. El Ministerio del Tiempo es grande porque te identificas. Porque tú también puedes ser uno de sus funcionarios, o al menos tienes una vida como la de ellos. Bien, puede que no viajes por el tiempo, pero esa es la única diferencia. Porque, bien pensado, ¿de qué les sirve a los funcionarios viajar por el tiempo?

2. Porque nos enseña a aceptar el dolor. A aceptarnos.

Precisamente respondiendo a mi pregunta anterior va esta respuesta: el Ministerio te habla de personas y te habla de su dolor. Te habla de la ruptura de varias familias, de la pérdida de seres queridos, del deseo de una muerte digna, de la responsabilidad de nuestras equivocaciones. Te habla de muchas cosas y, sinceramente, algunas muy poco agradables. Y te habla de esas cosas con personas que podrían cambiar lo que quisieran… y no lo hacen. Quiero que subrayemos esto: tienen ese poder, y no lo usan para cambiar el dolor que hay en su vida. Podrían hacerlo desaparecer todo, podrían hacer que todo fuese a mejor según sus propios deseos. Y no lo hacen.  Y, venga, ¿realmente pensáis que son las “leyes” del Ministerio lo que los detiene? ¿”El tiempo es el que es”? Las leyes, el lema, le importan una mierda a las personas realmente desesperadas. De hecho, hay personajes así que cambian su historia, o que lo intentan, pero ¿va de eso, la serie? ¿De cambiar nuestra historia? No. De hecho, va de todo lo contrario. Va de aceptarla y superarla. El hecho mismo de que el Ministerio tenga que preservar la Historia de España, sabiendo todos los errores que hemos tenido, es una muestra de ello. Pero sobre todo la muestra está en los personajes: todos ellos, incluso Julián, terminan aceptando el dolor que hay en su vida. Siguen adelante con él, sin cambiarlo, o cambiando cosas cuyo resultado pueden incluso acarrearles más dolor.

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Cuando crees que te han jodido suficiente y descubres que te pueden joder todavía más. Esa es la vida de Julián.

Al final, todos los personajes sufren, y todos los personajes, sin excepción, aceptan ese sufrimiento como una parte más de su vida. El Ministerio nos enseña a aceptar cosas complicadas, muy complicadas. Nos dice que en el mundo, a todas horas, pasan cosas injustas, y que también hay que aceptar eso porque no siempre podemos hacer algo para evitarlas; o que muere quien no merece morir, porque la Muerte no entiende de méritos.

El mensaje del Ministerio, si lo pensáis, es muy duro. Pero también es, exactamente, lo que necesitamos en una televisión que se empeña en darnos anestesia ante los problemas.

3. Porque habla de la familia. De la que tenemos y de la que elegimos.

Sigo respondiéndome a la pregunta planteada en el primer punto: ¿de qué les sirve a los funcionarios viajar por el tiempo? Aparte de para aceptar su dolor en vez de corregirlo, les sirve para formar nuevas familias cuando están desamparados. Pensémoslo fríamente: los personajes del Ministerio son personajes desarraigados de su propia época, personas que, en un principio, se han quedado sin nada o que simplemente no están cómodas en su lugar de origen. Irene viene de una época en la que no podía ser quien quisiera; Amelia de un hogar donde la constriñen en unas leyes y unas expectativas que no comprende ni comparte. Julián ha perdido a su pareja, que era todo lo que tenía junto con un trabajo del que le despiden. Alonso, por su parte, se ve obligado a renunciar a todo para conseguir vivir.

Cuando digo que en el Ministerio se generan nuevas familias no hablo de papás y mamás, antes de que Amelia Folch, si lee esto, se ponga pálida de horror y salga huyendo. Hablo de la familia que elegimos, la familia de los amigos, de los de verdad, de los que, en palabras de Alonso, “nunca abandonan a un compañero de batalla”. El Ministerio nos enseña que nunca estamos solos. Que siempre hay alguien, al final, que se preocupa por nosotros. Incluso el personaje más solitario y desamparado de esta serie tiene alguien que se preocupa por él. Absolutamente todos.

