La joven del tren, o el machismo del día a día.

Sentía los ojos de aquel hombre clavados sobre su cuerpo. Analizándolo. Recorriéndolo. Devorándolo.  

Podía fingir que no lo sentía (es más, eso hacía) y podía mirar para cualquier otro lado para que sus miradas no se encontraran (también lo hacía). Pero la realidad es que él no dejaba de mirarla, y ella era consciente. Eso provocaba el temblor, la ansiedad, incluso la repulsión. Pero también provocaba el silencio.

Porque ¿qué mal puede hacer una mirada? ¿Por qué protestar, por una tontería así? ¿Por qué perder el tiempo o montar un número en público? Las miradas no hacen daño. Las miradas solo son miradas. No pueden hacer herida, no pueden alcanzarte de verdad.

El tren iba casi vacío. Ella, un par de personas más, y aquel hombre. Y estaba a punto de llegar a su estación. Desde que se dio cuenta de que él la miraba, contaba todas las que le faltaban hasta su destino, y miraba la hora sin parar. Una estación más era una estación menos para alejarse de aquel vagón. De aquella mirada. De aquel.

¿Se sentirían igual de expuestas las obras en el museo? Puede. Pero las obras de arte están hechas para ser admiradas. Los cuerpos no están hechos para eso, por bonitos que sean. Él no tenía derecho a mirarla como si fuera un cuadro sobre la pared y quisiera descubrir todas las pinceladas que la cubrían. O peor: como si quisiera volver a pintarla.

Miró la hora por duodécima vez en el transcurso de un minuto. Era tarde. Solo pedía no perder la conexión con el siguiente tren que debía de coger.

Parada. Estación. Fin de trayecto.

Era la suya. Por fin.

Se levantó sin mirar atrás, porque no quería verlo. No quería que él se diera cuenta de que lo sabía: sabía que la había estado mirando, sabía que quería repintar sus recovecos, sabía que era una Menina o una Dafne ante él.

Echó a andar. Rápido, porque llegaría tarde. Una vez más un vistazo al reloj.

Y unos pasos igual de apresurados tras ella.

Miró hacia atrás. Y le vio. Sonrisa torcida, ojos brillantes, la burla en el gesto, las manos retorcidas en los bolsillos.

Él la seguía.

Echó a correr más por instinto que por convencimiento. Quizá habría sido más inteligente detenerse, quizá habría sido más valiente gritarle. Pero es difícil pensar cuando te miran como si fueras un cuadro. Porque los cuadros no pueden moverse de sus marcos, porque los cuadros no pueden hacer nada más que ser observados.

Porque te sientes igual de paralizada que uno, igual de expuesta.

Y ella no quería ser un cuadro. Por eso echó a correr, para demostrarse a sí misma que no lo era. Que tenía vida y aliento, y podía huir de los ojos que no quería que la viesen.

Así que corrió.

Corrió.

Corrió.

Siguió corriendo, hasta que perdió el aliento y creyó perderle a él. Directa hacia el andén en el que tenía que coger el siguiente tren.  

Cuando llegó, era demasiado tarde. El andén estaba desierto, con solo el eco de las risas y conversaciones pasadas durante todo el día. El último tren había pasado hacía unos minutos, y ahora solo estaba ella, mirando las vías vacías. La decepción y la frustración casi hicieron que se olvidase del hombre que la había observado.

Hasta que se giró para rehacer sus pasos. Y él estaba ahí.

Se miraron como un lobo y un conejo que se observan antes de la inminente cacería. Él con el hambre y la burla de una victoria demasiado fácil. Ella con la incomprensión y el miedo de encontrarse con algo demasiado peligroso e inesperado.

—¿Ya no pasan más trenes?

Las palabras del hombre, mucho mayor que ella, estaban teñidas de diversión e ironía. Parecían decirle: “¿querías huir pero no llegaste a tiempo?”. Ella no respondió. Es difícil hacerlo cuando todas tus palabras se te quedan atrancadas en alguna parte de tu esófago, como los restos de un vómito que sigue haciéndose notar pese a haber sido expulsado. Ella sentía el mismo asco en ese momento.

Miró al frente. Respiró hondo. Él estaba en medio y medio de la salida del andén, y ella quería más que nada en el mundo salir de allí, pero para eso tenía que pasar por su lado. A la distancia en la que estaba, se sentía como La Gioconda, una obra muy pequeña que estaba siendo admirada desde la lejanía, y esa lejanía la rodeaba de seguridad. Una seguridad que desaparecería por cada paso que diese hacia él.

Él la esperaba con una sonrisa. Ella dio un paso. Él se quedó quieto, como un felino que se prepara para saltar. Ella tragó saliva y se sintió temblar. Si fuera un cuadro, todo el cristal que la recubriría estaría rompiéndose en ese momento. Un poco más por cada paso. Un poco más por cada segundo de miedo. Un poco más por cada instante de incertidumbre.