Y también habla de la familia habitual, la de papás y mamás. Lo hace durante toda la serie, pero particularmente el capítulo de la Vampira del Raval es una muestra brutal de cómo hablar de distintos tipos de familia

4. Porque habla de la mujer. Y de qué manera.

AuraGarrido

Amelia Folch, también conocida como “la puta ama”

No podía no mencionar este punto. No en una serie en la que uno de los mejores personajes es una mujer que no es de acción ni necesita serlo, sino simplemente una mujer inteligente que sabe solventar las situaciones y liderar un grupo con una entereza encomiable. No cuando otro de los personajes es una mujer que ha huido de una época de opresión y que encima cumple el papel de hablarnos sobre la orientación sexual no heteronormativa desde la normalización más absoluta. No cuando otro de los personajes femeninos se burla del concepto de los celos abiertamente, cagándose en el estereotipo de mujer celosa y controladora, y se nos muestra como alguien que decide sobre su propio cuerpo y su libertad sexual sin ningún tipo de reparo.

No en una serie que por cada hombre que emite una duda infundada sobre una mujer (como Spínola o el propio Alonso al principio) nos da una contraréplica estupenda que defiende la figura femenina. No con un capítulo como el que cierra la temporada, en el que se pone de manifiesto lo que no hace tanto sufría la mujer en nuestro país. Lo que algunas, de hecho, siguen sufriendo.

5. Porque la serie es la maravilla que es, y nos hace sentir mucho.

Los seguidores de esta web sois sobre todo gente lectora, así que apelaré a eso. ¿Conocéis la sensación de acabar un libro, y ese vacío imposible que se adueña de uno después? Eso me pasó ayer con el Ministerio del Tiempo. Insisto en que no sé si nos hemos despedimos de esta serie para siempre o no lo hicimos, pero deseo que no, porque esta serie me ha regalado tantos momentos de risas como lágrimas; porque me ha hecho volcarme con los personajes de tal manera que me parecería factible encontrármelos cualquier día por la calle. Porque el Ministerio del Tiempo es una maravilla de las que no te olvidas, no es una serie de consumo rápido que devoras y ya está. Es una serie que se queda contigo.

A quien sea que tenga que tomar esta decisión: por favor, haced que esto no sea solo un sentimiento, haced que sea cierto: que el Ministerio se quede con nosotros mucho tiempo más.

Patrulla

Y si además puede volver Pacino, pues mejor.

Sueños de Piedra: Hoy, o de cuando los sueños se hacen realidad.

Hoy.

Hoy se hace realidad un sueño. Uno de esos sueños que llegó a nosotras como llegan los mejores sueños: sin esperarlo, intenso y dejándonos el regusto agradable de una buena fantasía incluso al despertar. Hoy se materializa un sueño, y lo hace en forma de tapas, páginas y letras impresas.

Hoy sale a la venta Sueños de Piedra.

Sueños de piedra (alta resolución)

Lo hemos contado en muchas ocasiones: esta novela no estaba planeada. En principio, no debería haber surgido. Y desde luego, no debería estar a la venta. Esta novela fue un accidente, o más bien una vía de escape. Cuando nos pusimos a imaginarla, lo hicimos simplemente por pasar un buen rato: por divertirnos, por imaginar, por alejarnos un poco de la realidad y simplemente jugar.

Pero Sueños de Piedra no quería ser eso. Fijaos que decimos que ella no quería. La novela, no nosotras. Nuestra intención era hacer una historia de humor, desenfadada, cómica, incluso irrelevante. Una novela de aventuras como las series de animación de fantasía de antes. Pero ella no quiso.

Sueños de Piedra quiso ser mucho más. Y lo fue.

También para nosotras.

Lo que empezó como un juego se convirtió en horas y horas frente al ordenador, pero aún más horas en nuestra cabeza. Lynne y Arthmael, sus protagonistas, junto con el pequeño Hazan, no querían dejarnos en paz en ningún momento del día. Hablábamos de ellos incluso cuando no escribíamos. Los imaginábamos en situaciones que no vivirían nunca. Veíamos más allá de lo que aparecería en la novela. En algunos momentos, pensábamos: ¿te imaginas si esta situación del mundo real la viera Lynne? ¿Qué diría Arthmael al respecto?

Los personajes se hicieron demasiado reales. Siguen siéndolo.

Suena un poco a locura. Quizá lo sea. Nunca hemos dicho que no estemos locas.

Pero volvamos a lo que estábamos hablando: la historia que escribimos para huir de la realidad, para desconectar, para evadirnos, al final ha terminado siendo también la más real que hemos escrito. Y estamos felices de que así fuera. No sabemos cómo nos ha salido (no nos corresponde a nosotras juzgarlo), pero según íbamos escribiendo, nos dimos cuenta de que en la fantasía siempre ha cabido la realidad. Y que queríamos hablar de la realidad. O quizá la historia quisiera hablar de la realidad. Quizá no hemos sido nosotras las que hemos querido hablar de la desigualdad de género, del maltrato o de la inseguridad y de la necesidad de quererse a uno mismo: quizá esa fuera todo el rato Lynne, harta de lo que ha tenido que vivir. Quizá no hemos sido nosotras las que hemos querido hablar de la frustración de fallar en algo que siempre has querido: quizá ese fuese Hazan, en todo momento, demasiado decepcionado consigo mismo por no ser el hechicero que quisiera ser. Quizá, incluso, no fuimos nosotras las que queríamos hablar de reinventarse a uno mismo, de esforzarse, de que para conseguir sueños a veces hay que hacer sacrificios: quizá ese fuese Arthmael, demasiado orgulloso, pero también lo suficientemente obstinado como para no agachar la cabeza y rendirse cuando quiere algo. Incluso si hace estupideces por el camino, porque todos las hemos hecho alguna vez.

¿Y sabéis qué? Estamos satisfechas.

Estamos satisfechas porque hemos dicho lo que hemos querido decir. Porque ellos han dicho lo que querían decir. Porque la historia, como los mejores sueños, no se quedó en lo que nosotras queríamos que fuera: cogió alas, y echó a volar para demostrar todo lo que podía ser por sí misma.

Estamos satisfechas porque nos lo hemos pasado bien. Porque hemos sentido. Porque ocho meses después de poner punto y final a la historia, seguimos siendo esas chicas que piensan en esos personajes. En esos amigos de papel. En esos cuerpos encerrados en palabras.

Estamos satisfechas (incluso si seguro que habrá cosas que podrían mejorarse) porque fueron días preciosos de escribir e imaginar. Porque siguen siéndolo. Porque para nosotras ha sido especial, y quizá eso es lo que de verdad cuente.

Estamos satisfechas, y hoy solo podemos soñar otra cosa con respecto a este sueño: ojalá vosotros también lo estéis. Ojalá sintáis, aunque sea solo un poco. Ojalá escuchéis las voces de Lynne, Arthmael y Hazan tan claras como las oíamos nosotras en nuestras cabezas. Ojalá os riais, y sí, aunque suene cruel, ojalá sufráis. Pero con ellos, siempre con ellos; no por ellos. Ojalá sintáis, porque haceros sentir es lo máximo a lo que podemos aspirar.

Si conseguimos eso, estaréis dándonos otro sueño más hecho realidad.

Gracias por leer. Gracias por acompañarnos. Gracias por soñar.

Y bienvenidos a Marabilia.

La joven del tren, o el machismo del día a día.

Sentía los ojos de aquel hombre clavados sobre su cuerpo. Analizándolo. Recorriéndolo. Devorándolo.  

Podía fingir que no lo sentía (es más, eso hacía) y podía mirar para cualquier otro lado para que sus miradas no se encontraran (también lo hacía). Pero la realidad es que él no dejaba de mirarla, y ella era consciente. Eso provocaba el temblor, la ansiedad, incluso la repulsión. Pero también provocaba el silencio.

Porque ¿qué mal puede hacer una mirada? ¿Por qué protestar, por una tontería así? ¿Por qué perder el tiempo o montar un número en público? Las miradas no hacen daño. Las miradas solo son miradas. No pueden hacer herida, no pueden alcanzarte de verdad.