Cuando estuvieron casi cerca, él extendió el brazo.

Todo su cristal se rompió.

Ella se convirtió en El Grito.

ArtículoMachismo

Muchos os estaréis preguntando a qué demonios ha venido este relato, sobre todo cuando es bastante desagradable. En primer lugar, no, no tiene nada que ver con nuestras novelas. En segundo lugar, el relato está basado en una historia real. Una historia que me pasó a mí misma. Os tranquilizará saber que no, el hombre no me cogió. Eché a correr cuando estuve a su lado y no le dio tiempo a tocarme con sus manos de ladrón de arte: me escaqueé. Él me siguió corriendo durante toda la estación durante un buen tramo, hasta que vio a un par de agentes de seguridad, y se detuvo. Yo salí corriendo y cogí un taxi. Cuando me ponía el cinturón, a punto de llorar y con la histeria clavada en la voz, el tipo salió por la misma boca de metro por la que había salido yo y me vio: aún tuvo el descaro de sonreírme y despedirse de mí con la mano.

Esto pasó hace ya tres años. Y os juro que sigo recordando esa sonrisa de perturbado y el momento en el que nos quedamos a solas en el andén como si hubiera sido ayer.

Pero ¿a qué viene esto?

Hoy en Twitter se ha dado un movimiento que ha sacado a la luz un montón de testimonios como el mío o muchísimo peores.  Ha sido gracias a la cuenta de @yungflaca666; la red social del pajarillo azul estallaba entre ayer por la noche y durante todo el día de hoy con un montón de historias de mujeres que alguna vez en su vida habían sufrido algún caso de machismo, acoso o agresión sexual directamente: piropos desagradables, tocamientos no permitidos, persecuciones… Esos son los casos más suaves (que os aseguro que no son suaves en absoluto), pero hay anécdotas verdaderamente escalofriantes. Podéis ver algunas de ellas en la timeline de Yung o en este Tumblr que se ha creado para recopilar más historias: No son depravados

He tenido la oportunidad de hablar con Yung sobre cómo ha empezado todo esto, y probablemente lo único bonito de todos los mensajes horribles que han salido al respecto es que ha sido todo un movimiento viral muy natural, como una respuesta de debate y apoyo ante un problema común: “yo no quería empezar nada, simplemente una compañera feminista estaba tuiteando acerca de lo peligroso que le parecía que a muchos hombres les pareciese atractivo que las chicas vistiésemos de manera infantil y/o aniñada y me hizo pensar en lo sexualizadas que estamos desde bien pequeñas. Pronto la gente empezó a compartir vivencias y a movilizarse y a apoyarse mutuamente“, me cuenta Yung. “Vimos que comenzaba a tener muchísima difusión, así que decidimos entre varias que sería buena idea hacer un twitter para esto, un tumblr, incluso el proyecto de un fanzine en red y carteles. Espero que llegue a mucho más, sinceramente”.

Esto es muy importante: muchas víctimas de agresiones sexuales, así como las de violencia de género, se callan por vergüenza de lo que han vivido, cuando en realidad en ningún caso es culpa de ellas. Este movimiento, al convertirse en una iniciativa común y colectiva que ha hecho que todas las mujeres que han sido víctimas alguna vez se conviertan en un gran “equipo”, ha conseguido que salgan a la luz un montón de casos diarios con comportamientos inaceptables. En conclusión, ha dado visibilidad a un problema real que muchas mujeres hemos sufrido alguna vez: hombres que se creen que tienen derecho a tocarnos o mirarnos por el simple hecho de tener cuerpos que para ellos pueden ser atractivos. A tratarnos, como en mi relato, como si fuéramos cuadros.

Además de animaros a compartir la web con las vivencias o el twitter de Yung, quería expresar mi propia opinión con respecto a todo esto, porque ya sabéis que no pierdo baza y esto además me da más espacio que solo una serie de caracteres en Twitter.

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Esta soy yo cuando twitteo sobre cosas que me indignan. O en este caso, escribiendo este artículo. Y sí, así es como espero ser recordada al morir.