El tren iba casi vacío. Ella, un par de personas más, y aquel hombre. Y estaba a punto de llegar a su estación. Desde que se dio cuenta de que él la miraba, contaba todas las que le faltaban hasta su destino, y miraba la hora sin parar. Una estación más era una estación menos para alejarse de aquel vagón. De aquella mirada. De aquel.

¿Se sentirían igual de expuestas las obras en el museo? Puede. Pero las obras de arte están hechas para ser admiradas. Los cuerpos no están hechos para eso, por bonitos que sean. Él no tenía derecho a mirarla como si fuera un cuadro sobre la pared y quisiera descubrir todas las pinceladas que la cubrían. O peor: como si quisiera volver a pintarla.

Miró la hora por duodécima vez en el transcurso de un minuto. Era tarde. Solo pedía no perder la conexión con el siguiente tren que debía de coger.

Parada. Estación. Fin de trayecto.

Era la suya. Por fin.

Se levantó sin mirar atrás, porque no quería verlo. No quería que él se diera cuenta de que lo sabía: sabía que la había estado mirando, sabía que quería repintar sus recovecos, sabía que era una Menina o una Dafne ante él.

Echó a andar. Rápido, porque llegaría tarde. Una vez más un vistazo al reloj.

Y unos pasos igual de apresurados tras ella.

Miró hacia atrás. Y le vio. Sonrisa torcida, ojos brillantes, la burla en el gesto, las manos retorcidas en los bolsillos.

Él la seguía.

Echó a correr más por instinto que por convencimiento. Quizá habría sido más inteligente detenerse, quizá habría sido más valiente gritarle. Pero es difícil pensar cuando te miran como si fueras un cuadro. Porque los cuadros no pueden moverse de sus marcos, porque los cuadros no pueden hacer nada más que ser observados.

Porque te sientes igual de paralizada que uno, igual de expuesta.

Y ella no quería ser un cuadro. Por eso echó a correr, para demostrarse a sí misma que no lo era. Que tenía vida y aliento, y podía huir de los ojos que no quería que la viesen.

Así que corrió.

Corrió.

Corrió.

Siguió corriendo, hasta que perdió el aliento y creyó perderle a él. Directa hacia el andén en el que tenía que coger el siguiente tren.  

Cuando llegó, era demasiado tarde. El andén estaba desierto, con solo el eco de las risas y conversaciones pasadas durante todo el día. El último tren había pasado hacía unos minutos, y ahora solo estaba ella, mirando las vías vacías. La decepción y la frustración casi hicieron que se olvidase del hombre que la había observado.

Hasta que se giró para rehacer sus pasos. Y él estaba ahí.

Se miraron como un lobo y un conejo que se observan antes de la inminente cacería. Él con el hambre y la burla de una victoria demasiado fácil. Ella con la incomprensión y el miedo de encontrarse con algo demasiado peligroso e inesperado.

—¿Ya no pasan más trenes?

Las palabras del hombre, mucho mayor que ella, estaban teñidas de diversión e ironía. Parecían decirle: “¿querías huir pero no llegaste a tiempo?”. Ella no respondió. Es difícil hacerlo cuando todas tus palabras se te quedan atrancadas en alguna parte de tu esófago, como los restos de un vómito que sigue haciéndose notar pese a haber sido expulsado. Ella sentía el mismo asco en ese momento.

Miró al frente. Respiró hondo. Él estaba en medio y medio de la salida del andén, y ella quería más que nada en el mundo salir de allí, pero para eso tenía que pasar por su lado. A la distancia en la que estaba, se sentía como La Gioconda, una obra muy pequeña que estaba siendo admirada desde la lejanía, y esa lejanía la rodeaba de seguridad. Una seguridad que desaparecería por cada paso que diese hacia él.

Él la esperaba con una sonrisa. Ella dio un paso. Él se quedó quieto, como un felino que se prepara para saltar. Ella tragó saliva y se sintió temblar. Si fuera un cuadro, todo el cristal que la recubriría estaría rompiéndose en ese momento. Un poco más por cada paso. Un poco más por cada segundo de miedo. Un poco más por cada instante de incertidumbre.

Cuando estuvieron casi cerca, él extendió el brazo.

Todo su cristal se rompió.

Ella se convirtió en El Grito.

ArtículoMachismo

Muchos os estaréis preguntando a qué demonios ha venido este relato, sobre todo cuando es bastante desagradable. En primer lugar, no, no tiene nada que ver con nuestras novelas. En segundo lugar, el relato está basado en una historia real. Una historia que me pasó a mí misma. Os tranquilizará saber que no, el hombre no me cogió. Eché a correr cuando estuve a su lado y no le dio tiempo a tocarme con sus manos de ladrón de arte: me escaqueé. Él me siguió corriendo durante toda la estación durante un buen tramo, hasta que vio a un par de agentes de seguridad, y se detuvo. Yo salí corriendo y cogí un taxi. Cuando me ponía el cinturón, a punto de llorar y con la histeria clavada en la voz, el tipo salió por la misma boca de metro por la que había salido yo y me vio: aún tuvo el descaro de sonreírme y despedirse de mí con la mano.

Esto pasó hace ya tres años. Y os juro que sigo recordando esa sonrisa de perturbado y el momento en el que nos quedamos a solas en el andén como si hubiera sido ayer.

Pero ¿a qué viene esto?

Hoy en Twitter se ha dado un movimiento que ha sacado a la luz un montón de testimonios como el mío o muchísimo peores.  Ha sido gracias a la cuenta de @yungflaca666; la red social del pajarillo azul estallaba entre ayer por la noche y durante todo el día de hoy con un montón de historias de mujeres que alguna vez en su vida habían sufrido algún caso de machismo, acoso o agresión sexual directamente: piropos desagradables, tocamientos no permitidos, persecuciones… Esos son los casos más suaves (que os aseguro que no son suaves en absoluto), pero hay anécdotas verdaderamente escalofriantes. Podéis ver algunas de ellas en la timeline de Yung o en este Tumblr que se ha creado para recopilar más historias: No son depravados

He tenido la oportunidad de hablar con Yung sobre cómo ha empezado todo esto, y probablemente lo único bonito de todos los mensajes horribles que han salido al respecto es que ha sido todo un movimiento viral muy natural, como una respuesta de debate y apoyo ante un problema común: “yo no quería empezar nada, simplemente una compañera feminista estaba tuiteando acerca de lo peligroso que le parecía que a muchos hombres les pareciese atractivo que las chicas vistiésemos de manera infantil y/o aniñada y me hizo pensar en lo sexualizadas que estamos desde bien pequeñas. Pronto la gente empezó a compartir vivencias y a movilizarse y a apoyarse mutuamente“, me cuenta Yung. “Vimos que comenzaba a tener muchísima difusión, así que decidimos entre varias que sería buena idea hacer un twitter para esto, un tumblr, incluso el proyecto de un fanzine en red y carteles. Espero que llegue a mucho más, sinceramente”.

Esto es muy importante: muchas víctimas de agresiones sexuales, así como las de violencia de género, se callan por vergüenza de lo que han vivido, cuando en realidad en ningún caso es culpa de ellas. Este movimiento, al convertirse en una iniciativa común y colectiva que ha hecho que todas las mujeres que han sido víctimas alguna vez se conviertan en un gran “equipo”, ha conseguido que salgan a la luz un montón de casos diarios con comportamientos inaceptables. En conclusión, ha dado visibilidad a un problema real que muchas mujeres hemos sufrido alguna vez: hombres que se creen que tienen derecho a tocarnos o mirarnos por el simple hecho de tener cuerpos que para ellos pueden ser atractivos. A tratarnos, como en mi relato, como si fuéramos cuadros.

Además de animaros a compartir la web con las vivencias o el twitter de Yung, quería expresar mi propia opinión con respecto a todo esto, porque ya sabéis que no pierdo baza y esto además me da más espacio que solo una serie de caracteres en Twitter.

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Esta soy yo cuando twitteo sobre cosas que me indignan. O en este caso, escribiendo este artículo. Y sí, así es como espero ser recordada al morir.