El mensaje es sencillo: basta ya. Basta ya de pensar que el hecho de que una mujer esté buena te da derecho a gritárselo a los cuatro vientos, y desde luego basta ya de pensar que una mujer que va con shorts y top está pidiendo que la arrinconen en cualquier esquina para hacerle de todo. Basta ya de pensar que “es que ellas se lo buscan”. Basta ya de comentarios como “si no quería que la tocasen, que fuese más tapada” . Y basta ya de poner el punto de mira en la víctima: la culpa de un acoso sexual o de un machismo siempre es del que lleva a cabo la acción, no del que la sufre. La solución de todo esto no está solo en que las víctimas denuncien (que también, ojo), sino en acabar con el problema de raíz. Además, denunciar, contar experiencias, no es tan sencillo. Cuando a mí me persiguió aquel hombre no pude ni decírselo a los guardias de los tornos de la estación, porque tenía miedo. Porque no es fácil. Porque falta apoyo social por mucho que tengamos números de emergencias: porque hasta que nuestro entorno no cambie, siempre habrá una persona que le reste importancia, o que crea que “podría haber sido peor” (hasta que un día, efectivamente, lo sea). Y porque no es responsabilidad de la víctima que estas cosas dejen de pasar: la responsabilidad es social, lo necesario es educar para que no haya culpables.

Tenemos que dejar de actuar a posteriori. Parece que lo que se intenta hacer es concienciar una vez el daño ya está hecho: “ahora que ya te han acosado/maltratado/violado, quéjate”. De acuerdo, esto está bien. Esto es necesario, y por favor, nunca dudéis en denunciar aunque sea terriblemente complicado, aunque os dé miedo, porque los delitos sexuales o de violencia de género no pueden quedar impunes. Pero lo que tenemos que conseguir es que sean erradicados. Lo que hay que hacer es concienciar para que esto no pase. Hay que educar sobre lo que está mal, conseguir que las agresiones sexuales dejen de ser situaciones opinables sobre los que alguien pueda decir que “no es para tanto”. Aunque creas que no hace daño, está mal perseguir a una chica; está mal silbarle con tus amigos y decirle todo lo que le harías si a ella no le interesa saberlo o se siente incómoda con ese trato; está mal ver a niñas en el colegio y decirle que se suban más la falda; está mal aprovecharte de ser adulto para enseñarle cosas a personajes jóvenes que no quieren ver; está mal masturbarte en medio de la calle mirando a algunas de las transeúntes. Parecen tonterías, evidencias, pero si hay gente que lo sigue haciendo es porque no está tan claro que esté mal.

Y esto es tan sencillo como que está mal coartar la libertad de otra persona. Faltar al respeto no es algo permisible en ningún sentido, en ningún género, en ninguna circunstancia.

Y eh, está mal también al revés, no nos equivoquemos. Esto no es un “qué malos son los hombres”; esto es un “qué mala es la sociedad”. Hay que cambiar muchas cosas todavía. Hay que cambiar la ceguera, la permisividad. Hay que dejar de mirar hacia otro lado porque las cosas no nos afectan a nosotros. Y por otro lado, el feminismo, amigos, es igualdad. Y sí, hay menos casos en lo que se refiere a hombres víctimas, pero esto no significa que no existan. Y es más: hay muchos hombres de los que se burlan por denunciar estas actitudes o no compartirlas. Eso también es machismo, eso también es nocivo. Un hombre no es menos hombre por no gritarle a una mujer por la calle o no dedicarse a hacer comentarios obscenos de cada cuerpo que ve pasar por su lado. De hecho, quizá sea más hombre que todos los que sí lo hacen.

Dicho esto, os animo a que si alguna vez habéis sufrido algún tipo de machismo de este o cualquier otro tipo, lo compartáis en el apartado del Tumblr habilitado para ello (permite hacerlo de manera anónima) o en el hashtag que se ha creado también en particular para el tema del acoso: #NoCallesElAcoso. También podéis seguir la cuenta de Twitter creada para este fin: @Nosondepravados

Por cierto: os van a llamar exagerados. Os dirán que “no es tan grave”. Hasta os llamarán “feminazis” o locos. Algunos incluso se reirán del tema. Por eso, precisamente, hay que hacerlo. Porque hay gente que piensa así. Para combatir los pensamientos que creen que “no es para tanto”, porque en realidad sí lo es.

Hasta la próxima, cuentistas. Nos vemos en mi próxima indignación 😉

Anexo: os dejo a continuación una lista de recursos para las víctimas de agresiones sexuales que quieran denunciar sus casos particulares. Ojalá llegue el día en que no hagan falta estas páginas: https://www.mehanviolado.com/asociaciones-de-ayuda-a-victimas/

Opinión: After, un amor más bien finito.

¡Hola a todos de nuevo por aquí, cuentistas! ¡Iria al habla! Hoy os traigo un artículo referente a una saga de libros que es el último fenómeno que triunfa en literatura juvenil. Hablo de After, una tetralogía escrita por Anna Todd; su primer volumen salió a la venta el 29 de octubre del año pasado, pero según datos de Nielsen ha entrado en la lista de libros más vendidos entre todo el 2014 hasta marzo de 2015 con más de 40.000 copias. Recientemente, ha sido el segundo libro de literatura juvenil más vendido durante el día del libro. Sigue leyendo