El mensaje es sencillo: basta ya. Basta ya de pensar que el hecho de que una mujer esté buena te da derecho a gritárselo a los cuatro vientos, y desde luego basta ya de pensar que una mujer que va con shorts y top está pidiendo que la arrinconen en cualquier esquina para hacerle de todo. Basta ya de pensar que “es que ellas se lo buscan”. Basta ya de comentarios como “si no quería que la tocasen, que fuese más tapada” . Y basta ya de poner el punto de mira en la víctima: la culpa de un acoso sexual o de un machismo siempre es del que lleva a cabo la acción, no del que la sufre. La solución de todo esto no está solo en que las víctimas denuncien (que también, ojo), sino en acabar con el problema de raíz. Además, denunciar, contar experiencias, no es tan sencillo. Cuando a mí me persiguió aquel hombre no pude ni decírselo a los guardias de los tornos de la estación, porque tenía miedo. Porque no es fácil. Porque falta apoyo social por mucho que tengamos números de emergencias: porque hasta que nuestro entorno no cambie, siempre habrá una persona que le reste importancia, o que crea que “podría haber sido peor” (hasta que un día, efectivamente, lo sea). Y porque no es responsabilidad de la víctima que estas cosas dejen de pasar: la responsabilidad es social, lo necesario es educar para que no haya culpables.

Tenemos que dejar de actuar a posteriori. Parece que lo que se intenta hacer es concienciar una vez el daño ya está hecho: “ahora que ya te han acosado/maltratado/violado, quéjate”. De acuerdo, esto está bien. Esto es necesario, y por favor, nunca dudéis en denunciar aunque sea terriblemente complicado, aunque os dé miedo, porque los delitos sexuales o de violencia de género no pueden quedar impunes. Pero lo que tenemos que conseguir es que sean erradicados. Lo que hay que hacer es concienciar para que esto no pase. Hay que educar sobre lo que está mal, conseguir que las agresiones sexuales dejen de ser situaciones opinables sobre los que alguien pueda decir que “no es para tanto”. Aunque creas que no hace daño, está mal perseguir a una chica; está mal silbarle con tus amigos y decirle todo lo que le harías si a ella no le interesa saberlo o se siente incómoda con ese trato; está mal ver a niñas en el colegio y decirle que se suban más la falda; está mal aprovecharte de ser adulto para enseñarle cosas a personajes jóvenes que no quieren ver; está mal masturbarte en medio de la calle mirando a algunas de las transeúntes. Parecen tonterías, evidencias, pero si hay gente que lo sigue haciendo es porque no está tan claro que esté mal.

Y esto es tan sencillo como que está mal coartar la libertad de otra persona. Faltar al respeto no es algo permisible en ningún sentido, en ningún género, en ninguna circunstancia.

Y eh, está mal también al revés, no nos equivoquemos. Esto no es un “qué malos son los hombres”; esto es un “qué mala es la sociedad”. Hay que cambiar muchas cosas todavía. Hay que cambiar la ceguera, la permisividad. Hay que dejar de mirar hacia otro lado porque las cosas no nos afectan a nosotros. Y por otro lado, el feminismo, amigos, es igualdad. Y sí, hay menos casos en lo que se refiere a hombres víctimas, pero esto no significa que no existan. Y es más: hay muchos hombres de los que se burlan por denunciar estas actitudes o no compartirlas. Eso también es machismo, eso también es nocivo. Un hombre no es menos hombre por no gritarle a una mujer por la calle o no dedicarse a hacer comentarios obscenos de cada cuerpo que ve pasar por su lado. De hecho, quizá sea más hombre que todos los que sí lo hacen.

Dicho esto, os animo a que si alguna vez habéis sufrido algún tipo de machismo de este o cualquier otro tipo, lo compartáis en el apartado del Tumblr habilitado para ello (permite hacerlo de manera anónima) o en el hashtag que se ha creado también en particular para el tema del acoso: #NoCallesElAcoso. También podéis seguir la cuenta de Twitter creada para este fin: @Nosondepravados

Por cierto: os van a llamar exagerados. Os dirán que “no es tan grave”. Hasta os llamarán “feminazis” o locos. Algunos incluso se reirán del tema. Por eso, precisamente, hay que hacerlo. Porque hay gente que piensa así. Para combatir los pensamientos que creen que “no es para tanto”, porque en realidad sí lo es.

Hasta la próxima, cuentistas. Nos vemos en mi próxima indignación 😉

Anexo: os dejo a continuación una lista de recursos para las víctimas de agresiones sexuales que quieran denunciar sus casos particulares. Ojalá llegue el día en que no hagan falta estas páginas: https://www.mehanviolado.com/asociaciones-de-ayuda-a-victimas/

Young Adult: combatiendo prejuicios

Me ha dicho Iria que debería escribir un artículo sobre New Adult, esas novelas que tan de moda están pero parece que nadie sabe definir. Ese era mi objetivo inicial. Y prometo hacerlo. En el futuro. Pero me he dado cuenta de que para tener un concepto de lo que es el New Adult (y poder desestimar unos cuantos prejuicios), primero hay que tener una buena base de lo que es el Young Adult. Hay demasiadas concepciones erróneas sobre este tipo de literatura, y todo parte de que, por lo general, no se sabe ni de dónde viene ni los problemas monumentales que existen para definir y limitar un tipo de literatura que, sin embargo, se consume fervientemente.

Mi misión de hoy es hablaros del Young Adult e intentar arrojar un poco de luz aunque, probablemente, os deje con aún más dudas al final del artículo. Porque, al fin y al cabo, cuanto más ahondas en un tema, más profundo ves que es. (Hasta que al final te quedas sin aire y mueres de forma agónica en la oscuridad… metafóricamente, claro.)

Empecemos por el principio: dicen que al principio no había nada, pero está claro que siempre ha debido haber algo, porque sino todo lo demás no se habría creado.

Uy. Perdón. Quizá no tan al principio. Conformémonos con el principio de la literatura juvenil. Aunque me gustaría usar el término en inglés, porque tiene unas implicaciones que el español no ha sabido adaptar del todo y porque, al fin y al cabo, yo me siento más cómoda con él (espero que no os importe, llamémoslo deformación profesional): Young Adult (YA para los amigos).

Aclarado esto…

MemeYA1

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Opinión: After, un amor más bien finito.

¡Hola a todos de nuevo por aquí, cuentistas! ¡Iria al habla! Hoy os traigo un artículo referente a una saga de libros que es el último fenómeno que triunfa en literatura juvenil. Hablo de After, una tetralogía escrita por Anna Todd; su primer volumen salió a la venta el 29 de octubre del año pasado, pero según datos de Nielsen ha entrado en la lista de libros más vendidos entre todo el 2014 hasta marzo de 2015 con más de 40.000 copias. Recientemente, ha sido el segundo libro de literatura juvenil más vendido durante el día del libro. Sigue leyendo

Opinión: El trato con el lector

¡Hola, cuentistas! Hoy vengo un poco reflexiva. Últimamente, desde que Selene y yo sacamos al mercado Alianzas, hay algo que me sorprende. Bueno, en realidad hay muchas cosas que me sorprenden, y la mayoría de ellas maravillosas, pero hay una en particular a la que no termino de acostumbrarme: la reacción de los lectores. Pero no, no me refiero a la reacción de los lectores con respecto a la obra,  sino a la reacción de los lectores… con nosotras mismas. 

De las cosas que más nos han comentado en entrevistas o redes sociales, de lo que más se ha remarcado, es que tenemos un trato cercano con el lector, con vosotros. Es cierto, lo tenemos. Pero en muchos casos esto provoca en algunos un estado de impresión, incredulidad o, incluso, agradecimiento. AGRADECIMIENTO. Y yo siempre me pregunto: agradecimiento, exactamente, ¿por qué? Impresión, ¿por qué? Incredulidad, ¿por qué? 

He llegado a una conclusión al respecto: es por falta de costumbre, y oh, ¿soy la única que piensa que esto no debería ser así? Sigue leyendo